Laporta agudiza la crisis del equipo con su altercado en el palco con los canapés

La crispación, frustración y malestar por tener las manos atadas para echar a Xavi y fichar más cracks se ponen de manifiesto en los nervios de un presidente que hizo volar una bandeja de un manotazo rabioso y de impotencia

Joan Laporta

Era bastante ingenuo suponer que, con el anuncio del adiós de Xavi a 30 de junio, el estado de cosas, de nerviosismo y de frustración en torno al primer equipo del FC Barcelona se iban a disipar. Mucho menos, aún, que la decisión fuera a aportar al equipo la tranquilidad y el punto de inflexión necesarios para reaccionar espectacularmente en la Liga y poder imaginar un desenlace diferente al que se viene temiendo desde hace meses. Era cuestión de tiempo que, con un mal resultado, los fantasmas y la angustia que movió a Xavi a su disparatado anuncio tras la crisis vivida frente al Villarreal recuperaran esa misma sensación de que el equipo no va a ninguna parte. Lo peor es que, sin fichajes ni un entorno de cambio definido, sin ninguna intervención interna que pudiera provocar un tsunami capaz de provocar una verdadera revolución, difícilmente podría esperarse de esa mala deriva liderada por Xavi un cambio de rumbo o de sensaciones.

Joan Laporta, sin necesidad de que los aficionados se amotinaran en Montjuic, protestaran en las encuestas o en el entorno fuera del ámbito de la junta, se produjeran manifestaciones de desencanto agudas, se encargó él mismo de dinamizar otro episodio de crispación y de crisis semanal con un manotazo a la primera bandeja de canapés -lo que más le gusta devorar después de cada partido para aliviar la ansiedad- que se encontró a su paso. Un gesto feo, reprimible e inadecuado que puso la peor guinda a otra noche para olvidar de un equipo con demasiada carga negativa encima, liderado además por un entrenador que ha reconocido su incapacidad parar conducirlo con garantías de éxito.

El vuelo de los canapés, acompañado de la rabia del presidente y de un silencio tenso en torno a su figura, definieron exactamente el clima de impotencia que empieza a instalarse en una junta atada de pies y manos por su nefasta gestión en todos los ámbitos por igual, deportivo, económico y patrimonial. Una demostración más de que la solución estática de acompañar a Xavi en su larga despedida de vuelta a casa solo -o sea, una no solución- fue un alivio mediático que evitó, por una noche y por una semana, poner el foco del debate en la verdadera raíz del problema.

Lo que le pasa al equipo de Xavi, cuya dimisión diferida solo fue un parche muy provisional, es sencillamente que, después de haber elegido un entrenador que garantizaba, al menos en teoría, la recuperación del ADN, el juego identitario, la apuesta por la cantera y la reconstrucción de un estilo que aseguraba volver al camino de los tripletes, lo que ha fallado, además del entrenador, son los 1.000 millones de las palancas que se han ido en fichajes con más comisiones y sospechas que en futbolistas determinantes capaces de elevar el rendimiento del equipo a ese nivel competitivo que tenía con Messi para competir de verdad por todos los títulos. Y si no es culpa de los jugadores, entonces está claro que cambiar al técnico habría sido la respuesta inmediata y natural a la involución demostrada respecto a la temporada pasada a la hora de competir por la Liga.

Lo incomprensible es el ejercicio dialéctico, también descontrolado, del propio presidente que, como un inexperto en esto del fútbol, suelta la semana pasada, tras creerse la victoria ciertamente tímida sobre Osasuna, que él habría destituido a Xavi. Tan cierto como que ahora mismo no puede mover un euro de ese encorsetado margen salarial que ahoga su compulsión por los fichajes y le impide hacer con Xavi lo que le pedía el cuerpo desde hace semanas. O sea, echarlo o devolverlo a Qatar, de donde cree que nunca debió salir para venir al Barça.

La única jugada que le queda es rezar para que las cosas se resuelvan por sí solas y, en un momento de ira y de máximo cabreo, echar a perder una bandeja de canapés, una terapia mucho más barata.

A los pocos minutos de otra noche aciaga, viendo como el Granada, otro equipo de los amenazados por el descenso, por poco no se lleva los tres puntos de Montjuic, el otro responsable absoluto del primer equipo, Deco, encendió las emisoras y los titulares de las ediciones digitales con unas declaraciones a un medio portugués igualmente desconcertantes. Deco vino a decir que intentar rehacer un equipo como el de la última década, inspirado en la identidad de la Masía y el extraordinario talento de Messi, es hoy una vía agotada, como si el modelo de juego fuera ahora mismo parte de ese camino inútil que no lleva a ninguna parte.

Deco se apresuró a enviar mensajes con matizaciones y contexto, pero no pudo desmentir la esencia de un discurso que contradice su propio relato anterior y con el que seguramente espera justificar un cambio radical en la dirección técnica.

Una absurdidad detrás de otra cuando los hechos vienen a demostrar, por otro lado, que solo Lamine Yamal y los jóvenes son capaces de ilusionar y de generar expectativas e ilusión en la misma proporción que la dinámica del resto del equipo deja trazas preocupantes de impaciencia y poca claridad en el centro del campo, ansiedad en según que delanteros y una evidente desorganización a la hora de contener al equipo rival. Deficiencias generales y recurrentes que a veces se maquillan como ante Osasuna y Alavés con acciones individuales.

Se sabía que, en este extraño escenario inestable y diabólico, al menor contratiempo se iba a reproducir el estado de alarma de la noche del Villarreal, especialmente tras una jornada más que favorable para recuperarle terreno al Girona, que perdió ante el Real Madrid (ya a 10 puntos) y distanciarse del Atlético de Madrid, derrotado por el Sevilla. En definitiva, que la inercia pasa por seguir con las mismas caras, los mismos males, la misma junta, el mismo entrenador y, agravados, los graves problemas financieros para tapar el ocaso anticipado de un mandato que, de fondo, sigue siendo el lastre y la principal amenaza para el FC Barcelona. Lo único seguro es que al presidente nunca le faltarán canapés.

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