Dos lecciones andaluzas

Un comercial es un hipócrita profesional que te engatusa con su verborrea envolvente, mientras trata de venderte una enciclopedia en treinta y seis cómodos plazos. El emblema de tan noble oficio es, sin duda, la sonrisa. Un comercial te vende un sueño y, por tanto, la sonrisa ha de estar a la altura: debe ser perenne, espléndida, a prueba de bomba. Por eso el comercial no puede tener días malos. Sin sonrisa, el engaño al que nos somete se viene abajo.

Esa sonrisa es la que gasta Juanma Moreno. Y la enciclopedia que acaba de vender a los andaluces ha sido él mismo: un hombre sensato y moderado, un gestor eficaz y alejado de extremismos ideológicos. Es decir, la definición de centro político de toda la vida. Esa elusiva categoría metafísica (¿qué es? ¿dónde empieza y dónde acaba? ¿cuál es el punto de inflexión a partir del cual el centro deja de serlo para convertirse en derecha o izquierda?), sin cuya conquista ningún partido puede aspirar hoy al poder. Las siglas del PP -de aroma tal vez demasiado derechista- fueron convenientemente silenciadas para que Moreno pudiera vender su imagen y en ello hasta le avaló otro hombre sensato y moderado: Feijóo. El líder nacional no sonríe y los gallegos siguen teniendo que marchar fuera de Galicia para trabajar (a menudo tras aprobar unas oposiciones, principal medio de conseguir un empleo), pero es otro gestor eficaz. Cuatro mayorías absolutas no pueden mentir.

Y sin embargo, ni siquiera una sonrisa profesional como la de Juanma puede disimular el colmillo retorcido que yace debajo. Ha conseguido vender su bonhomía, cierto, y con ello ocupar el centro político (fagocitando al partido-bisagra por excelencia, Ciudadanos, e incluso robando votos al PSOE). Pero, ¿en qué consiste su hipocresía de comercial? Pues en que los populares han pactado con Vox donde y cuando ha sido necesario. Presentarse, no ya como un partido de centro, sino incluso como un dique contra la ultraderecha (usurpando este papel a la izquierda) y a la vez gobernar con ella a pocos kilómetros de Andalucía, demuestran que la ciudadanía, o bien tiene una memoria líquida o bien no la tiene en absoluto, desmintiendo así (una vez más) el famoso mito democrático del Populus Rex, del pueblo infalible y omnisciente que nunca se equivoca cuando vota.

Hasta aquí, la primera lección, que tiene que ver con Maquiavelo: cómo aparentar moderación y al mismo tiempo gobernar con un partido que divulga un cartel electoral donde una tierna viejecita española es comparada con un mena vestido como un kale borroka. La segunda, me temo, tiene que ver con una patología psicológica: la incapacidad mental de la izquierda para asumir que el sujeto político de tus desvelos (la clase obrera) te da la espalda de manera clamorosa. No es un hecho nuevo: Recordemos que Vox obtuvo sus primeros buenos resultados precisamente en las elecciones andaluzas de 2018. Y la reacción de Podemos fue proclamar una patética “alerta antifascista”. ¿Algún atisbo de autocrítica? ¿Algún “algo mal habremos hecho para que haya crecido la ultraderecha”? O más aún: ¿Algún golpe de timón tras esa autocrítica? Nada. Cuatro años después, Podemos sigue siendo, parafraseando el título de aquella famosa película, el increíble partido menguante, una formación que dilata su eterna decadencia como un chicle, entre desafecciones y guerras intestinas. Y el PSOE, un boxeador noqueado, cuyo símbolo es el rostro demacrado de Pedro Sánchez durante la reunión de la Ejecutiva posterior a las elecciones. Un púgil aturdido que apenas logra balbucear -por boca de Adriana Lastra–  palabras tan patéticas como aquella “alerta antifascista”: “Es evidente que Moreno Bonilla ha llegado a las elecciones tras superar la crisis del covid con los ingentes recursos aportados por el Gobierno de España”.  

Se entiende la desafección del votante de izquierdas. El PSOE, en Andalucía, ha sido la casta. Ha gobernado esa comunidad más años que Franco (de 1978 a enero de 2019). Ha sido clientelismo, ha sido escándalo de los EREs. Para ocupar el Poder, además, ha vendido su alma a quienes trabajan mucho y bien para destruir la misma nación que dirige. Igual que Podemos, que con una mano alza el puño obrero y con la otra sujeta la poltrona, aunque sea a costa de tragarse su propio ideario. Entre ambos, más que una coalición, han conformado un camarote de los hermanos Marx.

Se habla de un cambio de ciclo. No podría asegurarlo. Pero está claro que, con estas “izquierdas”, la primera alfombra roja ya la han puesto en Andalucía.

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