Xavi cumple un año de entrenador con más buena prensa que resultados

La protección mediática y el discurso mutante de la junta le han proporcionado, pese a las decepciones encajadas, la paciencia, el respeto y los fichajes (870 millones en palancas) que el entorno y el propio Laporta le negaron a Koeman

Xavi Hernández

El primer aniversario de la llegada de Xavi Hernández al banquillo del FC Barcelona coincide, indudablemente, con el mejor momento del equipo desde su aterrizaje de emergencia, con el equipo alejado de los primeros puestos como lo estaba en noviembre de 2021, tras afrontar la primera temporada sin Leo Messi, Antoine Griezmann ni Luis Suárez en ataque.

El equipo, entrenado hasta entonces por Ronald Koeman, había entrado en shock cuando perdió una delantera de tanto peso a primeros de agosto, a pocos días de iniciar la temporada. Como hombre de club, el entrenador holandés asumió las consecuencias de una decisión económica de la junta con la mejor predisposición y sin lamentaciones, además de aceptar el fichaje -cesión por un año- de Luuk de Jong como un refuerzo interesante y suficiente porque, en aquel momento, ese era el relato de Joan Laporta, el de la necesidad de ahorrar las fichas de esos tres delanteros y el de la necesaria austeridad

También había llegado Memphis Depay gratis para mejorar una delantera que hubo de sobrevivir a las tres bajas aludidas (Messi, Griezmann y Suárez) y a las de Ansu Fati, Ousmane Dembélé y Pedri, los tres lesionados de larga duración.

Hoy, con la perspectiva del tiempo, se empieza a entender que Laporta, en un giro tan extraño como imprevisto, decidiera mantener a Koeman en el último momento, después de haberle comunicado oficialmente que no contaba con él. Sabía que, por estima al Barça y por ese sentido de la profesionalidad de los holandeses, Ronald ni se escudaría en las bajas como excusa ni le echaría la culpa de un eventual bajo rendimiento del equipo a la junta directiva. Laporta también controlaba la prensa de modo que, cuando le convino, la activó para aumentar el tono de la crítica en su contra lo mismo que hizo con Enric Masip, miembros de su junta y el propio Mateu Alemany, participando en la creciente ola de ataque a Koeman que finalmente se lo llevó por delante sin remedio.

Sobre todo, Koeman recibió como nunca cuando, presionado y acosado por la prensa, reaccionó sinceramente con “esto es lo que hay”, el mismo argumento que luego esgrimiría Xavi Hernandez tras perder todos los títulos y repitió hace unas semanas con motivo de la segunda eliminación seguida en la Champions, incapaz de sostener mirar a la cara no sólo al Bayern Munich sino también al Inter.

Hace un año, sin embargo, nadie del entorno barcelonista ni de la junta ni de la prensa, absolutamente nadie, intermedió en defensa de Koeman para pedir paciencia, mucha paciencia y refuerzos ni puso el foco en que esa otra generación de futbolistas joven y prometedora, con Pedri, Araujo, Gavi, Nico, Abde, Balde y alguno más, necesita un periodo de formación y de cuidados antes de que pueda explotar y darle al Barça otra etapa de grandes conquistas y títulos.

Koeman no recibió ni de lejos el mismo trato que Xavi, al que le han fichado desde que llegó un total de diez jugadores (Alves, Adama, Aubameyang, Ferran Torres, Christensen, Koundé, Lewandowski, Marcos Alonso, Kessié y Raphinha), todos ellos en los primeros puestos del ranking mundial en sus respectivas posiciones.

Xavi, al contrario que Koeman, ha contado con una prensa indolente y generosa que no ha hecho sangre ni le ha exigido milagros. Al contrario, ha disculpado todos y cada uno de los reveses importantes, algunos extremadamente graves como el KO en Champions por segundo año consecutivo, mientras que, por el contrario, se han exagerado y señalado los fallos o más bajo rendimiento de algunos de los capitanes hasta que, finalmente, han sido ellos quienes han acabado pagando los platos rotos.

Xavi ha podido resetear el discurso y las expectativas varias veces, tantas como ha sido necesario explicar derrotas inapelables ante equipos que han sido claramente superiores. Se ha parapetado en la necesidad de construir un equipo, que lleva tiempo, y en los beneficios de perder como aprendizaje para el futuro.

Desde luego esos son argumentos de peso si no fuera porque el presidente ha basado la gestión deportiva en otros parámetros: “En el Barça no hay temporadas de transición”, “Perder tiene consecuencias” y “Tenemos equipo para volver a ganar sextetes y tripletes”.

Lo cierto es que mientras a Koeman, que se benefició de cero millones en fichajes, se le exigió disputar y ganar los tres títulos, a Xavi, tras convertir 870 millones de palancas en fichajes, no se le está presionando del mismo modo, sino todo lo contrario. Tras ganar el martes en Pamplona, la petición del vicepresidente deportivo Rafael Yuste fue la de “pedir paciencia para que en el futuro tengamos un gran equipo”.

El propio Robert Lewandowski acaba de afirmar, tras recibir la Bota de Oro conquistada con el Bayern, que “el Barça será un gran equipo la próxima temporada”.

Las evidencias, con independencia del discurso y el relato mediático, indican que el equipo de las palancas, siendo el Barça el equipo europeo que más ha gastado en refuerzos el verano pasado, puede hacer efectiva esta diferencia futbolística, millonaria y abusiva como le ocurre al Real Madrid, respecto de la mayoría de los equipos de LaLiga. Esa superioridad salta a la vista como también demuestra la clasificación.

La cuestión es si la suma de los fichajes galácticos será suficiente para ganar la Liga y dominar la Europa League, objetivos que por presupuesto y ambición deberían estar al alcance del Barça de Xavi esta misma temporada, a menos que esas valoraciones desde el propio vestuario y de la junta, que tratan de poner la venda antes de la herida, conduzcan a un estado de conformismo ciertamente peligroso.

Lo que también está claro es que cuando más expectativas y margen de confianza se le ha dado a Xavi, más fuerte ha sido la bofetada. Estaría bien conocer los límites y los objetivos reales y consensuados de aquí a final de temporada y no improvisar un discurso y un guión después de cada partido.

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