El cierre del ejercicio 2021 es de juzgado de guardia

Al margen de la cuestión de la responsabilidad, la liquidación está manipulada, inflada y es carne de impugnación

Joan Laporta
Joan Laporta

De cara a la presentación este miércoles de la due diligence y otros detalles de la auditoría aún hay periodistas del laportismo que subrayan la necesidad de un esfuerzo mediático por hacer llegar a todos los socios el mensaje único e inequívoco de que todos los males del barcelonismo son responsabilidad de Josep Maria Bartomeu. ¿Más aún? Sólo falta que el presidente vaya puerta a puerta a recordárselo a cada socio.

A esa prensa entregada y en general manipuladora, sin embargo, empieza a dolerle más que Joan Laporta no aporte una sola solución que el propio escenario, cada vez más exagerado, de esa herencia tan repetidamente condenada y demonizada.

Más allá de haber engañado a todo el mundo con la mentirosa renovación de Leo Messi e inflado peligrosamente las pérdidas como estrategia, por no hacer, la nueva junta no ha sido capaz ni siquiera de encontrar un entrenador de su cuerda o fichar a nadie que Bartomeu no hubiera dejado atado, excepción hecha del Kun Agüero, el refuerzo exigido por Leo Messi.

Existen dos argumentos recurrentes para reforzar esa idea de que Bartomeu es poco menos que satanás: por un lado, el percance económico y por otro la existencia, cada vez más difundida por el aparato laportista, de irregularidades, corruptelas y presuntos actos ilícitos que, hasta ahora, se centran en el no menos explotado Barçagate sobre el delito, presunto, de haber enviado unos cuantos tuits incómodos a personajes del entorno de la oposición a Bartomeu.

Cuando interesa, el mundo se reduce al ruido de twitter. Lo cierto es que si, al revés, se hiciera un recuento de los ataques indiscriminados en redes contra Bartomeu, Rosell y los tres o cuatro pilares de su antiguo imperio en los últimos años la proporción seguiría siendo de un millón a uno por parte de quienes condenan y se escandalizan con el Barçagate y no dedicaron en su día una sola línea a los espionajes ordenados por Laporta a socios, políticos, jueces, amantes, futbolistas como Pique -por cierto-, traficantes, directivos propios y ex-directivos, candidatos y a todo aquel que suponía una amenaza para su chiringuito en la presidencia.

Más de tres millones de euros gastados, de los cuales, además, según la UDEF se refacturaban de forma más que sospechosa. Tampoco ni un tuit de ese entorno laportista, de una dimensión ingente, que censurase la operación alevosa, ruinosa y vergonzante de los terrenos de Viladecans.

Todo es agua pasada. Pesa una losa de inmunidad contra una gestión de Laporta, entre 2003 y 2010, que dejó el club en una situación parecida, por no decir incluso peor, si se tiene en cuenta que por aquel entonces la máquina de ingresar dinero funcionaba como nunca.

Aún así, la deuda neta superaba la facturación y las pérdidas de 84 millones la temporada 2009-10 no dejaban lugar a dudas sobre los gestos y operaciones de despilfarro y de negocios encubiertos.

No es cuestionable que la economía del Barça de los últimos años estuvo llevada al límite con esos 990 millones de ingresos de la temporada 2018-19, récord absoluto en el mundo del deporte, reconociendo al Barça como el club más poderoso del planeta dos años seguidos por la revista Forbes. Ciertamente, una economía que no estaba preparada para contingencias que no fueran menores y también que, por la estructura de sus recursos y masa salarial, ha sufrido como ningún otro club el impacto negativo a causa de la pandemia, calculado en 600 millones de caída de ingresos, desde el mes de marzo del 2020 hasta el 30 de junio pasado.

En el discurso apocalíptico del laportismo sobra, en cualquier caso, la manipulación y la presentación absolutamente sesgada e interesada de unas cuentas y una realidad económica que, como el propio Laporta ha debido reconocer, no podía soportar la continuidad de Leo Messi ni las fichas de esos capitanes que hoy son ‘héroes’ como Piqué, Busquets, Alba o Sergi Roberto.

Por eso la liquidación, presentada como lo hace Laporta, con una radiografía descarnada de la pésima gestión de Bartomeu, elude premeditadamente los 400 millones de menos de ingresos de origen pandémico, inevitables de la última temporada cerrada (2020-21).

Así, es fácil manejar volúmenes artificiales y manejarlos sin rigor. A las pérdidas de la temporada 2020-21, nadie explica que reflejan 319 millones menos de ingresos respecto a los niveles pre-covid y sí un aumento incomprensible de los gastos de 163 millones como resultado de un incremento artificial de 244 millones con provisiones poco o nada justificadas y una presunta devaluación de los jugadores a las que, casi de forma cómica, se incluyen las pérdidas por los traspasos de Griezmann y Trincao, cerrados en julio de este año, o sea dentro del ejercicio 2021-22.

Y no sólo eso, sino que, de cara al presupuesto de esta, la 2021-22, como ingreso se atribuye la reversión de 25 millones por esta pérdida, un ingenio contable que aun así no sirve para dar beneficios, pues Laporta anuncia pérdidas de 19 millones para el próximo curso. Por tener una referencia, si Leo Messi hubiera sido renovado, Laporta presentaría unas pérdidas de 100 millones más de euros. Al revés, si de la liquidación maquillada -más bien operada- de la 2020-21, se eliminan los 135 millones del coste bruto de Messi y los 238 millones inflados y hubieran aplicado las reducciones salariales previstas, los gastos habrían reflejado más de 400 millones menos, o sea unos 700 millones.

En cambio, si a los ingresos se añaden los no obtenidos por la pandemia, que Laporta minimiza a 225 millones, resulta que el beneficio hubiera sido de 198 millones de beneficios, eso sin el peso de Messi.

De cara al ejercicio que viene, ¿por qué Laporta presenta un presupuesto de ingresos, también artificial de 765 millones, o sea de 225 millones menos que antes de la pandemia? Por la sencilla razón de que tiene en cuenta el notable efecto de la pandemia, y eso calculando que ya se permite un 60% de aforo en el estadio. O sea, sí tiene en cuenta ese factor en su beneficio argumental y en cambio no sólo se lo niega a Bartomeu del mismo modo que no evalúa el peso salarial de Messi, que era de 135 millones, sino que encima renuncia a reducir los salarios durante la 2020-21 (sí lo hace en la 2021-22) y le añade una devaluación de futbolistas efectiva a partir del 1 de julio pasado.

A nadie puede extrañarle que la asamblea del día 17 acabe en el juzgado. Como poco.

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