Falta de dignidad

Hasta hace unos días más de 400 personas vivían en una nave del Poblenou, en la calle Puigcerdà de Barcelona. Alejados de un sistema que les explotó en los años de bonanza, en los que trabajaban en el campo o la construcción, con horarios interminables y salarios mínimos, se han quedado sin empleo y en muchos casos sin papeles. Tras dos años viviendo en un polígono industrial, ahora se reparten por todo el barrio, desconcertados ante la falta de soluciones.

El ayuntamiento les ha ofrecido ayuda para insertarlos en la red sociolaboral, aunque, en una época en la que el porcentaje de desempleo supera el 25% de la población activa, pocas son las esperanzas de que puedan encontrar un empleo por esta vía. Además, ellos ya tenían un trabajo, que les daba para vivir. Aunque a muchos de los que no les falta casa y comida les pueda parecer indigno rebuscar en la basura y vivir de la chatarra, es una ocupación más respetable que la de aquellos mandatarios o empresarios que permiten que el país se desangre como ha ocurrido en los últimos seis años.

Ensuciarse las manos. Allí reside la clave de la dignidad. Pero no me refiero al sentido literal de la expresión. Un mecánico, un obrero –si todavía queda alguno en este país-, o un recolector de chatarra se merecen el mismo respeto que un abogado o médico. Quien no se lo merece es el que se ensucia las manos metafóricamente, cobrando comisiones ilegales o sobresueldos en dinero negro. Ellos son los que no tienen dignidad y a los que la justicia debería desahuciar de los palacios en los que viven, y no a los pobres inmigrantes a quienes se les promete trabajo y tras una larga y peligrosa aventura llegan a nuestras tierras y se encuentran con el paro y los recortes sociales.

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