Jóvenes frustrados

Los jóvenes están frustrados. ¡Por supuesto! Ellos y los adultos. Y los viejos. Y no lo están porque el 1 de octubre la policía repartiese leña entre la gente que le impedía llevarse las urnas del referéndum por la independencia convocado por el gobierno de la Generalitat. Ni porque el Tribunal Supremo enviase a nueve independentistas a prisión y se resista a que se les aplique el tercer grado penitenciario. Ni porque el rapero Pablo Hasél haya entrado en prisión por las letras de sus canciones y los textos de sus tuits. Los hay que están enfadados por estos motivos. Pero la frustración de los jóvenes y de los no tan jóvenes va más allá, mucho más allá de estos hechos.

Ser joven desde hace un año es frustrante porque los efectos de la pandemia, los confinamientos y el mantenimiento de distancias de seguridad les han privado de las satisfacciones que van asociadas a su edad. Que personas de 40, 50 años o más tengan que quedarse en casa y se relacionen con sus amistades a través del ordenador o en reuniones limitadas a tres o cuatro personas es antipático pero se puede digerir, sobre todo si se tiene la perspectiva de que esta situación es pasajera. Que los viejos y viejas deban quedarse en casa o en la residencia esperando a que los vayan a ver sus familiares y amigos no es nada nuevo. Lo que ha sido nuevo, y terrible, es que los aislasen del todo y que durante meses hayan vivido en la más absoluta de las soledades. Pero que los jóvenes deban quedarse en casa cerrados, que no puedan practicar deporte, ir a conciertos o discotecas los parte por la mitad.

La necesidad de contacto y de relaciones de amistad y sexuales aprieta mucho cuando se es joven. Los que tenemos ya cierta edad podemos hacer el ejercicio de imaginar cómo habríamos encajado que a los 20 o 25 años nos hubiesen prohibido tirar la caña a la persona que nos atraía o participar en la fiesta mayor del barrio o del pueblo. Y a esta frustración hay que añadir la de las escasas o inexistentes perspectivas de futuro laboral. El paro juvenil es altísimo. Paro implica no tener ingresos y no tenerlos significa tener que quedarse en casa de los padres. La expresión ‘casa de los padres’ está perdiendo algo de sentido los últimos años. Si habláis con jóvenes universitarios, como me toca hacer a mí, veréis que muchos viven en casa del padre o en la de la madre. Los hijos de padres separados son numerosos. En cualquier caso, no se pueden emancipar, lo que querrían hacer la gran mayoría de ellos.

Y hablando con universitarios ves que se les está agotando la paciencia y la resistencia mental ante la crisis que estamos viviendo. Algunos reaccionan como los ciudadanos que saben que fumar mata pero no pueden dejar de hacerlo. Montar una fiesta ilegal con mucha gente desconocida es firmar casi seguro una sentencia de contagio pero hay jóvenes que lo necesitan como el aire que respiran. Pero también hay adultos que llenan los restaurantes sin guardar las distancias de seguridad porque andan locos por regalarse una buena comida.

Una alumna me comentaba hace unos días que se marchó de un restaurante porque se llenó demasiado de gente. Y como ella, la mayoría de jóvenes son gente sensata y prudente. Frustración no significa inconsciencia o imprudencia. Y, mucho menos, violencia.

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