Laporta sepulta definitivamente cualquier posibilidad de oposición

En una cumbre de tres horas con directivos, los grupos que echaron a Bartomeu aceptaron, resignados y humillados, que la absoluta falta de transparencia de la junta ha llegado para quedarse

Joan Laporta

La bochornosa actuación de los colectivos de socios del FC Barcelona, que por lo que se ve nacieron y crecieron con la única misión de acabar con el anterior gobierno de Sandro Rosell y Josep Maria Bartomeu para reponer el antiguo régimen laportista y servirlo incondicionalmente, ha alcanzado un extremo de sumisión y de subordinación imposibles de superar.

A lo largo del último año se han difuminado y avergonzado incluso de sus propias siglas, hasta buscar el amparo y esconderse detrás de una microalianza denominada Àgora Blaugrana, a través de la cual se han dedicado a disparar contra el presidente Joan Laporta con una munición de fogueo en forma de preguntas sobre la adjudicación de Limak y la financiación del Espai Barça. En el tiempo transcurrido, mientras les aseguraban y juraban que responderían a todas esas cuestiones, Laporta no sólo los ha ignorado y humillado, cerrando un acuerdo de financiación que ha convertido el Barça en un bocado para los carroñeros de las financieras. También los ha despreciado con unos precios para Montjuic que invitaban a la sedición y el levantamiento y encima, por boca y obra de Eduard Romeu, un sargentito de Laporta que busca hacer méritos para ascender en el núcleo duro del presidente, han sido amenazados de ir contra su patrimonio personal y arruinarlos por ejercer el derecho más que democrático de pedir información a la junta.

No han podido recibir un trato ni más vejatorio ni más dictatorial, sobre todo desde que, ante su invisibilidad y absoluta ignorancia mediática, corrieron a esconderse detrás de Jaume Llopis, el único que, en un momento dado, levantó la voz y proclamó antes que Font el camino inevitable de la SA como la única salida a la locura laportista de las palancas y del Espai Barça.

Corrió el rumor de que hasta Marc Ciria estaba dando de una forma velada y sutil su apoyo a este conglomerado de socios que, finalmente, aceptó reunirse con un comando directivo y ejecutivo integrado por Eduard Romeu y Elena Fort, y algunos ejecutivos como Sergi Atienza, Maribel Meléndez y Anna Aznar.

Previamente, habían preparado un orden del día interesante y con algunas exigencias, como que el club siga siendo de los socios, que se asegure la estabilidad económica y que la ejecución del Espai Barça sea ejemplar, transparente y limpia.

Acudieron a la cita, también, con la ingenua pretensión de conocer los detalles del cierre del ejercicio 2022-23 ordinario con ingresos, Ebitda, BAI y deuda neta, así como los resultados extraordinarios con inclusión de las palancas y vencimientos del ejercicio 23-24, y una pregunta que, obviamente -como las demás-, no fue correspondida: «¿Con qué drivers o actuaciones se piensan revertir las perdidas ordinarias del pasado ejercicio?».

Por supuesto, alimentaron su guión con un orden del día que integraba las respuestas pendientes del burofax a la comisión económica, la pretensión de asegurar que los recursos de la financiación del Espai Barça nunca serán utilizados para pagar deuda ordinaria. Es decir, «no mezclar cajas» y «acceder al plan de financiación, más allá de lo que conocemos, en particular las garantías y covenans«.

Plantearon acceder al contrato de adjudicación a Limak y a los informes jurídicos de terceros, si los hay, «donde constan con seguridad que las actuaciones comprometidas por el Barça, en particular la financiación y la adjudicación, se ajustan a las aprobaciones de las asambleas con el objetivo de evitar que ningún socio pueda impugnar con bases razonables actuaciones de tanta trascendencia».

Finalmente, como no podía ser de otro modo, sugirieron la mejor solución de todas, la creación de un «órgano de acompañamiento formado por socios, senadores, grupos barcelonistas y expertos que pueden sumar y acompañar a la ejecución del proyecto Espai Barça».

Precisamente, Jaume Llopis ya dimitió de esa comisión cuando estaba, al principio del mandato, reservada a personas de máxima confianza del presidente, por falta de información y de vinculación a un proyecto que desde hace meses se mueve sólo entre Laporta y su ejecutivo para el lado oscuro de su gestión, Joan Sentelles, uno de los enterradores del Reus y antes su mano derecha en los negocios de Uzbekistán.

Interrogados algunos de los participantes en la reunión, todos coincidieron en que no hubo clarificación de ninguno de los puntos, no supieron nada que no se hubiera sido conocido antes por otros medios y que todo aquello que no se puede saber o explicar forma parte de la confidencialidad de los acuerdos.

Un engaño más, refinado, seguido de un rastro de resignación, desilusión y se supone que, después de este otro episodio humillante, de su definitiva desaparición del mapa barcelonista una vez que han sido utilizados de nuevo para blanquear el asalto laportista a la presidencia del FC Barcelona. Laporta, por supuesto, ni se rebajó a recibirlos o saludarlos. Después de tres horas de reunión, el comentario de Marc Cornet, de Seguiment, lo explica todo: «Tienen muy claro que el Barça no es una empresa, que se tiene que mantener el modelo de propiedad. Eso nos deja más tranquilos. Nosotros les expresamos que tiene que ir más allá, y nos dijeron que la apuesta es clara y que el Barça no puede dejar de ser de sus socios”.

Se han creído el cuento. Entero.

En consecuencia, el barcelonismo permanece inmutable, unido y compacto en torno a la inmunidad y inviolabilidad -estatutaria- de Joan Laporta, el presidente que, ciertamente, ha conseguido reducir a la nada una eventual oposición de Víctor Font, el excandidato incapaz de ir más allá de escenificar y concentrar sus opiniones y análisis en una o dos comparecencias anuales, como mucho, para dejar claro, en cualquier caso, que ni se le pasa por la cabeza discutirle la gestión ruinosa del club, si eso puede interpretarse como una amenaza para la tranquilidad, y de Xavi Hernández.

Font no ha entendido que, precisamente, los esfuerzos de Laporta en fichar y fichar de forma compulsiva sólo pretenden ocultar los graves defectos estructurales que han puesto al club en el riesgo extremo de perder su propio modelo de copropiedad e independencia, tal y como él mismo ha resumido en el más ajustado y exacto análisis de todos al afirmar que “estamos peor que hace dos años”.

El Víctor Font que, por el contrario, se atrevió a salir a escena cinco años antes de las elecciones y atacar implacablemente a Bartomeu por lo que hoy serían menudencias y una solidez económica y financiera superior a la actual, ha optado por borrarse y desaparecer, entendiendo que ahora su misión, lejos del activismo que le impulsó a echar a Bartomeu del palco como fuera y con urgencia, ha de ser meramente contemplativa, cobarde y alejada de la actualidad.

Ese vacío tampoco lo ha llenado nadie. Los pocos movimientos en el entorno susceptibles de dar guerra, ni que sea denunciando los desmanes laportistas, se ha quedado en frustrados intentos de crear algún grupo de opinión con cierta personalidad y relieve.

Se han activado más los que se creen con el legítimo derecho y capacidad para la sucesión dentro de la propia junta, como Eduard Romeu, Elena Fort y Juli Guiu, que en esa sociedad civil azulgrana incapaz de levantar la mano ni para preguntar.

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