El señor de la montaña

“Nunca consigo leer las escrituras de arriba a abajo ni examinar las transacciones. ¡Qué no haría yo antes que leer un contrato!” (…) “Hace un mes me sorprendieron ignorando que la levadura sirve para hacer pan y qué es fermentar el vino” (…) “En la danza, en la pelota, en la lucha, no he podido adquirir sino una destreza muy ligera; para nadar, esgrimir, hacer acrobacias y saltar, del todo punto nula” (…) “Soy uno de estos hombres en quienes las ropas bonitas lloran…” Quien se expresa con tanta sinceridad e indiferencia por las cosas mundanas es uno de los moralistas más grandes de todos los tiempos, es Michel de Montaigne, más conocido por Montaigne.

Uno de los hombres más cultos del siglo XVI europeo, el creador de aquellas dos fundamentales màximas, Que sais-je? y Le plus grand art: rester soi-même, vivió gran parte de su vida encerrado en la torre del castillo de Montaigne, rodeado de libros (entre los cuales, la biblioteca de su amigo La Boetie), alimentado de los pensamientos de sus queridos clásicos latinos –en especial Virgilio, Cicerón y Plutarco– y de la serena belleza del Perigord.

Michel Eyquem nació el 28 de febrero de 1533 y murió el 13 de septiembre de 1592. Su padre Pierre, casado con Antoinette Louppes de Villeneuve –de familia judía de Zaragoza que cambió el nombre de Paçagon por García López de Villanueva–, acompañó a Francisco I en la campaña de Italia, de donde volvió con el título de sieur. Él confió a su hijo Michel durante tres años a gente humilde, para educarlo en la ‘frugalidad y la austeridad’, y desde los 6 a los 13 años lo recluyó en el castillo con tres preceptores (un alemán y dos ayudantes) que le hablaban exclusivamente en latín, sin fouet et larmes.

Estudió en Burdeos y Derecho en Toulouse. Se dedicó a la vida social y política, en especial en el Tribunal de Burdeos. Pero a los 38 años, “asqueado de las tareas judiciales y de la función pública”, decidió retirarse a su castillo. Quería conocer su «yo interior», quería investigar al ser humano, y empezó a redactar sus Ensayos. Después de una década de retiro voluntario, el 22 de junio de 1580 salió de viaje durante dos años: es su particular y premonitorio grand tour: “No conozco mejor escuela vital que exponerse a otras formas de vida y probar la infinita variedad de las cosas humanas”.

Visita París, Augsburgo, Múnich e Italia. Es recibido por grandes dignatarios del momento como Enrique III, rey de Francia, el duque de Ferrara y el Papa. Pasando por Lucca recibe la notificación que ha sido elegido alcalde de Burdeos y regresa para ocupar un cargo que ya había ejercido su padre. En julio de 1583 es reelegido por dos años, pero al declararse la peste en la ciudad y abandonarla con su familia, fue destituido. Su querida torre le esperaba de nuevo y retomó la confección de los Ensayos, el tercer volumen de los cuales se publicó el 1588.

Montaigne, el humanista preclaro, declara su aversión por la violencia y los conflictos fratricidas entre católicos y protestantes de la Francia de su tiempo, la repugnancia por los que buscan la fama a cualquier precio, y se ratifica en su visión escéptica como respuesta al fanatismo. Como Erasmo y Tomás Moro es relativista y rechaza las proposiciones absolutas. Pero, muestra de sabiduría, se descarta a él mismo como guía espiritual, como maître à penser.

Algunas de sus máximas nos interpelan todavía hoy:

–“Hay vicios legítimos, como hay muchas acciones, o buenas o excusables, ilegítimas”
–“El camino más corto para llegar a la gloria sería hacer por conciencia aquello que hacemos por la gloria”
–“Hay que soportar las leyes de nuestra condición. Estamos aquí para envejecer, para debilitarnos, para estar enfermos”.
–“El matrimonio es una jaula, los pájaros de fuera se desesperan para entrar, los de dentro para salir”
–“Nunca viajo sin libros, sea en tiempos de paz o en tiempos de guerra. Son las mejores provisiones que he encontrado para este viaje por la vida”.
–“Un alma que no se fije una meta se pierde. Quien quiere estar en todas partes, no está en ninguna parte. Ningún viento ayuda al hombre que no va a ningún puerto”.
–“No afirmar nada temerariamente, no negar nada a la ligera”
–“Si hubiera una ley contra chupatintas e impertinentes, tal como la hay contra vagos y maleantes, yo y otros cien seríamos expulsados del reino”.
–“Estamos siempre recomenzando a vivir”
–“No hay ninguna duda que el hombre es un objeto extraordinariamente vano, diverso y fluctuante”
–“La cosa más importante del mundo es saber ser uno mismo”
–“La reputación es la más inútil, falsa y vana moneda de la cual nos servimos”
–“Si la perfidia puede ser excusable en algún caso, solo lo es cuando se invierte en castigar y traicionar la perfidia”
–En carta a Enrique IV, que lo quería a su servicio: “Nunca he recibido ningún bien de la liberalidad de los reyes, como tampoco lo he pedido ni merecido… Soy, Señor, tan rico como deseo ser”.

Este hombre lúcido, cultísimo, que según Stefan Zweig sabe que el placer está en la búsqueda, no en el encuentro, y que ha conseguido lo que Platón considera lo más difícil del mundo, abandonar la vida política con las manos limpias, nos deja como preciado tesoro su más honda convicción: “Cada hombre lleva en él la forma más entera de la condición humana”.

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