Alcarràs, más que una película

Susana Alonso

Paseo por Alcarràs, no por el éxito de la película ni por la belleza de los frutales florecidos, que bien se lo merecen, sino por el chaparrón de líneas aéreas eléctricas que les puede caer encima. Problemas antiguos, los del campesinado que resiste los embates de los poderosos, que siguen haciendo la vida imposible a la gente: costes de producción caros, bajos precios percibidos, burocracias interminables, importaciones de productos, falta de relevos generacionales y despoblamiento.

Y las agresiones de antes: autopistas, ramales de gas, centros energéticos e industriales (nucleares, térmicas o petroquímicas) o urbanismos descontrolados, afectando a campos en rendimiento o bien bosques.

Debido a la “transición energética”, los dirigentes no paran todo el entramado oligopolístico de los años 80 (gobernando el Partido Socialista Obrero Español, y aquí Convergència i Unió), formado en la economía globalizada que permitió privatizar todas las esferas de la economía, consolidando pelotazos, apropiaciones indebidas, generando enorme deuda y contribuyendo al empobrecimiento social, económico y ecológico.

En las tierras de Lleida vuelve la ofensiva de esta trama, dispuesta –ahora con la “transición energética”– a seguir trinchando el país, a base de enormes instalaciones de líneas de muy alta tensión (MAT) que, saliendo de Aragón (con un amplio dispositivo de plantas eólicas y solares), atravesarán toda Cataluña con recorridos horizontales y verticales, afectando a muchos campos y dispersando en el aire radiaciones electromagnéticas de graves consecuencias para la salud.

Como en el área de Tarragona, en Lleida ya se ha organizado la oposición en la Plataforma contra los macroproyectos energéticos de Ponent (Segrià, Garrigues, Noguera, Pallars y Alta Ribagorça), que ha presentado alegaciones, así como en la Unió de Pagesos, en los ayuntamientos por cuyos términos pasan las líneas, un total en Catalunya de un millar de grandes torres que extenderán 400 kilómetros de cable eléctrico aéreo.

Me lo imagino entre manzanos y melocotoneros, almendros y perales en flor (con amplias visitas de turistas, que deben saber lo que se programa) y me lo confirma la gente de la Plataforma Defensem la Nostra Terra, de Alcarràs, entre ellos algunos productores en considerables extensiones bien trabajadas.

Mos venen barats”, me dice Josep-Ramon, cuando ha sabido por carta de las empresas –hace pocas semanas, sin avisar previamente, sin debate y sin información disponible– la expropiación de tierras, para un proyecto declarado de “ utilidad pública”. Igual procedimiento que en tiempos del dictador Franco. Una larga historia de amor a la tierra puede quedar descuartizada por unas empresas –en el caso de esta línea, Solaria SL e Ignis, bien situadas en el Ibex 35 de los mamuts de las finanzas– que tocan todo tipo de productos y se burlan de la energía verde.

Unas empresas que, junto a las grandes (Naturgy, Iberdrola, Endesa) -antes invirtiendo en nucleares, con dinero de otras-, se apuntan también al festín de subvenciones al “todo eléctrico verde”, pero con el mismo destino final, el gran consumo urbano, industrial y automovilístico, muy concentrado en Cataluña, dejando el resto indefenso.

“Somos tratados como delincuentes”, me va diciendo, y remarca cómo cuesta mover a la gente. “Eso sí, haces una manifestación por la independencia, y van todos, pero protestas por los precios de la fruta, y somos cuatro. Pero no nos dejaremos vencer, porque el trabajo de tantas generaciones no puede perderse por la especulación. Aquí también tenemos especuladores, pero esto viene de Madrid y no creo que la Generalitat actual apruebe la masacre de estos campos, porque mucho alimento de Cataluña sale de Lleida”.

Le recuerdo que dos exconsejeros de los gobiernos de la Generalitat que presidía Jordi Pujol -que son bien conocidos- han hecho la ronda tratando de “facilitar” la relación municipal con las empresas (“cuestión de bolsillo”, dijo uno de ellos), nuestras puertas giratorias.

«Aquí ya no pasaron el 1 de octubre del 2017, tampoco pasarán ahora», dicen. La película galardonada en Berlín puede estar muy bien, pero Alcarràs es mucho más que unos metros de celuloide.

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