Laporta envía a Xavi a los infiernos tras el descalabro ante el PSG

El presidente ya ha filtrado a la prensa la decisión de ascender a Rafa Márquez, como sustituto de quien, hasta la semana pasada, era "el mejor entrenador del mundo para este proyecto a dos años vista con los jugadores que él había pedido"

Joan Laporta y Xavi Hernández
Joan Laporta y Xavi Hernández

En apenas unas horas -pocas, realmente-, la misma prensa que llevaba semanas ponderando de forma celestial el trabajo de Xavi lo ha enterrado y desahuciado sin el menor miramiento después de dedicar horas de radio, TV, tinta y ruido digital especulando con las claves de su más que segura y necesaria continuidad. Detallando sus exigencias a la directiva del FC Barcelona a cambio de desdecirse de su decisión de dejar el banquillo y hasta dando por hecho que, como este Barça iba a dar el golpe en la Champions -por lo menos ser finalista y, muy probablemente, competir por el título con grandes expectativas de ganarla, incluso más que en la Liga-, la única prioridad era convencer a Xavi de que no abandonara su puesto de mando. Con ese giro de todo el aparato mediático, el malestar y el disgusto por el descalabro europeo, otro más y van cinco atribuibles al tándem Laporta-Xavi, la directiva ha evitado de momento la mirada crítica del barcelonismo hacia el palco cuando la temporada, a falta de que el clásico puede dejar abierta una pequeña puerta a la esperanza y a la ilusión, apunta a cerrarse en blanco, sin un solo título que celebrar. Como siempre, una solución de cara a la galería, provisional e improvisada tan habitual en el universo laportista.

Si se repasan los titulares de la previa y de los días posteriores a la victoria en París, contrariamente, la mano sabia y experta de Xavi era el clavo ardiendo al que el barcelonismo debía aferrarse para salvar el futuro, era la luz y la única guía en esa oscuridad en la que, si se ha de analizar con honestidad, se había adentrado el equipo como consecuencia de la pésima gestión de Xavi, más allá de si realmente Joan Laporta no le había fichado los refuerzos de la lista del entrenador.

Hoy, en cambio, Xavi es historia, un mal entrenador que se ha ganado a pulso no seguir y que, tras el revés en la Champions, la quinta eliminación consecutiva en Europa ofreciendo idéntica imagen de impotencia, sordidez y ausencia de personalidad, ha firmado su sentencia de muerte como entrenador del Barça. Los titulares del día después dejan meridianamente claro, recogiendo las filtraciones de la junta ante la urgencia de proponer una alternativa, que el entrenador del filial, Rafa Márquez, será el próximo propietario del banquillo.

Una opción casera, barata y casi cutre que tampoco tiene nada que ver con ese inventario de nombres ilustres y de primera fila hecho circular también en la prensa laportista cuando Xavi anunció su voluntad de abandonar el puesto a final de temporada e, inexplicablemente, se le permitió seguir. En aquel momento, los apoyos a Xavi eran mínimos por no decir que inexistentes mientras se barajaban los nombres de técnicos experimentados, relevantes y también con un caché elevado.

La cuestión de fondo más preocupante y perjudicial para el club, en su conjunto, no radica tanto en si Xavi debería irse, seguir o hacer el equilibrista, ni tampoco en si llegado el caso el mejor perfil parar sustituirlo es el de Rafa Márquez o cualquier otro. La verdadera clave de esta pantanosa temporada azulgrana, abocada a la esterilidad y la decepción, sigue focalizada en la inconsistencia y descontrol de la gestión por encima de Xavi, en la prioridad que Laporta impone sobre sus propios intereses y necesidades que, demasiadas veces, no coinciden con las del equipo.

Laporta sabía, pese al título de Liga conquistado la temporada anterior, que Xavi clamaba por un mediocentro y por refuerzos que nunca llegaron y que su rival, el Real Madrid, se iba a tomar ya en serio el relevo de Kroos, Modric y Benzema, generacionalmente imprescindible. La presidencia, además, había detectado que Xavi, en el fondo, no estaba a gusto con esta plantilla y que tampoco era capaz de resolver las deficiencias en el juego, evidentes a lo largo de la temporada del 1-0, con la llegada de Oriol Romeu, Joao Félix, Gundogan, Joao Cancelo e Íñigo Martínez.

La respuesta a esta estructura deficitaria e insuficiente para consolidar el proyecto ha sido la de siempre por parte de Laporta: el no intervencionismo y la de actuar con su habitual dejadez e indolencia, confiando en su propia suerte muy por encima de su obligación de proceder con responsabilidad frente a las alarmas, dejando pudrir y enquistarse la infecciosa mediocridad de Xavi. Como tenía el recambio en casa, Márquez, que llegado el caso será el brazo armado de Deco, Laporta esperó pacientemente a que el de Terrassa se pusiera él mismo la soga en el cuello sin pensar que a la hora de la verdad, cuando quiso destituirlo, no podía manejar siquiera su finiquito. Hubo de quedarse irremediablemente con Xavi, un entrenador desanimado, rencoroso con la prensa y autoeliminado que solo se atrevió a tomar decisiones valientes cuando ya se vio del todo fuera de juego.

Mientras tanto, con el equipo hundiéndose por la lesión de Gavi, baja que Xavi no rectificó hasta semanas después con la entrada de Christensen en el mediocentro defensivo, y la titularidad de Pau Cubarsí y de Lamine Yamal, Laporta aprovechó la oportunidad para traer a Vítor Roque con un coste final de 60 millones que hoy por hoy el club no puede asumir, ni mucho menos.

La reacción de Xavi a esta situación de hace unas semanas, cuando el presidente admite que lo hubiera destituido de buena gana y le compra un delantero estilo Keirrison -o sea, con más comisiones de por medio que capacidad goleadora-, tampoco es racional, sino más bien esperpéntica, pues le da las gracias en público, insiste en que Laporta es el mejor presidente de la historia -lo cual es imposible, desde luego, con el palmarés que probablemente arrojará la era Xavi- y le cierra el paso a Roque, lo mismo que dosifica a Joao Félix, que es la niña de los ojos del presidente.

Por eso es inevitable este desenlace surrealista en el que ya está decidido el relevo de Xavi por Márquez cuando hace apenas unos días Laporta destacaba la figura como «el mejor entrenador del mundo» en respuesta a los elogios de Xavi a su presidente por «su valentía en la gestión del club».

«Xavi ha superado las expectativas que teníamos. Conocimientos tenía de sobras, pero había que ver cómo asumiría un banquillo como el del Barça. Como ha vivido tanto el mundo del Barça, lo conoce perfectamente. Da gusto hablar con él porque relativiza los problemas. Transmite optimismo siempre. Para él los problemas siempre se pueden resolver. No ve nada imposible. Me gusta mucho hablar con él porque tiene una visión muy clara de club, lo he visto muy maduro para lo joven que es y para asumir un cargo como entrenador del Barça. Estoy encantado con Xavi, aparte que lo aprecio mucho personalmente, es un orgullo tener un entrenador como él», añadió Laporta. Y dejó claro que su futuro «no depende de si se ganan títulos. Su proyecto ha comenzado este año porque es cuando le hemos podido traer los jugadores que quería. Me gustaría que estuviera muchos años con nosotros».

Ni 24 horas ha durado ese juramento de amor eterno que ni era verdad ni lo contrario, simplemente escenificaba y sostenía el relato más conveniente en ese momento, del mismo modo que, a partir de ahora, se cambiará al gusto del consumidor. Es decir, que si Xavi gana en el Bernabéu se estirará el chicle y si pierde o empata, muy pronto será anunciado y presentado Rafa Márquez como nuevo entrenador. Márquez, por cierto, estuvo a punto de quedarse fuera del tinglado por hacer publicidad de una casa de apuestas mexicana para ganarse un extra. Le tuvieron que llamar la atención, aunque en el fondo no estaba haciendo nada muy diferente de lo que él percibe y ve cada día en las entrañas del club actualmente.

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