‘Civil War’: de nuevo la guerra civil en los Estados Unidos

La película Civil War, del director y guionista Alex Garland, se estrenó la semana que termina en medio de una gran expectación. Relata el estallido de una furiosa guerra civil en los Estados Unidos, cuando Texas y California encabezan una rebelión en toda regla, liderando a diecisiete estados -divididos a su vez entre Alianza de Florida y Nuevo Ejército Popular– contra la presidencia federal.

El público va a ver la película esperando que el director explique por qué se ha producido ese fenómeno; y sobre todo, quienes son los buenos y los malos, y si el presidente es una trasunto de Trump, o qué. Llevamos años programados por los medios de comunicación para ese tipo de preguntas, para que optemos por unos o por otros, y para que nos “aclaren”  toda esa sarta de guiones que consumimos y no entendemos, desde que fueron muriendo las grandes ideologías políticas de los últimos cien años.

Pero Garland no pretende eso; no desarrolla en la pantalla una plúmbea disertación sobre considerandos políticos, económicos y sociales que han llevado al horror. Nos lleva directamente a ver el horror. Ese es el asunto de la película: el espanto de una guerra civil, en la cual un tipo tortura salvajemente, durante días, a dos vecinos porque le caen mal. O un francotirador con las uñas pintadas y el pelo teñido de vivos colores, que no sabe por quién combate, ni a quien tiene en frente. Simplemente, el tirador enemigo quiere matarlo, pero él va a intentar liquidarlo primero. Ello en un entorno surrealista, entre restos ornamentales de la Navidad, en medio de un campo de exuberancia primaveral.

Eso es lo que pretende el director y guionista. Y vaya si lo consigue. La guerra civil es descontrol total, camiones llenos de cadáveres, asesinatos por capricho, teñidos de argumentos que ni siquiera se llegan a explicitar.

La narración se estructura en torno a un grupo de periodistas que viven, hasta el final, inmersos en su “tribu”, entre los rituales que han paseado por guerras y más guerras: cámaras de fotos analógicas, como las que usaban los grandes mitos históricos de la profesión. Poses y bromas típicas, la búsqueda maniática del scoop hasta el último minuto de la película, cuando los grandes rotativos se han desmoronado, junto con el sistema, y nadie atiende ya esas noticias.

Esos reporteros han cubierto otras guerras durante los últimos treinta y tantos años. Lo llevan en su memoria, como podemos verlo en los recuerdos que pasan por la cabeza de la veterana fotoperiodista Lee Smith. Pero también se percibe a lo largo de Civil War. Hay escenas que recuerdan a Bosnia, a Libia, a Somalia, a Ucrania, a Sudán, a Gaza. Todas ellas, espantosas guerras que hemos visto por la tele a lo largo de estos últimos años, que en la memoria parecen haber tenido lugar en un único país miserable, y que ahora aparecen en el pulcro paisaje primaveral del Este de los Estados Unidos, en esos mil y pico kilómetros que separan a  Nueva York de Washington, en los que la vida ordenada está patas arriba. Y no es que haya destrucción por doquier. Es que, de repente la vida no vale nada, las seguridades más elementales han desaparecido; y cualquiera con un arma puede hacer lo que le parezca, bajo el sol más brillante y entre las casas más acomodadas.

Eso es una guerra civil, en efecto.

Por lo demás, hay algunos detalles que afloran a lo largo del metraje y que ayudarán a responder a las preguntas que abrían esta reseña.

¿Representa el presidente de los Estados Unidos, protagonizado por Nick Offerman, a Donald Trump? Pues no necesariamente. Es cierto que el director se inspiró para rodar este film en el impacto que le provocó el asalto al Capitolio de ultras y milicianos favorables a Trump, el 6 de enero de 2021. En Civil War vemos a esos milicianos combatir y fusilar a prisioneros, vestidos con sus atuendos extravagantes que incluyen camisas floreadas, como las de los Boogaloo Boys quienes por cierto, existen y desean una guerra civil en los Estados Unidos. Pero esos combatientes son de extrema derecha, y en la película, parecen situarse en el bando de los secesionistas.

En realidad, los posicionamientos ultraderechistas atraviesan la película de bando a bando, puesto que el presidente ha utilizado la aviación para bombardear a la población civil, mientras que entre los rebeldes parecen menudear las milicias ultras. Ese detalle no hace sino revelar la polarización extrema que se vive en los Estados Unidos, hasta tal punto que según una encuesta llevada a cabo por  YouGov y The Economist en 2022 el 40% de los estadounidenses considera plausible una nueva guerra civil en la próxima década.

¿Por qué Texas y California encabezan la rebelión? Hay una repuesta sencilla para el primer caso: en los últimos meses, Texas se ha enfrentado con Washington para endurecer las medidas contra la inmigración ilegal a través de la frontera con México; y en ese pulso le han llegado a apoyar 25 estados de la Unión. Otra cosa es el papel de California, tradicionalmente muy opuesta en sus posiciones políticas y modos de vida con respecto a Texas. Según parece, la intención de Garland fue que, al unir estos dos estados, mostraba la unanimidad en la lucha contra un presidente abusivo que gobernaba a lo largo de tres mandatos y disolvía el FBI. Pero también es posible que jugara un poco al despiste, para evitar polémicas que no vienen al caso para el guion de Civil War -no es una guerra territorial, por ejemplo.

Queda otra posibilidad: Alex Garland es británico; durante la Guerra de Secesión (1861-65), Gran Bretaña apostó por el Sur, a pesar de ser esclavista. Ahora, un siglo y medio más tarde, el Sur gana, derrocando a un presidente abusivo en el Norte. Texas, más la alianza de Florida es, de hecho, el antiguo territorio de los confederados. Por lo tanto, incluir a California en el bando de los rebeldes ayuda a difuminar el polémico mapa.

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