El peor Joan Laporta todavía tiene que llegar cuando tiene por delante un periodo de cinco largos años de peligroso y preocupante vacío para una figura del barcelonismo que ha dedicado los mejores años de su vida no a presidir, dirigir y mejorar el Barça, sino a guerrear contra Josep Lluís Núñez, contra Sandro Rosell y contra Josep Maria Bartomeu, que es lo que más le gusta al mundo, del que disfruta de verdad y para el que ha nacido.
Para alguien que se alimenta exclusivamente del odio, el rancho y la sed de venganza contra aquellos que han gestionado el Barça mil veces mejor que él, la ausencia de un gran enemigo y de un frente de batalla estable y fijado configuran el peor escenario para su estado de ánimo, un panorama tedioso, acompañado de una patológica reacción de malestar y furia contra ese ostracismo que, encima, se agudiza con la insoportable certeza de que ya no habrá un mañana después del 30 de junio de 2031.
El precedente
Hay que recordar que el precedente del último ejercicio (2009-10) de su primera presidencia invita a presagiar una repetición de peores consecuencias para el Barça. En aquel final de etapa, consta que el único que prosperó fue él mismo, gracias a Uzbekistán, en parte, mientras el Barça cayó, de repente, en una espiral de gastos y de operaciones confusas, irregulares y sospechosas que se tradujeron en 79 millones de pérdidas de una sola tacada y de 47,6 millones después de siete años de gestión. Un récord a su alcance fácilmente y rápidamente desmenuzado en su retorno en 2021, con cierres de hasta 555 millones de déficit y unas pérdidas acumuladas hasta ahora de 230 millones, además de una deuda descomunal.
Laporta ha permitido que sus peores instintos saqueadores y destructivos salieran, desafiados, a la superficie en este retorno, que, sin embargo, ahora ya tiene fecha de caducidad y donde apenas le quedan retos y motivaciones.
Núñez, Rosell y Bartomeu
A costa del patrimonio y de las reservas dejadas por Núñez, Rosell y Bartomeu, Laporta ha dedicado este mandato a desfigurar y borrar de la faz de la tierra barcelonista la memoria histórica de sus antecesores, uno por uno y obra por obra, más allá de que el sucio entorno político, económico, mediático, policial y judicial detrás del laportismo se haya encargado de encerrarlos en prisión los tres: Núñez, Rosell y Bartomeu. De Núñez, no ha quedado ni un euro de sus enormes beneficios ni derecha la tercera gradería, el museo, el Miniestadi, nada de su legado patrimonial, y solo se ha salvado la Ciudad Deportiva porque Pep Guardiola se trasladó en 2008. De Rosell, económicamente el presidente con más beneficios por día de estancia en la lonja, además de quemar el cofre del tesoro, también se ha ocupado de invertir el diseño de la reforma del Spotify con el resultado de una instalación deficiente y, a la larga, quizá incluso deficitaria por los intereses incalculables a devolver hasta más allá de 2050. Y no hay que recordar que se ha dedicado a hacer mella, a quien le ha colgado unas pérdidas inventadas de casi 300 millones y, no satisfecho de quemar todos los avances democráticos, ahora derribará el Johan Cruyff con la enfermiza intención de que acabe no pareciéndose nada a lo que construyó Bartomeu.
Cualquier rasgo de la identidad y de la cultura barcelonista sustentada en los derechos fundamentales de expresión, opinión, participación e interpelación ha sido extirpado por el bisturí carnicero de un presidente obsesionado en completar su proyecto personal de desertización patrimonial y de exterminio de la vida social tal y como lo habían promovido los demás presidentes.
Solo salva Gaspart
Ahora que el destino lo devuelve al mismo punto decadente de su cuenta atrás, conviene recordar a sus directivos y ejecutivos que, en aquel periodo concreto y exasperante –para él– antes de dejar el cargo en 2010, los persiguió, destituyó, despidió, espió y, sobre todo, fomentó el canibalismo de su convivencia, siendo él mismo el primero en eliminar de cualquier carrera electoral a sus mejores (presuntamente) amigos, como Alfons Ribagorçana y Xavier Sala i Martín. Al resto les cortó las alas directamente al menor síntoma de querer volar en solitario y al final envió conscientemente a una ejecución electoral segura a su vicepresidente más insulso, incapaz y maldito, Jaume Ferrer, personaje temeroso y sin casi apoyo de Laporta, por quien, de hecho, ni siquiera le pidió el voto.
Laporta solo ha indultado a Joan Gaspart por la sencilla razón de que no dejó ningún legado, solo deudas y pérdidas. Por eso sintonizan tanto.













