El tunecino

 

Ahmed, el tunecino, no es un príncipe de Las mil y una noches. No viaja  a lomos de un corcel alado ni en una alfombra mágica de Tangu. Jamás cubrió el cuerpo con sedas orientales, pedrerías y prendas delicadas. Nadie le corteja ni le lisonjea en un harén. No es objeto de adulación ni admiración. En su Magreb natal vivió ajeno a los efluvios de las esencias y de los delicados perfumes del bazar. Tampoco se extasió con el cimbreo y la sonrisa insinuante de las bailarinas del Gran Hotel. Apenas probó manjares exquisitos ni se deleitó con los frutos de los vergeles de Tozeur.

Hijo de la pobreza jamás acarició un rubí, tampoco una esmeralda… Hoy Ahmed, el tunecino, es un nómada de ciudad. Camina por las calles de la gran urbe con su viejo paraguas amarillo dibujando enormes círculos. Pasa y vuelve a pasar. El transcurso del tiempo ha difuminado la imagen del primer encuentro… Sí, pero aun puedo recordar sus andares decididos portando, en bandolera, un viejo macuto. Era joven, de piel curtida por el sol y  ojos color miel. Se aproximó con estudiada calma y preguntó qué hora era para, acto seguido, solicitar socorro económico. Explicó que, por razones familiares, le urgía regresar de inmediato a Bizerta, que se hallaba sin peculio y suplicaba ayuda a la gente de buen corazón… Se ganó un puñado de monedas y un clásico y sentido: ‘que la suerte te acompañe’.

Pasaron unos meses, en el mismo lugar y a la misma hora, topé de nuevo con Ahmed. No me reconoció. Me abordó con palabras parecidas, y argumentario idéntico al de la vez anterior. Pidió auxilio económico de nuevo. Con manifiesta frialdad le advertí que me sentía engañado, que en otro momento creí en su historia de regreso urgente al hogar, que no tenía intención de ablandar de nuevo mi cruel corazón. Calló perdiendo la mirada entre las verdes hojas de los arboles del paseo. Clavó sus ojos en mí y, herido en su orgullo, espetó:

¿Eres racista? 

Desconcertado, tardé unos instantes en alegar:

No, claro que no… pero no soporto el engaño; sigues aquí..

No mediaron más palabras. Marchó raudo paseo arriba sin volver la vista atrás. Las vidrieras de Armani reflejaban su escuálida figura superpuesta a trajes elegantes y complementos ostentosos. Luego, al igual que un aroma fugaz de primavera, se evaporo entre la gente.

En otra ocasión observé como Ahmed seducía a un turista adinerado; lo cameló con esa habilidad innata para fabular que sólo poseen los cuentacuentos árabes. Y así, de tarde en tarde y de año en año, he envejecido con Ahmed. El tunecino ya forma parte del paisaje y del paisanaje permanente que deambula por las calles de la metrópoli. Está ahí como los morenos del top manta, los policías de paisano, los trileros, las palomas, las putillas de tarde, las cotorras argentinas y los vendedores de la ONCE… Nos conocemos de vista, de cruzar miradas, cuatro frases perdidas en el tiempo y poco más. Hemos madurado juntos al abrigo de humedades y olores mediterráneos.

 Han transcurrido casi veinte años y vuelvo a hablar con él. Averiguo que se llama Ahmed, como el príncipe de ‘Las mil y una noches’. Le pregunto si aun piensa en regresar a Túnez.  Vuelve a extraviar la mirada, como antaño, entre las hojas verdes de los plataneros del paseo. Me cuenta, con voz trémula, que no puede ni quiere volver. Lamenta el deterioro de la paz social en su país de origen, maldice a los integristas y valora la atmosfera de libertad que dice respirar en occidente. Tiene mal aspecto. Ha adelgazado en extremo. Carece de dinero y de trabajo estable. Me revela que un matrimonio sirio le permite dormir en su casa del Raval con la condición, inexcusable, de abandonar la vivienda al amanecer. Me cuenta una vivencia de infancia  en la que un anciano muere deshidratado por no romper el ayuno. Afirma seguir  escrupulosamente el ritual del Ramadán, los ayunos, el rezo y las obras de caridad… Me recuerda, también,  que el Corán permite a enfermos y ancianos obviar la prohibición de alimentarse.

Ahmed seguirá vagando con su viejo macuto trazando círculos inexistentes, aguardando que el virus se marche y los turistas de cruceros de lujo vuelvan. Su imagen continuará reflejándose en los escaparates de las mejores boutiques y  grandes almacenes de la ciudad.

¿Hasta cuándo?

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