Desenmascarados

Sigmund Freud las coleccionaba. Las máscaras siempre han ocupado un sitio destacado en nuestra sociedad. Algunas han hecho fortuna: la de Guy Fawkes, la de Zorro, la de Batman, la de Hannibal Lecter, la del Fantasma de la Ópera, la de Hierro, la de Michael Myers y tantas otras. El jueves arranca el carnaval y volveremos a ponérnoslas. Decía Oscar Wilde que “una máscara dice mucho más que una cara, y el hombre es pequeño cuando habla en primera persona; dale una máscara y dirá la verdad”.

Las hay que dan miedo, otras, risa, muchas decoran, también las hay que protegen. Estas últimas, las de la covid-19, cayeron el otro día. Salvo los hospitales, residencias y farmacias, la obligatoriedad ha dado paso a la recomendación. Superados los episodios más álgidos de la pandemia, las mascarillas habían quedado relegadas al transporte público, y ahora ni eso. Quienes quieran pueden seguir llevándolas, pero ya no es obligatorio. De hecho, a pesar de la obligatoriedad, cada vez eran menos quienes las llevaban. Es decir, la mascarilla ha caído por su propio peso cuando pronto cumplirá tres años del inicio de la pesadilla.

No sé si pasará como decía Wilde y dejaremos de decir la verdad, si es que la decíamos, y nos haremos pequeños al hablar en primera persona. Lo cierto es que cuando las llevamos hicimos muchas promesas, fue cuando le vimos las orejas al lobo, pero muerto el perro, muerta la rabia. Aunque todavía no está muerto del todo, parece que ya hemos olvidado el tamaño de sus orejas. Teníamos que aprender muchas lecciones de ese trance, pero en realidad, ¿en qué hemos cambiado?

Hemos dejado de aplaudir a los sanitarios desde los balcones y estos, que nos protegieron y les prometimos gratitud eterna, han tenido que salir a las calles a protestar para reivindicar una sanidad más justa, con más profesionales y mejor remunerados. De acuerdo, han firmado unos papeles con la Generalitat que certificarían algunas de estas mejoras, del todo justas y necesarias, y la partida sanitaria de los presupuestos recientemente pactados ha aumentado notablemente, pero me he hecho mayor y cómo el apóstol Tomás quiero ver y tocar las heridas de Jesús para creer, en este caso, quiero ver las mejoras reivindicadas por el personal médico catalán hechas realidad más allá de un papel.

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