¿Qué hacer con Vox?

El progreso consiste en, una vez has conseguido un objetivo, seguir avanzando. Cuando se ha abolido la pena de muerte, se ha legalizado el divorcio o el derecho de las parejas del mismo sexo a adoptar hijos hay que mirar adelante, ir en busca de la concreción de los derechos que recoge teóricamente la Declaración Universal de Naciones Unidas. Volver a discutir lo que ya se ha conseguido es un error, es estancarse o, incluso, correr el riesgo de dar marcha atrás.

Por ello, era muy triste que el programa FAQS de TV3 se dedicara a recuperar momias del pasado e invitase a representantes del pensamiento más retrógrado. Dar voz a la extrema derecha para potenciar en los espectadores la idea de que España es Vox tiene su sentido propagandístico pero alimentar el monstruo comporta sus consecuencias. Vox tiene 52 diputados en Madrid. Es espantoso. Pero también tiene 11 en el Parlament de Catalunya y en las últimas elecciones obtuvo más votos que la Cup o los Comunes.

Ante la realidad nos podemos plantear dos preguntas: ¿por qué tiene tanto apoyo una formación como Vox y qué hacer ante su existencia?

217.000 catalanes votaron a este partido de extrema derecha. Se supone que lo hicieron por una mezcla de oposición al independentismo y a la inmigración, los ejes fundamentales de la campaña de Vox. La respuesta no puede ser, claro está, que los independentistas renuncien a su aspiración y cerrar las puertas a la gente que viene de fuera. ¿Qué hacer o qué se puede hacer, pues?

Forzar el reglamento del Parlament para impedir que Vox obtenga un puesto en la Mesa o el senador que le correspondería no parece que sea la forma más democrática de actuar. De lo que se trataría es de hacerlo de manera que en las próximas elecciones la extrema derecha no tenga los votos que le otorgan estos cargos. Insisto: ¿y cómo conseguirlo?

Vox no perderá votantes porque se les boicoteen los actos o se les reciba a puñetazos como proponía Jair Domínguez, uno de los humoristas en nómina, con programa en TV3 y Catalunya Ràdio. El muro contra la extrema derecha se tiene que construir desde la educación y la información crítica y veraz. Además, soy partidario de no debatir con ellos las cuestiones que ya son patrimonio de nuestra democracia y de una sociedad que queremos más justa, igualitaria y fraternal.

Si en las campañas electorales toca sentarse a su lado porque tienen una representación política que se lo permite, no hay otra salida que hacerlo. Pero el debate democrático tiene unos límites que si se superan hacen que pierda su sentido. Pablo Iglesias hizo bien en irse del debate de la Ser. Los otros políticos que se negaron a seguir polemizando con Rocío Monasterio, también. La razón y la buena voluntad progresista entienden más de diálogo constructivo y respetuoso que de gritos, insultos, amenazas y puñetazos.

Y la razón, antes o después, siempre acaba imponiéndose. Lo dicen y confío en ello.

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