Un minutito de silencio…

A menudo cuesta encontrar el origen de las cosas, el paso del tiempo distorsiona la imagen y extravía su génesis. En el caso que nos ocupa, sitúan el germen de los minutos de silencio en 1912 en Portugal; en realidad no fue un minuto, sino diez, que es el tiempo que enmudecieron los senadores portugueses como señal de respeto al fallecido José María Paranhos, barón de Río Branco y ministro de Exteriores. Sin embargo, otras fuentes colocan la raíz de los minutos de silencio ese mismo año, pero en este caso para honrar a las víctimas del Titanic. Y aún existen más versiones. Hablara en portugués o inglés, lo cierto es que la costumbre del silencio se extendió por todo el mundo; eso sí, el empacho de minutos iniciales se acortó hasta llegar al minutito actual, y apenas ni eso -en fútbol, por ejemplo, se adelgaza a la mitad.

Guardar un minuto de silencio frente a una muerte o catástrofe es una tradición amarga, plenamente establecida en nuestra sociedad. Se dice de silencio porque quienes lo convocan, callan, o acostumbran a hacerlo. Sin embargo, el silencio suele llenarse con alguna música para hacerlo más tolerable. La música El cant dels ocells del maestro Pau Casals se ha convertido en un símbolo de paz y libertad en todo el mundo, pero de manera significativa en Catalunya, donde suele usarse para despedir a los difuntos en su minuto de silencio. Es curioso porque Casals escribió la pieza justamente para explicar la alegría de la naturaleza el día del nacimiento del niño Jesús en el establo de Belén.

No descubriré aquí y ahora la importancia del silencio. En la música, por ejemplo, tiene la misma grandeza expresiva que el sonido; al igual que sonidos cortos y sonidos largos, hay silencios cortos y silencios largos. “No hables a menos que puedas mejorar el silencio”, decía acertadamente el escritor Jorge Luis Borges. Lo cierto es que, al ser humano, de naturaleza parlanchín, le cuesta permanecer callado, aunque sólo sea un minuto, y aunque la causa lo merezca. Merecía el miércoles silencio el recuerdo a las víctimas de los atentados de Barcelona y Cambrils. Los pocos, porque eran pocos, que lo rompieron -sin mejorarlo- actuaron con crueldad. Las víctimas merecen un respeto, que es lo que el silencio escenificaba. Una consideración que no demostraron los bocazas del otro día. La libertad de expresión no puede ir en detrimento de la decencia. Esto no impide que, como dice Carles Porta, sea necesario “poner luz a la oscuridad” y averiguar, si es necesario, el papel del estado o de sus cloacas en los atentados del 17-A. Cada cosa tiene su momento.

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