Otros catalanes, sindicalismo y autodeterminación

A mi padre le ofrecieron un empleo en Lámparas Z. Muy lejos del pueblo. El trabajo era penoso, tóxico y peligroso. Lo aceptó. No podía regresar, le esperaba el paro, el hambre y la represión. De eso pronto hará 75 años. El tiempo que estuvimos realquilados con derecho a cocina, en un piso donde cohabitaban varias familias, fue un suplicio para mi madre.

En los barrios donde vivimos al inicio, los dirigentes políticos y sindicales habían sido exterminados, encarcelados o exiliados. La acogida de los inmigrantes era insatisfactoria. Sin facilidades para adaptarse a las costumbres locales ni para aprender el idioma. Cuando mi madre se quedaba sin dinero, cada fin de mes, a veces iba yo a comprar de fiado. El epíteto de charnego, que en mi infancia no entendía, de algún modo me afrentaba. En Hostafrancs la relación vecinal mejoró y en el colegio nos enseñaban en catalán y en castellano.

Pasada la adolescencia, trabajé de oficial mecánico ajustador y, en 1964, participé en una Comisión Obrera para reclamar mejoras en seguridad e higiene. El sindicato vertical era inútil para eso.

En 1971, ya en la SEAT, me eligieron jurado de empresa, en la candidatura de CCOO por los técnicos. Al despotismo de los directivos franquistas, que imponían un turno de noche sin razones técnicas explícitas y sin respetar la conciliación de la vida personal y laboral, le siguió el paro del Taller 1. A la negativa de la empresa a negociar y el despido de varios trabajadores y representantes sindicales, se respondió con la ocupación de la fábrica. La policía a pie, a caballo, con tanqueta, helicóptero y gases lacrimógenos, nos desalojó después de muchas horas de enfrentamientos y de derribarles los caballos, lanzándoles rodamientos con grasa consistente. Nos hirieron a muchos y mataron al compañero Antonio. Continuaron 15 días de huelga. Barcelona palpitó a nuestro ritmo y tuvimos expectante a toda España.

Se constituía la Asamblea de Cataluña con dificultades, por albergar intereses contradictorios. La decisión de los trabajadores, de la SEAT y de otras empresas, de impulsar la lucha por la democracia y contra la dictadura, convenció a los más reacios, por el temor a quedarse descolgados de nuestros avances.

El PSUC nos decía que éramos un solo pueblo. Algunas actitudes nos hacían dudar. Pero conseguir la unidad de los demócratas, en contra del régimen franquista, por la Libertad, la Amnistía y el Estatut d’autonomía, en coordinación con los pueblos peninsulares, nos entusiasmó. Al conseguir la Amnistía y votar la Constitución y el Estatut dimos por ejercido el derecho de autodeterminación.

Mientras a nosotros nos despedían del trabajo, nos detenían, nos torturaban, encarcelaban y mataban, por ejercer derechos fundamentales, otros podían disfrutar de la situación que les proporcionaban sus antepasados franquistas. Pregunten a Aragonés y a Puigdemont. Asociaciones como Ómnium estaban legalizadas, se instalaban en un palacete y podían actuar a sus anchas. Los de CCOO éramos ilegales y estábamos perseguidos en busca y captura.

La burguesía catalana, que dejó de ser industrial y productiva, se propuso vivir de la administración pública. Para eso es mejor tener un Estado que una Autonomía. Como la independencia no existe, todos los países son dependientes, en la década pasada intentaron la secesión con una legislación de corte totalitario. Han dividido a la sociedad catalana y la resurrección del peor nacionalismo español también está en su haber. La afrenta infligida ahora es la que recuerdo de la infancia.

En los actos oficiales conmemorativos, por el Parlament y la Generalitat, del 50 aniversario de la constitución de la Asamblea de Cataluña, me ha parecido que han pretendido darle continuidad con la chapuza del procés. Nada más lejos de la realidad. Entonces combatimos a la tiranía sin interés espurio alguno, unimos a la ciudadanía y ejercimos derechos y libertades que conseguimos con la Constitución y el Estatut, aunque, como podemos comprobar, siempre peligran.

Es preciso recuperar la utopía de una sociedad abierta, acogedora e integradora, donde la convivencia entre el individuo y la comunidad permita que la identidad y la diversidad coexistan sin conflictos. El pueblo unido psuquero.

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