No hace falta ser muy espabilado para darse cuenta de que, tras ratificar la presidencia de Joan Laporta, las deficiencias e incidencias en la gestión no sólo siguen igual, sino que, en la misma tendencia y orientación del mandato, empeoran porque ese es el signo y el sello inequívoco de la administración laportista.
Una encuesta reciente entre los aficionados barcelonistas, apenas dos días después del escrutinio de los votos, el pasado 17 de marzo, reflejaba que sus principales preocupaciones pasaban por la necesidad de recuperar la economía del club, acabar de una vez las obras del Spotify Camp Nou y demostrar este regreso a la élite con una Champions.
Es decir, los mismos que le han votado porque había salvado al Barça, liderado las obras del nuevo Camp Nou y fabricado otro Dream Team ahora exigen que, de verdad, cumpla y sea menos charro.
La muestra, tan científica y creíble como la mayoría de las planteadas cada día por el programa ONZE de 3Cat, referente de la programación deportiva/barcelonista de la Corporación y foco principal del canal de enajenación y propaganda de Laporta entre la población azulgrana, garantiza la pertenencia y filiación de sus espectadores a una mayoría favorable y empática con el continuismo.
De eso no hay duda. Como tampoco hay que sospechar esta vez de una manipulación de la encuesta porque, una vez celebradas las elecciones, ya no era ni necesaria ni requerida la participación ni la influencia de la Televisió de Catalunya en su atormentada y fanática misión evangelizadora del laportismo.
Por su parte, la policía mediática del régimen, Jordi Cuminal, Jordi Finestres y Gabriel Martínez, había bajado los brazos y se había tomado un descanso.
Así, de repente, a la pregunta sobre cuáles deberían ser las prioridades de Laporta en este periodo final del segundo mandato, las respuestas concretas a los cuatro objetivos propuestos dejaron estos porcentajes:
- Recuperación económica: 38,2%;
- Acabar el Spotify: 31%;
- Ganar la Champions: 26,5%;
- Cerrar la herida Messi: 4,2%.
Curioso, aunque no tan sorprendente, ya que el socio laportista se limita a darle su apoyo y voto dejando en casa su perfil más racional y analítico. Vota principalmente porque está convencido de que todo lo demás es perjudicial y tóxico para el Barça y porque, sobre todo, ha interiorizado y creído en un acto de fe que Laporta «ha salvado al Barça», que al barcelonismo «le ha devuelto la ilusión» y que, también, «lo ha recuperado económicamente».
Como los principios de Pavlov, el socio laportista responde siempre igual a los mismos inputs en un acto reflejo ciego e irreflexivo.
Sentido de la razón
Por lo tanto, en el momento en que se relajan, o no se le aplican las técnicas habituales de electrochoque laportista, es cuando aflora, peligrosamente, un descontrolado sentido de la razón y, aunque leve, esa reprimida visión de la realidad que sus propios ojos se niegan a ver.
Las respuestas de un público 100% laportista en el sentido de que no está solucionada, ni mucho menos, la problemática económica, que el presidente ya tarda en concluir las obras y que la promesa de la Champions ya es una exigencia no son el problema. El error de la ONCE es haber tirado las preguntas sin preparar mediáticamente a la audiencia antes de hacerla pasar por el polígrafo con cuestiones susceptibles de sacarla de su estado hipnótico.
Cuenta con estos descuidos capaces de despertar a la bestia. Internamente, por ahora, Laporta aún controla a las masas. Nunca se le habría acudido, antes de las elecciones, anunciar cómo acaba de hacer que los socios con pase de temporada ya no podrán transferir su entrada a nadie en las 24 horas previas al partido del Camp Nou.
«En nombre de nuevas medidas de seguridad para evitar el fraude, las transferencias de pases quedarán bloqueadas 24 horas antes del partido». Es decir, si uno quiere dejar una entrada a otro socio, a una amiga o a un vecino ya no lo podrá hacer sino lo decide antes de un día de la hora del partido. O, lo que es lo mismo, una complicación más, cuando en los tres últimos años, desde la huida a Montjuïc, el sistema ya ha sido, cada vez más envuelto.
Esto lo ha dejado claro el periodista y voz del socio Xavier Bosch: «En lugar de facilitar las cosas, las dificultades crecen para los socios. Tienes que confirmar a cada partido si irás dentro de un plazo que, ahora, también se adelanta a un máximo de 96 horas antes del partido. Y luego, como en el caso del Newcastle, se prohibió la transferencia de entradas. El club sigue, pues, con la indecencia del Eintracht de culpar al socio de revender las entradas al público alemán. Bastante de señalar al socio como posible ladrón. Ni una facilidad para las familias de socios. Cómo se echan en falta los abonos de plástico y la logística de cómo dejar el carné a un amigo para el partido que tú no podías ir. ¿Cuál será el próximo invento para maltratar un poco más al asociado que está siempre, a las verdes y a las maduras? Muy pronto, el siguiente episodio».
Cifras mareadoras
La conclusión es más básica y sencilla que todo esto. Si la directiva y sus agencias oficiales nombradas a dedo pudieran gestionar (beneficiarse de alguna manera) de los miles de localidades que aún siguen en poder de los abonados -por un precio de mercado ridículo- el volumen de dinero circulante en esta reventa, oficial y oficiosa, se desbocaría hasta alcanzar cifras mareadoras.
No son los socios los criminales que, ocasionalmente pueden colocar su asiento, son los mafiosos de siempre, con una cobardía y ambición infinita, los que quieren quedarse con este negocio brutal. El problema son los socios. Molestan.










