¿Hará autocrítica el independentismo?

La semana del 14 al 20 de octubre, Barcelona, otras muchas localidades catalanas y el aeropuerto, vivieron unas protestas, inicialmente pacíficas, contra la sentencia del procés, que desembocaron en acciones violentas de una parte de los manifestantes. Se quemaron en Barcelona un millar de contenedores, y hubo una fuerte respuesta tanto por parte de los Mossos d'Esquadra como de la Policía Nacional, que se vieron desbordados por la intensidad de una violencia sin precedentes.

La semana pasada el consejero Miquel Buch presentó la auditoría relativa a la actuación en los operativos de aquellos días. Según Buch, las dos semanas siguientes a la decisión del Supremo, se registraron 877 manifestaciones. De estas, un 20% tuvieron episodios violentos. Y después de las denuncias por abusos o mala praxis, el cuerpo de Mossos d'Esquadra abrió 34 investigaciones que implican a 50 agentes. La mitad de estas investigaciones están judicialitzades y las otras 17 se investigan internamente.

Dejando de banda la ocupación del aeropuerto, donde lo que se hizo fue obstrucción y desobediencia con la intención de obtener eco internacional, las protestas tomaron un nuevo giro la noche del 16 al 17 de octubre, cuando empieza la quema de contenedores en el Eixample de Barcelona y se queman cuatro vehículos de vecinos que estaban aparcados en la calle Roger de Flor. Incendio de coches que inicialmente es condenado desde el independentismo y el entorno de los presos. La siguiente noche, la del jueves 17, después de horas de concentración pacífica en la Diagonal, el hecho de que un reducido grupo de ultras provenientes de la plaza Artós, vigilado por los Mossos, llegue cerca de la manifestación independentista y se produzcan algunas agresiones se convierte en la chispa de una noche de fuego con el incendio de centenares de contenedores. La revolución de las sonrisas que no lanzaba un solo papel al suelo se desvanece.

Yo contemplé el pulso de unos centenares de jóvenes en la calle Valencia con paseo de Gracia que mantenían a raya la brigada móvil situada en Pau Claris, y me sorprendió la firmeza de los jóvenes y la perplejidad de los Mossos, que tenían que recular. Barcelona era de nuevo la Rosa de Fuego de hace un siglo, y superaba plásticamente de mucho, a los telediarios de todo el mundo, al movimiento de los chalecos amarillos de Francia. Una parte importante del independentismo evitaba condenar la violencia y los destrozos que se provocaban. Y los Mossos eran criticados por unos por actuar contra los jóvenes, y por otros por ser poco contundentes.

La semana antes de la sentencia, cuando desde algunos sectores políticos se cuestiona la capacidad o la voluntad de los Mossos y de la Generalitat para parar las protestas que se anuncian, la derecha pide a Pedro Sánchez que aplique la Ley de Seguridad Nacional y coja el mando de los Mozos u otro 155, cosa que afortunadamente no pasa. Pero el ministerio del Interior envía a Catalunya a un millar de antidisturbios de la Policía Nacional. Y serán estos los que intervendrán el sábado 19 de octubre cuando se produce la llamada Batalla de Urquinaona, en la que la policía se queda sin pelotas de goma, grupos de antidisturbios ocupan las azoteas, desde donde lanzan su arsenal, incluido gas pimienta, y las unidades que quedan rodeadas están a punto de levantar la bandera blanca. Algunos dirigentes independentistas, como Clara Ponsatí, alabarán la victoria de la Batalla de Urquinaona.

Es evidente que algunas unidades o algunos agentes de los Mozos ejercieron de manera incorrecta la fuerza, o que la práctica del carrusel –furgones a toda velocidad haciendo la serpentina en medio de las calles– es peligrosa, no sólo para los manifestantes, sino también para gente que no tiene nada a ver que en aquel momento pasa por allí. Pero hay que entender la presión que sufría el cuerpo de ser intervenido, y con
su cúpula pendiente de ser juzgada en la Audiencia Nacional por una inexistente rebelión y sedición.

Los Mossos están haciendo su auditoría, que evidentemente no dejará contento a nadie, y sea por carencia de voluntad o por corporativismo, probablemente no depurará todas las responsabilidades. Pero el independentismo tendría que hacer la suya y plantearse si fue positivo o negativo que movilizaciones de la magnitud de las Marchas por la Libertad, que llegaron a Barcelona aquellos días, quedaran totalmente eclipsadas y s convirtieran en irrelevantes, detrás del humo de Urquinaona.

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