La mesa de diálogo de los idiotas

La mesa de diálogo entre la Generalitat y el gobierno español que, según pactaron Pere Aragonès y Pedro Sánchez, se reunirá previsiblemente la tercera semana de septiembre, va camino de nacer muerta. Desde que decidieron recuperarla, el ala catalana de la mesa no ha desaprovechado la oportunidad de menospreciar y usarla como arma arrojadiza. Al tratarse de una iniciativa de Esquerra, Junts la crítica; al revés, seguramente pasaría lo mismo. El tercero en discordia, la CUP, tampoco apuesta. Se trata de la historia de siempre, que el ex presidente del gobierno español, José María Aznar, resumía con un explícito: «Antes que España, se romperá Cataluña». Una máxima que el independentismo parece dispuesto siempre a no enmendar. Así, la división por la mesa de diálogo se ha convertido en uno de los temas de este verano, como la idoneidad o no de la ampliación del aeropuerto del Prat, la torpe gestión del caso Messi, las elevadas temperaturas, la extinción de los incendios o los récords históricos en el precio de la luz.

La mesa de diálogo me recuerda La cena de los idiotas, excelente obra teatral de Francis Veber, en la que Pierre Brochant, un editor parisino, celebra cada miércoles con sus amigos, todos ellos importantes hombres de negocios de París, lo que ellos llaman «la cena de los idiotas», un encuentro en el que cada uno de los asistentes debe ir acompañado de un personaje extraño o esperpéntico, del que todos puedan reírse. Aquel que presente el invitado más idiota de la cena recibe el reconocimiento de sus compañeros al final de la velada. Visto el sainete de este verano, cuesta de elegir al ganador de nuestra mesa de los idiotas.

Mientras Esquerra defiende darle una nueva oportunidad al diálogo, la heredera díscola de la pactista Convergència, pone todo su empeño en dinamitar la mesa antes de empezar. Por su parte, la CUP se dedica a interpretar su mejor papel, el de mosca cojonera; los anticapitalistas insinúan día sí día también que quizás no hay que dejar agotar el margen de confianza de dos años con el que hace dos días se comprometieron con Aragonès. Mientras tanto, el gobierno de Sánchez sonríe y se frota las manos. Así, con este panorama desolador, no parece nada osado pensar que la mesa de diálogo nace tocada. Dos no dialogan si uno no quiere, y en esta mesa no todos parecen remar en la misma dirección.

Si bien es cierto que el combate del diálogo no pinta fácil, las posturas de las partes siguen siendo muy extremas, no es menos cierto que es de idiotas lanzar la toalla antes de empezar. Si los políticos no dialogan, o no lo intentan, ¿de qué puñeta sirve la política?

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