«Avanzamos hacia un colapso civilizatorio de las sociedades humanas»

Entrevista a Miguel Pajares

    Presidente de la Comissió Catalana d’Ajuda al Refugiat (CCAR), doctor en Antropología Social e investigador en la Universidad de Barcelona y escritor. Entre otros libros, ha publicado Aguas de venganza, Crímenes de hambre y el ensayo Refugiados climáticos. Ahora sale a las librerías El fraude (Al revés, editorial), una novela que ahonda en el engaño de las multinacionales, en sus políticas contra el calentamiento global

     

    “El legado” ¿De quién, por qué…?

    La narración, que discurre en dos momentos (uno actual y otro pretérito), tiene dos figuras protagonistas. De un lado, un hacker y la hija de un científico y, de otro, el propio científico, de renombre mundial, que ha estado ayudando, a través de Naciones Unidas y otras instituciones a las multinacionales a definir objetivos climáticos. Lo que ahora está tan en boga, como cero emisiones netas en el 2050, resultado de sus programas de compensación de emisiones. Uno de sus informes ha desaparecido, de lo cual se da cuenta el hacker. El legado es ese informe, que no interesaba que se conociera. Todo lo cual redunda en el sentido último de la novela, que constituye una crítica en profundidad a esos compromisos climáticos, con el claro mensaje de que no nos podemos creer lo que nos están diciendo. Las aerolíneas, automovilísticas, tecnológicas e incluso las petroleras están volcadas en lo que se conoce como greenwashing.

    ¿Puede interpretarse esta denuncia como alguna forma de alineamiento con las corrientes que afirman que “todo es mentira”, tan à la mode”?

    Es justo lo contrario. En la novela se habla del cambio climático, poniendo el acento en su gravedad, del inmenso reto que tiene la Humanidad en este momento. Lo que se cuestiona es lo que nos dicen que están haciendo para luchar contra el cambio climático. Algo que viene a decir que los “compromisos” no están atajando el problema. El mensaje que pretende transmitir “El legado” es que hay que hacer mucho más y de modo diferente de lo que está haciendo para atajar el cambio climático.

    No es creíble lo que muchas empresas dicen que hacen contra el cambio climático, pero tampoco lo parece lo que las instituciones, los poderes públicos, las Naciones Unidas dicen que se debe hacer…

    Naciones Unidas realmente está en una posición muy interesante, que es mostrar la gravedad del problema. Los informes del IPCC y de la Organización Meteorológica Mundial (OMM) son muy contundentes y están reclamando un giro mucho mayor del que se ha dado. Hay un informe de la Oficina para la Reducción de Riesgos de Desastre (UNDRR) de este año, con la guerra de Ucrania ya declarada, en el que, por primera vez, dice que avanzamos hacia un colapso civilizatorio de las sociedades humanas. Cualquiera que se ponga a pensar en lo que significa el término colapso puede entender que eso significa una interrupción en la cadena de suministros, que se deja de producir, de cultivar… Una situación en la que, por supuesto, la seguridad alimentaria mundial se pone en riesgo. António Guterres, secretario general de la ONU, calificó de “aterradora” la situación, con ocasión del último informe de la OMM.

    Como pone de manifiesto la última entrega de la serie “Borgen”, llama la atención la impotencia, sino la entrega y la complicidad, a escala global, de los poderes públicos a los intereses empresariales…

    Los gobiernos están intentando hacer cosas. No se puede poner en duda, por ejemplo, la sinceridad de Teresa Ribera, ministra para la Transición Ecológica. Pero hay que tener en cuenta que los grandes contaminadores son las multinacionales, que siguen con sus negocios como si no pasara nada. Nos están diciendo que compensarán emisiones, pero mientras tanto las emisiones siguen creciendo. En el 2021, aumentaron las emisiones todo lo que se había frenado con la pandemia y este año van a más. La conclusión no puede ser otra que asumir que no se está luchando contra el cambio climático de la forma en que habría que hacerlo.

    Aparece, cada vez con más protagonismo, la idea de que las iniciativas contra el cambio climático ponen en riesgo o eliminan puestos de trabajo. Cosa, que parece compartir hasta una parte de la izquierda…  ¿Cómo intervenir, digamos, sin producir daños colaterales, en algunos casos muy dolorosos?

    Es algo complejo. Siempre ha habido contradicciones entre sindicatos y organizaciones ecologistas. Unos defendiendo puestos de trabajo y otros diciendo que están contaminando. Ahora, los sindicatos están evolucionando hacia un reconocimiento del problema de la emergencia climática. Pero el problema sigue existiendo. Hay que hacer transformaciones muy rápidas y urgentes preservando, claro, los puestos de trabajo. Pero no necesariamente los mismos puestos de trabajo, sino que hay que plantearse que hay sectores de la producción que tienen que ir desapareciendo y otros que deben desarrollarse. Una economía que debería ser de decrecimiento económico también puede generar numerosos puestos de trabajo. Una agricultura ecológica, por ejemplo. A base de pequeñas explotaciones se pueden generar muchos empleos. Lo que no es sostenible es la agricultura industrial, que es tremendamente contaminante. Igualmente, se pueden generar muchos puestos de trabajo en la reparación, el reciclaje, la relocalización… Los sindicatos tienen que asumir esta transformación y acompañarla para que sea más justa.

    ¿Sitúas la narración en África por algún especial motivo?

    El científico aparece en el Congo, con una empresa minera. Algo muy importante para la transición energética, porque si se hace como, por ejemplo, lo está planteando la Agencia Internacional de la Energía, convertimos en minas una tercera parte de la superficie terrestre emergida. La minería es muy destructiva del medio ambiente. 

    Minería, transporte, petróleo… ¿Por dónde nos aprieta más el zapato medioambiental?

    En primer lugar, todo lo que es el uso del petróleo, desde la propia gasolina hasta los derivados de la industria petroquímica. Por supuesto, la calefacción, que se hace con gas, y la producción de electricidad, que en Europa ya no tanto, pero en el mundo sigue haciéndose con carbón. No se quedan atrás la agroindustria y la ganadería. De hecho, el 23% de las emisiones vienen de este sector. La ganadería lo es no solo por los terrenos de pasto que utiliza y las emisiones del ganado, sino porque para la alimentación del ganado se utilizan las dos terceras partes de los terrenos fértiles. De ahí que se proponga incrementar la producción agrícola dedicada directamente a la alimentación humana. También los biocombustibles, que se han presentado como una alternativa ecológica a los hidrocarburos, dejan mucho que desear. 

    ¿Estamos, pues, atrapados? ¿No hay salidas? ¿Está imponiéndose el eco-pesimismo?

    Se están haciendo muchas cosas. Porque en el mundo florecen movimientos comunitarios de organizaciones campesinas, que están cambiando las formas de cultivo. Todavía no tienen las dimensiones para provocar un giro a nivel mundial, pero es algo creciente. Al mismo tiempo, la juventud, los adolescentes, el movimiento que surgió con Greta Thunberg está revolucionando la conciencia social sobre el medio ambiente. Todo esto tiene un potencial que, a lo mejor, en los próximos años, puede sorprendernos. Ahora, tal como van las cosas, estamos abocados al colapso, como dice Naciones Unidas.  Pero esto puede cambiar. Hace poco participé en unas reuniones con organizaciones campesinas de Colombia y me quedé realmente impresionado de la claridad de ideas que tienen y de las luchas que están librando contra la agroindustria.

    El dinero es especialmente sensible al propio dinero ¿No crees que esta palanca, más utilizada de lo que se hace, podría hacer entrar en razón a más de un contaminador recalcitrante?

    Efectivamente, por ahí se debe ir en una primera fase, pero no nos podemos quedar solo con unos cambios fiscales, mediante los cuales los ricos paguen más. Los últimos informes sobre natalidad están dejando de hablar de la dimensión de la población mundial como problema. Dicen que el problema son los ricos. El 50% de la población mundial, la más pobre, solo emite un 10% de los gases de efecto invernadero. 

    ¿Más allá de la propaganda, China se está tomando en serio la cuestión medioambiental?

    China es contradictoria, pero es bien cierto que más de la mitad de los coches eléctricos que circulan por el mundo lo hacen en China. También un porcentaje de la producción eólica y solar es china. Fabrican prácticamente todos los paneles solares que se utilizan en el mundo y el resultado es que China está reduciendo sus emisiones, cosa que no se esperaba. Al mismo tiempo, son los que más carbón queman. Parece que se lo están tomando en serio, pero no quieren disminuir su crecimiento económico.

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