Los juegos del disparate

Parecía imposible pero por fin alguien en el Ayuntamiento de Barcelona con dos dedos de frente ha dicho basta a tanto despropósito. Pensaba que con la llegada al gobierno del juicioso Xavier Trias se pondría fin a la ridícula aventura iniciada porJordi Hereu para convertir la mediterránea Barcelona en sede de los juegos olímpicos de invierno de 2026, pero después de ver cómo los convergentes vestían a la estátua de Colón con la camiseta blaugrana me rendí a la evidencia de que la sensatez se cotiza muy cara entre la clase política de este país. Ahora he recuperado la fe en la condición humana. Momentáneamente, todo hay que decirlo, porque se ha traspasado el muerto al gobierno catalán, que también es el mío.

Recuerdo el trastorno que provocó el anuncio de la candidatura olímpica. La crisis comenzaba a enseñar la patita a pesar de que los socialistas negasen su existencia reiteradamente. Mientras la pobreza se quedase en el extrarradio, el resto podíamos hacer ver que no pasaba nada. Unos meses antes el alcalde Hereu había dicho públicamente que la Barcelona de los grandes acontecimientos se había acabado. No se refería tanto al éxito entre comillas de las olimpiadas de 1992 como al fracaso estrepitoso del Fórum Universal de las Culturas de 2004. Parecía que habían aprendido de los errores y que era hora de hacer políticas para las personas. Sin embargo, la ilusión duró lo que dura el compromiso en los labios de un político.

El día de marras nos había convocado Jordi Portabella, entonces presidente del grupo municipal de ERC, a un desayuno para explicar a los periodistas de información local la estrategia republicana de los próximos meses. Estaba a punto de hablar después de arreglarse la corbata y peinarse la melena leonada cuando se hizo pública la noticia bomba. Hereu y su claca proclamaban a los cuatro vientos desde Montjuïc la buena nueva sin ser conscientes del trasiego y la coña que provocaría. No lo habían dicho a nadie y sólo algún miembro de la oposición, como Xavier Trias, recibió una llamada de cortesía diez minutos antes. El pobre Portabella –bregado en mil batallas- se quedó tan descolocado que tuvo que repetir tres veces la valoración que hizo a TV3.

Si con la pretendida candidatura los socialistas buscaban marcar un gol a la oposición y desarmarla, lo consiguieron de sobras durante un tiempo. Nadie se atrevió a cuestionar la estrambótica idea y al final la hicieron suya, algunos con un inexplicable entusiasmo que nos ha costado a los barceloneses una millonada en sueldos de técnicos, personal de confianza, promociones, viajes al extranjero, estudios e informes. Al final, la boutade de Hereu no tuvo el efecto deseado y el PSC se acabó estrellando electoralmente como todos ya conocemos.

Es injustificable tanto el silencio cómplice como la falta de crítica a tanta barbaridad. Pretender que Barcelona fuese la sede de unos juegos olímpicos de invierno era un chiste sin gracia y no sólo por el despilfarro de dinero público que supondría la empresa en plena crisis. Es de cazurros ignorar los efectos del cambio climático y las previsiones que avisan que a corto plazo el Pirineo se quedará sin nieve en cotas inferiores a los 2.000 metros. Si a esto añadimos las consecuencias medioambientales que supondría crear artificialmente condiciones siberianas en un territorio cada vez más africano, donde el verano empieza en marzo y no se sabe cuándo acaba, pues ya está todo dicho.

Por suerte somos un país pequeño donde los milagros abundan. Esta semana pasada se han producido tres como mínimo: la candidatura de Barcelona ha quedado en estado de hibernación, TV3 tiene por fin un director que es a la vez periodista e independiente, y Salvador Sostres se preocupa seriamente por mi miserable existencia y lo hace a través de las redes sociales después de glosar mis habilidades para sobrevolar tejados con mi escoba.

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