Perder las finales de Champions no debería tener consecuencias

La directiva no supo frenar el exceso de euforia que precedió a la derrota en Turín y considera sólido el proyecto de Giráldez, pero ha filtrado sus dudas e incomodidad con Jasikevicius, con los play-offs a la vuelta de la esquina

El equipo de baloncesto y el Femení disputaron la semana pasada dos finales europeas y perdieron ambas, en ningún caso por circunstancias ajenas a la propia dinámica del propio deporte, especialmente psicológicas y emocionales cuando se disputan partidos de extrema igualdad y de presunto equilibrio de fuerzas. Era el caso de los dos extraordinarios equipos azulgrana a los que se debe aplaudir y reconocer el mérito indudable de haber alcanzado el privilegio de jugar la final continental.

Disputar finales como éstas supone, además de un éxito, haber cumplido sobradamente con la exigencia máxima a la que está sometido un equipo profesional de alta competición como es estar en condiciones de competir por el título hasta el último segundo. Nada que objetar, por tanto, a la trayectoria internacional de dos secciones que forman parte del orgullo barcelonista y de esta tradición identitaria polideportiva, única en el mundo. 

Con el factor multiplicador añadido, también en ambos casos, de haber alcanzado la final repitiendo esta hazaña por segundo año consecutivo, esa dificultad añadida que estadísticamente castiga invariablemente a los competidores cuando después de haber llegado a la cima se ven en la obligación de mantenerse.

El Femení defendía el título conquistado un año antes con Triplete incluido, ahora tras haber sumado otra liga invicto y haber arrastrado consigo a la cita de Turín a más de 15.000 aficionados, después de establecer dos plusmarcas mundiales de asistencia en el Camp Nou a un partido de fútbol femenino.

Puede ser, efectivamente, que el relato previo, justificadamente triunfalista, hubiera generado dentro y fuera del propio vestuario un clima de euforia y de optimismo muy complicado, por no decir imposible, de eliminar y de aislar. Un estado de ánimo favorecido por un rendimiento inigualable para cualquier otro equipo que no fuera el Olympique de Lyon, el equipo dominador del fútbol femenino europeo del último lustro.

En ese terreno, sin que suene a reproche, ya que al nuevo público del Femení del Barça es verdad que le sobra entusiasmo, pero le falta la cultura deportiva que le sobra al aficionado del primer equipo masculino, sí es posible realizar una anotación futura sobre el evidente exceso de confianza y de seguridad con el que se afrontó la final. Culpa de nadie, sólo de esa atmósfera imparable, de cuento de hadas que, se esperaba, debía concluir como el año anterior en un final infinitamente feliz.

Sólo se le fue la mano al Ajuntament de Barcelona, a la alcaldesa Ada Colau, anunciando con un desaconsejable e imprudente oportunismo los detalles de una rúa para el domingo por la tarde. A diferencia del primer título de la sección, la temporada anterior, ni Colau ni la propia junta de Joan Laporta impulsaron un homenaje parecido de carácter popular y masivo, en parte porque el equipo aún dejaba tras de sí la estela de Bartomeu y porque, con la excusa de la pandemia, nadie puso demasiado interés.

Sin olvidar que el propio Joan Laporta no hacía ni tres meses que venía de cachondearse de los nombres de las jugadoras del Femení, equipo al que nunca había visto jugar, ni por la tele, siendo incapaz de identificar ni siquiera a las jugadoras más destacadas. Para recuperar ese terreno y conseguir popularidad y liderazgo dio ese paso de abrir el Camp Nou, que tampoco se atrevió a dar un año antes, cuando pudo hacerlo, aunque con restricciones de público.

También Laporta y el propio staff y vestuario se dejaron arrastrar por un clímax que algunos, los más sensatos barcelonistas¸ predijeron como arriesgado y del todo inconveniente antes de una final de Champions League.

La derrota, pues, debe comprenderse y asumirse como la consecuencia, tan amarga como admirable en el contexto de una final, de jugar una finalísima que sólo puede ganar uno de los dos equipos. En todo caso, sobraron las justificaciones de Alexia Putellas, en el sentido de que la falta de competitividad de la Liga Iberdrola les había privado de conseguir un ritmo de competición para igualar la superioridad del equipo francés. Habría sido más apropiado un discurso de humildad y de cierta autocrítica.

La reacción de la directiva, como no podía ser de otro modo, pasa por reforzar el proyecto y al staff técnico con la finalidad y la convicción de seguir compitiendo entre las mejores del fútbol femenino internacional. 

El desenlace de la Final Four de Belgrado, en cambio, ofrece una lectura distinta, como si llegar a esa cita como lo hizo el Barça, después de dominar de principio a fin la fase regular, no tuviera suficiente consideración como para dar por bueno ese balance de repetir final. La sensación, por las filtraciones periodísticas posteriores, es que la directiva habría manifestado un cierto malestar, personalizado en la figura de su entrenador, Sarunas Jasikevicius (foto), por la pésima segunda parte de la semifinal.

Laporta, es evidente, nunca se ha sentido cómodo en la compañía de un técnico, el penúltimo que le queda de Bartomeu junto con Edu Castro (hockey patines), con un discurso íntegramente de club y no de embelesamiento y adoración hacia la junta, como sí proyecta el resto, desde Xavi Hernández a Carlos Hernández, pasando por Jonatan Giráldez.

Jasikevicius, además, provoca frecuentes tensiones mediáticas con declaraciones que alertan sobre determinados defectos colectivos del equipo, críticas abiertas al rendimiento de sus jugadores cuando es bajo y sólo de cuando en cuando admite algunas dosis de autocrítica.  Tampoco es una sección que se sienta querida por el presidente, que no estuvo en la final de Copa ganada al Real Madrid hace unos meses, pero que sí filtró esta vez que seguramente habría estado en la final del sábado pasado si se hubiera producido la circunstancia de una coincidencia de finales con la Champions del Femení.

No hay feeling, en definitiva. Otra cosa distinta es la obligación de la junta de valorar como es debido permanecer en la cima del basket continental durante las dos temporadas y admitir el excelente trabajo de Jasikevicius, con independencia del desenlace de la Final Four. El Barça perdió ante el Real Madrid en el partido que no podía perder, después de haber demostrado su superioridad a lo largo de la liga regular y también en la Copa del Rey, un disgusto que a Laporta y su núcleo duro les costará digerir. 

La prueba es que el proyecto, sin llegar a tambalearse peligrosamente, ha sido puesto en duda cuando el equipo se enfrenta a los play-offs de la ACB, con toda seguridad en un mano a mano terminal con el Madrid dentro de muy pocos días. Una mala combinación, la de las vacilaciones de una directiva como la de Laporta, sanguinaria y fanática, cuando más apoyo y unidad necesita desde el propio club.

Por eso, ahora mismo, el futuro de la sección depende en su estructura cara al año que viene de cómo se resuelva este final de ACB, con el factor añadido de la necesidad de recortes en la masa salarial de la plantilla, un barrunto de conflicto que no ayuda a la estabilidad del equipo.

Sólo el Efes Pilsen turco ha repetido como finalista, igual que el Barça, respecto de la edición del año anterior, en la que también se proclamó campeón. Eso sí después de ser segundo en la 2018-19. Laporta corre el riesgo de ponerse nervioso antes de tiempo.

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