Greta Thunberg

Decía otra Greta, también sueca, la Garbo: “Desearía ser sobrenaturalmente fuerte para cambiar todo lo que está mal”. La frase parece más de Thunberg que de Garbo, pero es de la actriz que nunca se reía. La activista tampoco se ríe mucho, señal de que pocas cosas le hacen gracia. Entre ellas, intuyo, los resultados de la cumbre climática de Glasgow. Vi, el pasado domingo, la minimalista y sobria entrevista que le hizo Gonzo en Salvados. A veces frunció la expresión, enfadada con el mundo, como de costumbre, pero también hubo risas pícaras. Con sólo 18 años se muestra consciente del trascendental papel que le ha tocado vivir, y no hace ascos. También intuye que la aureola no es infinita, que se irá languideciendo, y no esconde que quiere aprovecharlo mientras dure. Sorprende tanta madurez instalada en un cuerpo tan pequeño.

Los jóvenes, aquellos que, teóricamente, pasan de todo lo que traspase su ciberespacio, se reflejan en ella. Los no tan jóvenes se la miran, al menos, con interés. Los políticos de una esquina, conscientes de sus efectos reparadores, se afanan por hacerse una selfi con ella. Los políticos del otro lado, Trump, Bolsonaro, Aznar y compañía, la quieren escolarizada las veinticuatro horas del día, con la cabeza hundida en el pupitre. Los viejos rockeros ecologistas ven en ella a la heredera a quien dejar el legado de tantos años de luchas. Los negacionistas ensalivan bilis, han encontrado su asno de los golpes. Y el Papa la bendice. En medio ella, por el camino de la posadolescencia, con la mirada repelente propia de quien, pese a la baja estatura, mira por encima del hombro.

Yo confieso ser más fan de la Garbo. Sin embargo, a pesar del temor, de que no escondo, de que el juguete se rompa, le reconozco más virtudes que defectos, que también los hay. Thunberg y el bla, bla, bla que censura de la palabrería política, sirve al menos para que el debate climático salga del armario. Sin embargo, después la realidad es tozuda y se impone el maldito bla, bla, bla, y de la cumbre de Glasgow salimos con poco más que vacías palabras, dejando claro que el cambio climático va a una velocidad extraordinariamente superior a la de los líderes mundiales y sus tímidas y estériles propuestas para frenarlo; en una mano muestran la lucha y en la otra esconden la continuidad contaminadora. Y Thunberg, con rostro angelical para unos y diabólico para otros, frunce la nariz, señal inequívoca de que no vamos bien. Y es que no vayamos bien.

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