Laporta sigue en la niebla y la oscuridad tres años después de echar a Messi

No es humo lo que vende un presidente que se está volviendo ridículamente pequeño, en contraste con la colosal destrucción de la grandeza del Barça, sino opacidad y mentiras para ocultar la fase terminal en la que se encuentra el Barça

Trobada de Joan Laporta amb grups d'opinió blaugrana

El 7 de marzo de 2021, hace tres años, el barcelonismo votó mayoritariamente por el presidente que dijo ser el único capaz de renovar al mismo Messi que un año antes había enviado un burofax a Josep Maria Bartomeu para huir de aquel Barça insufrible, que no iba a ninguna parte y que ya no alcanzaba para la Champions, ni para la Liga tampoco. Además de reconquistar a Leo -le bastaba con un asado, según sus propias palabras-, Joan Laporta también le aseguró a los socios que recrearía el entorno futbolístico idóneo para que el Barça recuperara su dominio en el concierto del fútbol mundial con Leo liderando otro equipo de ensueño. Una empresa, dejó bien claro, que no se conquistaría tanto gracias al astro argentino y un vestuario reactivado como al acierto, la experiencia y el poder de seducción del nuevo presidente para resolver milagrosamente la situación económica y atraer a los cracks mundiales de la nueva generación.

Garantizaba, en definitiva, un giro radical con respecto al pasado y la salida inmediata del mundo de las sombras en el que el gobierno encadenado de Sandro Rosell y de Bartomeu, a su juicio, había hundido el club. Casi se tomó como un medio chiste y una medio ofensa que le preguntaran, en uno de los debates electorales, si ya tenía el aval a punto. “Claro que lo hemos trabajado. Lo tenemos a punto para presentarlo y ponernos inmediatamente a trabajar”, respondió luciendo su mejor sonrisa y con esa naturalidad y altísima credibilidad mediática suya para la patraña que, ciertamente, ha convertido en su particular modus vivendi. El arte de mentir salvajemente, sin mesura ni límites, a cualquiera y donde sea, siempre fue, y seguirá siendo, su más desarrollado atributo y se diría que su única habilidad reseñable. En ese terreno es imbatible.

La paradoja de una primera lectura revela que Laporta pudo ganar unas elecciones que, de hecho, había provocado Messi con su burofax. El voto de censura contra Bartomeu fue el castigo social consiguiente que condujo a su dimisión, un presidente criticado y vilipendiado, además, por haber obligado a Leo a quedarse y a cobrar los 140 millones de salario, que, como al resto del equipo, pretendió rebajarle en un 20% por la pandemia antes de quedar libre el 30 de junio de 2021. Aquella amenaza de tocarle el bolsillo a la plantilla favoreció la conspiración de una oposición obsesionada por razones políticas y soberanistas en adelantar las elecciones del Camp Nou y hacerlas coincidir con las del Parlamento de Catalunya en el que iba a ser, igualmente, el último estertor del procés.

En el Barça, la foto de Messi votando aquel 7 de marzo se leyó correctamente como un voto por el cambio y a favor de Laporta, el único de los tres candidatos que empeñó su palabra en renovarlo al precio que fuera, mientras sus otros dos rivales, Víctor Font y Toni Freixa, más cautos, plantearon que para poder seguir vestido de azulgrana Leo debería afrontar un sacrificio económico enorme. Entendían que su figura, por relevante e idolatrada que fuera, no podía ponerse por encima de los límites y de la estabilidad del Barça, finalmente el mismo argumento que a los cinco meses puso Laporta como excusa de fondo para echarlo sin contemplaciones.

Hoy, la realidad y los sucesos posteriores sostienen que el primer interés para el Barça, como defendió Bartomeu hasta el último segundo, era capitalizar a Messi hasta el día que colgase las botas en el Camp Nou y no en ningún otro club. Con Leo vestido de azulgrana, el Barça habría roto antes que el Real Madrid el techo de los 1.000 millones de ingresos y no habría perdido el peso deportivo y de marca de una forma tan acusada, pues Bartomeu se fue dejando el Barça en el número uno de la lista Forbes por dos años consecutivos, líder en las redes sociales y con más fans mundiales que el Madrid, además, de liderar también los indicadores de calidad y atractivo en el marketing futbolístico mundial.

La paradoja se cierra, por tanto, con la concluyente afirmación de que, siendo Messi la clave de aquella prosperidad, el barcelonismo envió al infierno a Bartomeu por hacer lo correcto -o sea, por retenerlo como fuera- mientras que, hasta la fecha de hoy, ese mismo barcelonismo ha indultado, perdonado y hasta aplaudido a Laporta por cometer el error más grande de la historia echando a Leo. La afición azulgrana aún no ha digerido -ni siquiera ha percibido del todo- que Laporta, en su victoria, no venía a servir ni a club ni a nadie, mucho menos a Messi o a cualquiera que pudiera arrebatarle un solo gramo de protagonismo, algo que tampoco falta -al contrario- en su dieta de excesos y de abusos. Megalómano, engreído, supremacista, dictador y hoy caudillo del Barça por la gracia del socio, que se tragó el anzuelo de un relato no menos indecente, colaboracionista y falsario divulgado por la totalidad de la prensa y del poder laportista también dominante, se ha convertido en un personaje ridículamente pequeño frente a la grandeza del coloso que está destruyendo.

En tres años, un récord comparado con lo que costó liquidar el Reus, o arruinar al Barça en su primer mandato de siete, Laporta se ha convertido en la peor caricatura de un presidente bunquerizado, déspota y aislado que, como gestor, solo sabe cortar la cabeza de cualquiera que sobresalga de la mediocridad, o atesore un mínimo de talento, buenos profesionales que salen huyendo a la carrera de un núcleo duro presidencial cada vez más tóxico. Alejandro Echevarría, el cuñado franquista que lógicamente se sienta a su derecha y que le hace ganar dinero a él, no al Barça; su hermano Xavier, sentado a su izquierda y oculto entre las sombras, como el cuñado, aunque presente en todos los contratos y operaciones; Rafael Yuste, el mantenido; Ferran Oliver, el tesorero que todo lo firma; Joan Centelles, el enterrador del Reus al frente de las rentas internas del Espai Barça; y Enric Masip, para suministros especiales y, a ratos, sheriff, conforman el círculo más íntimo y cerrado en torno al presidente de un club que se cae a pedazos.

Detrás del Barça actual no hay más ideología que la de reflotar los negocios de Laporta, especialmente su despacho de abogados que hace tres años había sido declarado inactivo por el registro mercantil a causa de no tener los balances presentados al día varios ejercicios anteriores. También de activar los negocios de sus amigotes como Jorge Menes, Pini Zahavi o Moshe Hogeg, otro empresario al que se le debe el favor de haber financiado escandalosamente parte de los intereses del aval de la junta.

Aquel fue otra camama destapada al día siguiente de ganar las elecciones. A la hora de la verdad no había aval ninguno preparado, lo cubrieron los nuevos y más ingenuos de la junta y un pequeño grupo de arribistas, oportunistas y juerguistas a los que se ofreció parte de un futuro pastel a cambio de avalar de forma irregular e ilegítima, ya que solo podían hacerlo miembros electos. Laporta tiene mucho que agradecer a Javier Tebas que diera por buena aquella chapuza indecente, y a la comisión gestora, que también mirara hacia otro lado permitiendo que Laporta pisoteara los estatutos y la ley para poder ser proclamado presidente diez días después, el 17 de marzo, al límite del reglamento.

Luego se hizo visitar por el representante de Haaland y fue filtrando, engañando a los socios y al propio Messi, que su nuevo contrato avanzaba a pasos de gigante. Ya fue extraño que dejara pasar la fecha del 30 de junio de 2021 sin inscribirlo, pues mientras seguía siendo jugador del Barça la renovación era más barata a efectos de fair play financiero. A partir del 1 de julio se consideraba y se trataba como un fichaje. La farsa, ya que Laporta nunca tuvo la menor intención de invertir en el futuro de Leo, duró hasta apenas semana y media antes de empezar la Liga. Tampoco no sabía qué hacer con Koeman, se quitó de encima a Griezmann con una cesión ruinosa al Atlético de Madrid y, en lugar de traer a Haaland, que le dijo que no al Barça varias veces, consiguió fichar a Luuk de Jong.

Desde entonces, la gestión de Laporta ha seguido la misma pauta de improvisación, desmadre y la neroniana patología de exprimir y saquear los recursos del club a favor de los intereses propios y de su camarote, pero al mismo tiempo dándose el capricho de borrar o destruir los legados de Josep Lluís Núñez, Rosell y Bartomeu, sea la tercera grada, sea modificar la reforma del estadio para que sea más cara y de mucho peor resultado, sea eliminando las peñas, sea anulando los controles estatutarios, la propia asamblea, los más elementales derechos democráticos y de participación de los socios y fomentando el clientelismo. O sea cerrando Barça TV al mismo tiempo que intentar vender Barça Studios, botón de muestra del más puro estilo Laporta, que no es otro que ir tomando cada curva a más velocidad y con menos control, o sea estrellándose aquí y allá con la Superliga, la financiación del Espai Barça, o dedicándose la propia junta a revender las entradas para el Barça-Eintracht a más de 50.000 alemanes.

Por culpa de ese amiguismo, nepotismo y por la decadencia y negligencia de su cuerpo ejecutivo, que, en definitiva, solo obedece ciegamente a su pequeño rey sol, se encuentra hoy el Barça en fase terminal y directamente abocado a un cambio en el modelo de propiedad, que se producirá en cuando los inversionistas y acreedores quieran. Les bastará con apretar el botón del pánico.

Mientras, se acumulan las decepciones en el primer equipo -pese a los 1.000 millones netos de las palancas-, también los impagos y las facturas devueltas se amontonan en los despachos y si queda algo de luz brillante y esperanzadora es porque el laportismo aún no se ha podido cargar la Masía -siguen saliendo cracks descubiertos y formados por el staff de Bartomeu- ni el femenino y el resto de las secciones, aunque el sello de la autodestrucción y el despiporre ya empieza a ser visible.

Han sido poco acertadas las declaraciones de Gerard Piqué en la previa de este aniversario, pidiendo que Laporta no venda humo cuando él fue uno de los que instigó la marcha de Messi junto al recién llegado presidente. Gerard también colaboró decisivamente en la caída de Koeman, su empresa de representación de futbolistas y entrenadores es la que lleva a Xavi, entre otros, y su Andorra ya se hunde desde que él personalmente tiene más tiempo para ejercer de propietario.

Porque no es ni humo lo que vende Laporta, un presidente que ya vive desde hace meses en una niebla espesa, cargada, tóxica, irrespirable, confusa y sospechosa de amagar demasiadas irregularidades, secretos y operaciones que, como la de Barça Studios, producen escalofríos cuando salen a la luz y dejan entrever que algún final, el que sea, está al caer. De esa bruma en la que quedó atrapado tras deshacerse de Messi Laporta no ha conseguido salir nunca más.

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