«La gente busca la salud, y es mucho más sano vivir en un pueblo»

Entrevista a Manuel Campo Vidal

Vocacional y profesionalmente, periodista. Doctor en sociología, especializado en economía aplicada. Actualmente, se dedica a la formación. Sigue realizando documentales, y publica artículos en diferentes medios. Se considera progresista y comprometido con su tiempo y su país. Entre sus libros, varios dedicados a la comunicación y la política. El último La España despoblada (Editorial Sagesse).

 

Dices que es este trabajo tiene mucho sentimiento, porque eres hijo de la España despoblada…

La “España despoblada” tiene un subtítulo que dice “Crónicas de emigración, abandono y esperanza”, que es lo que ha sucedido aquí. España está despoblada, diría que peligrosamente despoblada (lo que genera graves desequilibrios territoriales y de otros signos), porque lleva siglo y medio despoblándose. Antes de finalizar el siglo XIX hay un millón de gallegos que se fueron a América, y en el XX otro millón tomaron el mismo camino. Antes de 1900, Galicia tenía más población que Cataluña y actualmente ésta la triplica. España se despuebla desde hace muchísimos años, más de siglo y medio. El segundo subtítulo, el abandono. No porque solamente nadie ha hecho nada por el mundo rural sino, porque durante el franquismo, incluso se estigmatizó. La subcultura con aquellas películas que resultaban divertidas, como la “Ciudad no es para mí”, de Paco Martínez Soria, o “Vente a Alemania, Pepe”, siempre aludían a que el de pueblo era atrasado, y el listo el que se había ido a la ciudad. El que se quedaba en el pueblo y no caía seducido por las luces de la gran ciudad, era un tipo apocado, que no se atrevía moverse del sitio… Y crónicas de esperanza, porque se está viendo un resurgir muy notable de dos o tres años para acá que, a pesar de la pandemia, está acelerándose de manera muy importante.

Para los Campo Vidal, su pueblo de origen, Camporrells, en Huesca, es como una seña de identidad…

Mis padres estaban planteándose la emigración desde Camporrells con tres hijos y otra, Anabel, que venía de camino, a tres destinos posibles: Barcelona, Zaragoza o Australia. Esto de Australia venía a través del cura del pueblo: según investigué después el presidente de la Conferencia Episcopal australiana conectó con el de la española para promover la inmigración de católicos y así hacer frente al anglicanismo creciente en su país. Mi familia, por suerte, no fue a Australia y, entre comillas, tampoco fue a Zaragoza, que entonces estaba muy atrasada. A nosotros nos llevaron al lugar más adelantado que había en aquel momento en España: Barcelona. Llegamos en 1960 a una ciudad, en la realmente se respiraba un europeísmo, que no existía en Zaragoza y tampoco en Madrid, por cierto. Luego, las cosas se han igualado. Y el nacionalismo ha provincializado Barcelona y Cataluña, pero esa es otra cuestión. Llegamos a Cornellá, concretamente, pero siempre mantuvimos mucho contacto con Camporrells porque allí seguían viviendo mis abuelos. Por Navidad, Semana Santa y a pasar las vacaciones siempre íbamos a Camporrells. Mantuvimos las raíces allí, vamos siempre a las fiestas mayores. Participamos en el baile de los “Totxets”, que se perdió, pero que conseguimos recuperar. Si como dijo el gran poeta catalán Salvador Espriu “El que pierde sus raíces, pierde su identidad”, nosotros no hemos perdido las raíces. No tenemos casa propia en Camporrells. El lugar donde yo nací es ahora una casa rural. Y cuando vamos allí, yo duermo en la habitación en la que nací.

El fenómeno migratorio es de tal magnitud que ha contribuido a configurar estructuralmente lo que hoy son Barcelona, Bilbao, Madrid…

Es absolutamente así, y las cifras lo corroboran. En el siglo XX, llegamos a Cataluña dos millones de personas procedentes del resto de España. En los años 20, con la celebración de la Exposición Universal y la construcción del metro de Barcelona, llegaron muchos murcianos. Luego, a partir de 1959, con el famoso Plan de Estabilización, se produjo como una orden de salida de los pueblos, porque la situación se puso muy difícil. De los dos millones de personas que fuimos a parar a Barcelona en el siglo XX, la mitad son andaluces. Pueblos enteros se fueron a Barcelona.

¿Es esto algo particular de España o es más amplio, y como consecuencia natural del propio desarrollo capitalista?

En general, en todos los países se produce un proceso de urbanización muy importante. La gente se va del campo a la ciudad en todos los sitios. Se calcula que, hacia el 2050, en torno al 80% de la población vivirá (o malvivirá) en grandes áreas urbanas, incluidas zonas de pobreza. Pero en el caso de Europa, los portugueses, españoles, italianos… hemos emigrado más. Dentro de la propia Europa y, sobre todo, a América. En Argentina, la primera comunidad es de origen italiano y la segunda española. Una de las pocas excepciones actuales puede ser la de la emigración de la Alemania del Este a la del Oeste. Anteriormente, hubo emigraciones que se pueden medir por plagas.  A principios del siglo XX, los irlandeses se fueron a América por la crisis de las patatas, o los riojanos y otros por la de la filoxera. El abuelo de Borrell, que aparece en el libro, se había marchado a la zona de Mendoza. Históricamente, los catalanes, antes de la industrialización, emigraban a Cuba.

Siguen llamando la atención, más allá de las migraciones, digamos trasnacionales, los movimientos del campo a la ciudad, que siguen despoblando incluso lugares tan apegados al territorio como Francia…

Con todo, Francia tiene un territorio más equilibrado. Dispone de un sistema de pequeños pueblos muy cuidados, organizados… En general, en Europa existe la ventaja de la geografía. España es el país con mayor altitud media, después de Suiza. Como decía Marcelino Iglesias, que fue Presidente de Aragón, después de los Pirineos, en Francia, coges un tractor y llegas hasta París. En España, la mitad de los municipios son considerados de montaña. Madrid está a 670 metros sobre el nivel del mar y París a 35. Eso hace que los ríos franceses fueran navegables y por ahí entró el comercio y la industrialización. El campo perdió en España la batalla de la industrialización y ahora no queremos perder la de la digitalización.

¿En su libro, coral, con una cincuentena de testimonios de los protagonistas de la emigración y otros tantos de análisis, iniciativas, ejemplos…, que es lo que más choca?

Me llaman la atención un par de cosas. En primer lugar, preparando el libro, he descubierto migraciones muy curiosas y generalmente desconocidas. Por ejemplo, la de campesinos burgaleses y valencianos a la República Dominicana, por el pacto de Franco y Trujillo. En Villarquemado, un pueblo cerca de Teruel, se fueron 300 personas a Montreal y aún permanece la comunidad allí. Fueron migraciones vinculadas a la Comisión Nacional de Emigración. Antes, vascos, extremeños y andaluces habían llegado a Vermont, Idaho, en algunos casos como pastores. Incluso hubo quien recaló en Hawái. En segundo lugar, he visto mucho ingenio, mucho emprendedor en el territorio rural. En Casteleserás, provincia de Teruel, con menos de 1.000 habitantes, hay una decena de tiendas de comercio electrónico. Es algo sorprendente que mucha gente se ha dicho que aquí se puede vivir. Gracias a Internet, como me decía Ricardo Lop, panadero/agricultor reconvertido a comerciante virtual, «yo vendo en Helsinki, porque está un clic de Alcañiz». He visto la esperanza concretada en una cantidad considerable de iniciativas personales, a veces contra viento y marea.

¿Vamos pues hacia un paisaje de habitabilidad novedoso, en el que adquiere nuevo protagonismo lo llamado rural?

Como dice Manuel Castells, con el Covid está quedando claro que la salud es la infraestructura básica de nuestra vida. La gente busca la salud y, evidentemente, es mucho más sano vivir en un pueblo que en una ciudad. Creo que vamos hacia situaciones intermedias, en las que se pueda ir profesionalmente a la ciudad algunos días y residir en el campo. No es algo masivo, pero el fenómeno empieza a ser significativo. Hay también actividades que están atrapadas en las áreas metropolitanas, con altos costes, y que podrían ganar competitividad con la deslocalización hacia los pueblos. Pero todo eso tiene que ordenarse con incentivos fiscales, etc. Y ya hay una predisposición del Gobierno. Por primera vez, se ha creado un organismo que mira las cosas transversalmente. En la toma de posesión de los nuevos ministros, hubo varios que hicieron referencia al mundo rural y a la necesidad de un desarrollo más equilibrado. Porque también hay que tener en cuenta que en el campo hay asuntos graves sin resolver, como el de la ganadería intensiva, que están en el origen de un deterioro grave del medio ambiente. Contamina la gasolina, pero también los purines.

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