«Lo que define mi trabajo es que nace de una mirada omnívora»»

Entrevista a Eduard Márquez

Eduard Márquez

Escritor. Profesor de lo que ahora se llama escritura creativa, del Ateneo Barcelonés. Empezó escribiendo poesía y ha publicado cuentos, novelas, y más de una decena de títulos para niños. Ahora, sale a las librerías “1969” (L’Altra Editorial).

 

¿Por qué, precisamente, 1969?

Cuando empecé a trabajar en esto, hace ya 8 años, la idea era hacer una narración sobre la Transición en Barcelona, intentando innovar, buscando nuevas formas narrativas: Una opción para dejar de correr los 100 metros (relatos cortos) y empezar con maratones (novelas). Con la ayuda de mi historiador de cabecera, decidimos que el marco temporal empezaba en 1969 y acababa en el 80, con la llegada al poder de Jordi Pujol. Hubiéramos podido arrancar en los 70, con el Juicio de Burgos, pero nos pareció que en 1969 empezaba a manifestarse la efervescencia de lo que pudo ser una revolución. 

¿Se abre así paso la idea de un relato documental?

Empecé darme cuenta de que esa novela convencional, larga, que abarcara toda la década no era viable. La cantidad de información, entrevistas, material de archivo… de que disponía me obligaba a limitar el proyecto. En lugar de hacer una novela sobre toda la Transición en Barcelona, con mi editora, Eugenia Broggi, decidimos parcelarla. Así, nace “1969” ¿Por qué? Porque en ese año suceden algunos acontecimientos muy potentes políticamente (y narrativa y sociológicamente hablando) como, por ejemplo, el estado de excepción de enero, la designación de Juan Carlos, con el “atado y bien atado” de Franco, y el asunto Matesa, que fue el gran escándalo de toda la Dictadura. Además, en el 69 se encontraba en estado embrionario todo lo que estalló años más tarde: pequeños grupos de protesta en los barrios, organizaciones izquierdistas, sindicalismo, movimientos de liberación…

¿Entre los registros que manejas en “1969” (el poder, su lenguaje, la izquierda, los “héroes diminutos”, la calle…) con cuál te quedas?

Lo que quería conseguir con esta novela, que tiene un punto aventurado, era meter en ella la calle ¿Cómo se puede poner la vida de la calle, en todo su abanico de posibilidades, en una novela? Había que salir de visiones parciales de la transición. Trasladar a las páginas de un libro el enorme potencial de lo que estaba ocurriendo en la calle y de lo que no ocurría. Toda esa pluralidad, de la gente que se compromete a la que no lo hace. La única manera de hacerlo era a través de las voces, en toda su pluralidad, en Barcelona, que podía ser extrapolable a otros sitios de España Esa era mi obsesión. 

¿Interpretas tu libro también como un trabajo histórico?

No soy historiador, soy novelista. He leído mucho material historiográfico, y mi intención era ampliar el foco. La reflexión histórica tiende a centrarse en cosas concretas. Creo que lo que define mi trabajo es que nace de una mirada omnívora. Siento curiosidad por todo, no es sesgada. He dejado que todo me llevara. Llevo muchos años en los archivos y grabando a gente. He leído, claro, enormes libros sobre la transición, pero creo que mi trabajo no es el suyo. De ellos, algunos me han sido muy útiles y otros nada. 

¿En paralelo con esto, consideras que “1969” tiene algo que ver con la Memoria Histórica, tan a la mode, y quizás algo encorsetada institucionalmente?

Creo que sí hay que ir un poco más allá de la legislación y bajar a la intrahistoria, a la historia pequeña, recuperar la memoria popular, la memoria individual… La gente que protagonizó la Transición es ya mayor. Hay que dejar constancia de sus vivencias, teniendo en cuenta que en la pequeñez está también la grandiosidad de las cosas. La gente que luchó y no, la que estuvo y la que no. Hay proyectos interesantes de esa intrahistoria como el archivo de memoria obrera, de CC.OO., los trabajos que se han hecho sobre las luchas en las fábricas, memoria popular de asociaciones de vecinos… Tenemos un filón muy interesante. Hay que ir más allá y, sobre todo más rápido. Toda la memoria que no seamos capaces de guardar la vamos a perder. Es una enorme injusticia no haber sabido recuperar esas voces olvidadas, que tienen mucho que enseñarnos. Por ejemplo, su madurez como personas, como políticos, como luchadores sociales, que nos sería muy útil para saber lo que ahora está ocurriendo.

¿Cómo era aquel paisaje de 1969, visto, digamos, desde la distancia de 2022?

La palabra que quizá podría definir aquellos años, desde la mirada actual, sería la de “ingenuidad”. Muchas de las personas con las que he hablado no ocultan, sino todo lo contrario, su creencia en que otro mundo era posible, que podíamos cambiar de raíz las cosas, vivir en un mundo más justo. Cosa que acaba en desilusión colectiva, un eje que constituye uno de los argumentos más potentes de “1969”. Algo asumido con enorme serenidad. No me he encontrado a personas amargadas, dolidas.

¿Y Barcelona, como lucía?

Barcelona era más oscura, más gris, más triste… Tenía un fondo de revuelta que también era extrapolable al País Vasco, Madrid, Valencia… Ahora no sé bien en que nos hemos convertido. Probablemente, somos una ciudad más abierta, menos gris, más mestiza… Pero no sé si más cosmopolita. Los turistas no nos convierten al cosmopolitismo. No sé si me gusta mucho la Barcelona en la que nos hemos convertido. Tuve la suerte de vivir la segunda mitad de los 70 y, claro, me quedaría con aquella Barcelona peleona. Cosa que también puede ser, claro, producto del elemento perverso de la nostalgia.

¿Y el dinero barcelonés, tenía alguna cara reconocible en aquel 1969?

Ahí estaban los grandes empresarios, forrándose con sus proyectos urbanísticos. Arrimando el ascua a su sardina, para aumentar beneficios. Fue la época del gran boom urbanístico, de construcción de barrios enteros para la gente que venía a trabajar aquí. Intentaban exprimir la naranja al máximo, que es lo que le corresponde a un buen burgués. En las fábricas explotando a los obreros. En ese sentido, no creo que las cosas han cambiado mucho. Por suerte, se ha ampliado el margen de protesta…

¿En aquel franquismo tardío, jugaba la burocracia un papel relevante?

Cuando empiezas a trabajar con archivos, la primera gran sorpresa es ver el funcionamiento de la represión. No es tan sorprendente su alcance, que resulta obvia y fue durísima, sino sus pequeños resortes. Por ejemplo, los informes diarios de lo que ocurría en la Universidad, en las fábricas; de lo que se decía en las homilías, de las misas de los domingos. Toda esa red de colaboracionistas que pasaban información a los servicios de la policía, de la falange… Llega a extremos delirantes como, por ejemplo, informes de la policía sobre las pintadas que se borraban cada noche, con detalles sobre el número de la calle, el texto de la pintada, el color de la pintura y la medida de las letras. Cuando se llega a ese grado de paroxismo, la cosa deja de tener sentido. La represión pasada de rosca tiene un punto ridículo. Toda esta pequeñez, sórdida, cutre, de porteros, taxistas, vecinos… pasando informes. Paradójicamente, las valoraciones y pronósticos basados en todo aquello no daban ni una.

¿La izquierda, un año después del mítico 68 parisino, marcó también la vida barcelonesa?

Creo que había una gran diferencia entre una izquierda pragmática, mayoritaria (el PCE, el PSUC, en Cataluña…) que está dispuesta a buscar soluciones pactadas. Pero lo más interesante eran quizás todos los satélites que salen de ella, desde la autonomía obrera, las luchas libertarias, o la extrema izquierda marxista-leninista. Intenta ir más allá. 

¿Y en qué consistía lo que en tu libro aparece como “resistencia catalanista”?

Estaba el catalanismo esencial, la gente que tenía deseos independentistas, en círculos muy pequeños, vinculados a asociaciones culturales, excursionistas… Intentan celebrar, de algún modo el 11 de septiembre, de convertir los bailes de sardanas en actos de reivindicación nacional. Hay siglas como el Frente Nacional de Cataluña, el PSAN… De aquel nacionalismo embrionario surgen también algunos grupos que proclaman la lucha armada. Muy lejos, en cualquier caso, de lo que luego llega a ser. 

¿Y la conexión de Barcelona con aquel mundo cambiante de 1969?

Está empezando a llegar la música, el LSD, de manera muy poco potente. Hay gente que viaja a Francia, a Inglaterra. Están entrando libros clandestinos por la frontera… Es otro aspecto más del cambio que se avecina, que no es solo político, sino social. Estaba empezando a modificarse la manera de mirar la familia, el sexo, la ropa… En 1969, los estudiantes están dejando de llevar corbata. 

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