Pablo Hasél, el nuevo Che Guevara

Hubo un tiempo en que en las habitaciones de todos los jóvenes comprometidos del mundo colgaba un póster del Che Guevara. Era la mítica foto captada por Alberto Korda, que luego se convertiría en un icono moderno y que fijaría para siempre la imagen canónica del argentino: joven, enérgico, atractivo, con la mirada puesta en el horizonte. Hoy, sin embargo, nos encontraríamos tal vez con un póster de Pablo Hasél. Ambos comparten el hecho de ser comunistas y de proceder de familias acomodadas: el Che era tataranieto de Patricio Julián Lynch, en su día uno de los hombres más ricos de Sudamérica; y Hasél, hijo de un empresario llamado Ignacio Rivadulla, que fue presidente de la Unió Esportiva Lleida durante años.

Pero ahí acaban las semejanzas. Como puede apreciarse en la magnífica película Diarios de Motocicleta (2004), Ernesto Guevara, siendo aún muy joven, emprendió un viaje iniciático por Sudamérica, donde conoció de primera mano la miseria del continente. Asistió a una indígena moribunda, apedreó un camión de la Anaconda Mining company y prestó sus servicios como médico en una leprosería donde, rompiendo tabúes ancestrales, abrazó y tocó a los enfermos allí internados. El resto ya lo sabemos: se convirtió en guerrillero y tras el triunfo de la Revolución, prefirió continuar su lucha a permanecer en el Poder.

Nada que ver con Pablo Hasél, que no tiene más oficio que cantar rap y escribir poemarios con letras incendiarias. No parece haber compartido las penurias de la clase social que dice defender ni bregarse en luchas obreras. En un artículo recientemente aparecido en El País (“Hay mucha rabia y un cúmulo de problemas”, 21 de febrero), varios jóvenes participantes en las protestas contra su encarcelamiento atribuyen éstas a la precariedad, al paro, a la falta de futuro. Pero a estos hijos de la clase media, razonablemente alimentados y formados, no se les ha visto estallar de cólera cuando despedían obreros, desahuciaban a familias enteras o se conocían las infames condiciones de las Residencias que llevaron a la muerte por coronavirus a muchos ancianos. Exactamente igual que los jóvenes que en 2019 protagonizaron disturbios contra la sentencia de los presos del Procés, y que nunca, nunca se han manifestado contra las condiciones en que vive el resto de presos. O de los emigrantes sin papeles que, cada cierto tiempo, mueren en esos centros siniestros y opacos llamados CIE. Los saqueos en tiendas de marca producidos en ambas protestas parecen confirmar su carácter espurio.

En mayo de 2014, Pablo Iglesias concedía al canal de youtube FurorTV una entrevista en la cual el periodista le pasaba esta pregunta, formulada por el propio Pablo Hasél: “si te pudieras cargar a Juan Carlos de Borbón, a Amancio Ortega o a Aznar, ¿a cuál te cargarías?”. Y la respuesta era lapidaria: “desprecio profundamente a los que convierten la política en una cuestión de odio personal, y convierten su excitación narcisista en algo que tenga que ver con la política”. Y remataba: “lo peor que le puede ocurrir a alguien de izquierdas es convertirse en la caricatura que construyen los enemigos de la izquierda (…) ver a alguien que se dice así mismo comunista como la peor caricatura de lo que el anticomunismo siempre ha presentado a los comunistas (como asesinos, como gente que desea la muerte, como tipos agresivos que desprecian la vida; arrogantes, minoritarios, marginales) es el mejor favor que se le puede hacer al enemigo. Esta gente, que ni se acerque a mí. Que se ocupen de otra cosa, no queremos tener nada que ver con gente cuyos problemas no son políticos, son de psiquiátrico”.

No cabría un mejor retrato del fenómeno Hasél ni del daño que está provocando a la causa de la izquierda. Que ahora, siete años después, el partido que lidera el autor de estas palabras ponga siempre el foco en las injurias a la Corona, omitiendo deliberadamente que el rapero incitó a matar políticos del PP, a Patxi López o a José Bono. Que soslaye el hecho de que entra en prisión por reiteración de delitos, además de tener sentencias pendientes por agredir a un periodista o al testigo de un juicio. O, en fin, que se niegue a condenar unos altercados con pillaje cool incluido, muestra la profunda degradación moral y política a que ha llegado un partido que quiso ser un soplo de aire fresco en la vida política española, pero que ha acabado exhalando el hedor insano de los lugares cerrados durante largo tiempo.

A los dos Pablos: como trabajador, no en mi nombre.

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