El canto del cisne

“¡Presidente, haga la independencia!”, clamó desde el estrado Elisenda Paluzie en la conclusión de la pasada manifestación de la Diada. La presidenta de la Asamblea Nacional Catalana (ANC) tendrá que abandonar su cargo el próximo mes de abril y ésta era, por consiguiente, su última oportunidad de lucirse en público.

Elisenda Paluzie sabe, como todo el mundo, que el presidente Pere Aragonès no hará la independencia, porque éste, como se ha visto y comprobado, es un callejón sin salida. La Unión Europea no quiere que se abra esta caja de los truenos –que podría tener un efecto dominó- , la Constitución española no permite que se haga un referéndum de autodeterminación y la vía unilateral es impracticable.

Los 108.000 catalanes que, según el recuento de la Guardia Urbana, participaron en la manifestación de Barcelona son el “núcleo” de los irreducibles. Nada que ver con los 1.800.000 manifestantes que, también según la Guardia Urbana, desfilaron en la Diada de 2014, en el clímax del proceso. Para entendernos, 108.000 personas equivalen al 1,4% de la población de Cataluña y 1.800.000, a un respetable 24%.

El catalanismo político tiene males cartas. La vertebración de la Unión Europea hará que la representación parlamentaria pivote, progresivamente, sobre grandes partidos transnacionales (conservadores, socialdemócratas, ecologistas…). Los movimientos populistas identitarios, como en el caso catalán, quedarán arrinconados en el saco de los antieuropeístas, con compañeros de viaje tan repugnantes como la extrema-derecha.

Por lo tanto, la imprecación de Elisenda Paluzie este 11-S pasado es un brindis al Sol, el canto del cisne de una vieja y bella utopía que ha quedado desubicada por la evolución imparable de la historia. Conceptos como los Países Catalanes están, en la actualidad, totalmente fuera de lugar y es irreal pensar –más allá de la provocación y la “boutade”- que valencianos o baleáricos reconozcan que Barcelona es su capital política y económica.

Paradójicamente, el independentismo catalán ha “matado” la lógica y normal interrelación y cooperación que tiene que existir entre territorios vecinos que, además, hemos compartido algunos tramos de la historia y que tenemos rasgos lingüísticos y culturales comunes. Por reacción epidérmica, valencianos y baleáricos –con la excepción de minorías muy marginales- son totalmente refractarios y contrarios al proceso independentista catalán y huyen de él como de la peste.

El gran drama del independentismo, como se ha visualizado en esta Diada, es que está profundamente dividido entre posibilistas e intransigentes y que no sabe por dónde tirar. Esta desorientación tiene un fuerte impacto en la vida del día a día de los catalanes, no en balde los tres partidos independentistas tienen la mayoría en el Parlamento y apoyan y condicionan el Gobierno del presidente Pere Aragonès.

A la “gallinita” de Lluís Llach le han cortado el cuello y ahora corre, sin sentido, arriba y abajo. En medio de este desconcierto es bueno recordar que hay un proyecto geopolítico, perfectamente homologado por la Unión Europea, que daría sentido a la Cataluña del siglo XXI: se trata de la Eurorregión Pirineos-Mediterráneo, impulsada por el presidente Pasqual Maragall –nada sospechoso de ser un “ñordo” unionista carpetovetónico- y enterrada, precipitadamente, por Artur Mas y sus sucesores.

La Eurorregión propone la estructuración coordinada de los territorios de Cataluña, Baleares, Aragón y Occitania, a la cual también podría añadirse la Comunidad Valenciana, para emprender proyectos e intercambios en común. Se trata de un extenso territorio –con los Pirineos como columna vertebral, no como frontera- que reúne a más de 20 millones de personas y que tiene una intensa actividad económica y comercial.

Las eurorregiones están amparadas por la Unión Europea y cuentan con líneas de financiación específicas para dinamizar su funcionamiento. Proyectos estratégicos, como la organización de los Juegos Olímpicos de Invierno en los Pirineos, tendrían una perfecta cabida. Cataluña también podría deshacerse de esta situación de ahogo y rehacer los puentes de confianza con los territorios vecinos. ¡Eso sí que seria ensanchar la base!

El futuro no empieza ni acaba con la mesa de diálogo entre los gobiernos central y de la Generalitat, prevista para esta semana. Nuestra capital –y cada vez lo será más- es Bruselas, la sede de la Comisión Europea. Los catalanes presumimos de ser inteligentes, pero somos incapaces de ver el elefante que hay en medio de la habitación. El “mantra” amnistia-referéndum-autodeterminación no lleva a ninguna parte y cuando antes lo asuma el presidente Pere Aragonès y dé un golpe de timón, mucho mejor para todo el mundo.

El independentismo está bloqueado y colapsado. Pero hay vida, mucha vida, más allá del independentismo. Que no sufran los esencialistas y los intransigentes: Cataluña seguirá siendo Cataluña por los siglos de los siglos. Amén.

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