El consumo de una energía inútil

Están cercanas las fiestas de Navidad. Si el maldito virus, con sus variantes y mutaciones, no lo impide, entraremos en la conocida liturgia de despilfarro y bondad forzada. A golpe de maratones televisivas y grandes recogidas, tranquilizaremos la conciencia confundiendo de nuevo caridad con justicia. Siempre me he preguntado cuando debe sumar todo  lo que se consigue con estas campañas en toda España. ¿Cien millones? ¿Quinientos millones?. Con casi 350.000 millones del Presupuesto del Estado para 2022 (al que cabría añadir Comunidades Autónomas, Diputaciones, Comarcas, Municipios, etc), me sorprende que no podamos atender a las necesidades acuciantes de mucha de nuestra gente desde los presupuestos públicos, es decir con nuestros impuestos, Y que sea necesario recurrir a la caridad. En fin, hay cosas de este mundo que no entiendo.

Más allá de estas consideraciones sociales, en mi átomo de hoy quiero reflexionar sobre los excesos energéticos y la consiguiente huella de carbono que provocamos en estas fiestas. Ya que el tema de la iluminación callejera está muy manido (las compras por internet ¿se benefician también de las luces navideñas)  os propongo un ejercicio. Cada vez que deis o recibáis un regalo o cuando los pequeños y pequeñas de la casa abran con ilusión sus juguetes de Papa Noel, Tió o Reyes Magos (hay donde elegir e, incluso, repetir) fijaros cuánto envoltorio inútil acompaña al objeto del deseo. Como exploradores en una selva, deberéis ir despejando el camino hasta llegar a lo que realmente importa. Incluso cuando vayáis a comprar la comida, cada vez más la carne, pescados y mariscos os los sirven en una especie de fiambrera de plástico.

Haced el balance al final del día: papel llamado “de regalo”, cajas de cartón inmensas, cajitas en el interior de las cajas, todo tipo de plásticos, bolsas de celofán, libros muy gruesos con las instrucciones de 25 idiomas, porexpan, etc. La primera tarea, si tenéis compromiso con la sostenibilidad,  será intentar hacer llegar al contenedor adecuado de la calle vuestros residuos perfectamente seleccionados. Esto si llegáis, porque los grandes desbordes de los contenedores en estas fechas indican que vuestros vecinos han tenido el mismo problema.

Todo este material inútil, tiene dos implicaciones. Primero, que os han obligado a pagar algo que en absoluto os hace falta (las fiambreras de plástico en las que han puesto las gambas rojas o el jamón ibérico de no sé cuántas jotas, carísimas ya que forman parte del peso del producto). En segundo lugar, todo este material inútil ha sido fabricado a base de consumo de recursos y de energía, mayoritariamente fósil. Algo que no sirve para nada ha contribuido a la huella de carbono y también al cambio climático. Es decir, en plena emergencia climática mostramos unos comportamientos (en gran parte obligados) que contradicen todo aquello en qué supuestamente estamos comprometidos. Y lo hacemos alegremente.

Sé perfectamente que estas contribuciones al mayor problema que tiene la humanidad son en una pequeñísima cantidad y que con toda probabilidad si lleváramos algún recipiente de casa para recoger las gambas rojas, apenas contribuiríamos en nada en evitar el ascenso del nivel del mar o el deshielo del Ártico. Claro que una micrométrica contribución multiplicada por miles de millones de comportamientos semejantes quizás ya daría una cifra significativa, pero no voy por ahí. No es un tema de cantidad sino de conciencia.

Sí, de conciencia. De no entender de qué va esto de la transición energética. No se trata de seguir malgastando la energía con la excusa que la fabricamos de modo renovable: se trata de reducir el consumo energético. La transición no es sólo cambiar el modo de producir energía; ha de implicar la totalidad del modelo. Y el ahorro ha de ser un elemento clave.

Hay estudios que sostienen que con una adecuada eficiencia energética, en España se ahorraría un 30% de la energía actualmente consumida, que por tanto no haría falta producirla.  Este ahorro equivaldría más o menos a 8.000 MW del total de la energía eólica instalada en España. Es decir, podríamos ahorrarnos la construcción de unos 8 macro-parques marinos como el que se proyecta en el Empordà o casi 20 de los que se pretende situar en el Matarraña, con un considerable impacto sobre la biodiversidad, el territorio, el paisaje e incluso la salud humana. Es evidente que la mejor energía sostenible es aquella que nos ahorramos tener que  producir por ser innecesaria. Pensemos en estos datos cuando acumulemos envoltorios inútiles en estas navidades, aunque esto solo sea una pequeña parte del problema.

Ah…y ¡FELICES FIESTAS!

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