Independentismo trumpista

En Estados Unidos y en el mundo occidental habrá un antes y un después del 6 de enero del 2021, cuando una multitud de hiperventilados -espoleada por el presidente Donald Trump, que no ha digerido su derrota en las elecciones ante Joe Biden- invadió el edificio del Capitolio, en Washington, el sancta sanctorum de la democracia norteamericana. La reacción de estupefacción y de condena ante estos hechos ha sido aplastantemente mayoritaria, tanto en Estados Unidos como en los países de la Unión Europea.

La constatación de que el matonismo supremacista, intoxicado con todo tipo de mentiras emanadas y repetidas machaconamente desde el vértice del poder político, es capaz de atacar y de desestabilizar las instituciones de un país sólido como Estados Unidos ha alarmado a los demócratas de todo el mundo. Desde ahora, Donald Trump y todos quienes le acompañan en este aventurismo golpista, son el paradigma del postfascismo del siglo XXI que, como el del siglo XX, es una amalgama de xenofobia, manipulación, populismo, autoritarismo y caudillismo.

Desgraciadamente, el ‘trumpismo’ también ha tenido en los últimos años admiradores en Cataluña, que, desde los lamentables sucesos del Capitolio, ahora corren a desdecirse. Los encontramos en los ambientes ultraderechistas de Vox, partido que ha contado con el asesoramiento del gran ideólogo del ‘trumpismo’, Steve Bannon. Pero también en algunos segmentos del movimiento independentista que, desde hace años, emplean técnicas y mensajes propios de la derecha extrema excluyente.

Muchos nacionalistas catalanes no son conscientes, pero eslóganes como “España nos roba”, “Apadrina a un niño extremeño” o los ataques reiterados contra la supuesta vagancia de los trabajadores andaluces o el absentismo de los funcionarios madrileños entran de pleno en la construcción del discurso que, al otro lado del Atlántico, ha hecho eclosión con Donald Trump.

Independentistas del ‘frente duro’, como Joan Canadell, Josep Lluís Alay o Josep Costa han tuiteado en las redes sociales mensajes de ‘curiosa’ simpatía hacia la revolución paleoconservadora y supremacista del hasta ahora presidente de Estados Unidos. Y es que los conceptos identitarios, reaccionarios e insolidarios están muy presentes en el ‘corpus’ de todo nacionalismo. También del catalán.

La historia del catalanismo político tiene una vertiente execrable, que entronca directamente con las teorías nazis. Es aquella que confiere a los catalanes una supuesta diferencia y superioridad racial con los otros habitantes de la península Ibérica. En síntesis, los catalanes seríamos un prototipo de la raza aria, mientras que los españoles son una mezcla de celtas y árabes y tienen una inteligencia menos evolucionada.

El primero que expuso la teoría de la superioridad racial de los catalanes fue Pompeu Gener, a finales del siglo XIX, en su libro Herejías. Destacados prohombres del catalanismo de la primera mitad del siglo XX, como los sacralizados Enric Prat de la Riba, el doctor Robert, Antoni Rovira i Virgili o Pere Bosch Gimpera, también asumieron estas tesis estrafalarias.

Lo más inquietante es que esta línea de pensamiento supremacista ha sobrevivido en Cataluña después de la derrota del III Reich. Carles Muñoz Espinalt, creador de la psicoestética, ha tenido una gran influencia en el independentismo más hiperventilado, que ha conseguido importantes cuotas de poder en el régimen procesista. También el empresario Joan Baptista Cendrós, fundador de Òmnium Cultural y abuelo de David Madí, consideraba que había que matar a los castellanos (“Yo soy un fascista catalán, yo soy un nazi catalán y no acepto nada de España y pienso que todo lo que se haga para matar castellanos es bueno”).

Pero lo realmente preocupante es que políticos que han ocupado responsabilidades públicas en los últimos años, como Jordi Pujol, Heribert Barrera o Quim Torra, también han caído en estas abominables teorías para justificar que Cataluña tiene derecho a reivindicar su soberanía identitaria.

«El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico, es un hombre destruido, es generalmente un hombre poco hecho. Un hombre que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Si por la fuerza del número llegara a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, el andaluz destruiría a Cataluña” (Jordi Pujol). “La inmigración es la principal amenaza de Cataluña, conseguimos superar las oleadas de andaluces, pero ahora el catalán está en peligro. A mí me gustaría una Cataluña como la de la República: sin inmigrantes” (Heribert Barrera). “Están aquí, entre nosotros. Les repugna cualquier expresión de catalanidad. Es una fobia enfermiza. Hay algo freudiano en estas bestias. O una pequeña tara en su cadena de ADN” (Quim Torra).

El empresario Joan Canadell, tercero en la lista de JxCat para las próximas elecciones, también es de los que comulga con la doctrina identitaria y autocrática de la “America first” de Donald Trump. Así lo manifestó a través de un tuit escrito el día siguiente de las elecciones norteamericanas del año 2016: “Pediría por prudencia que el mundo indepe no se sitúe contra Trump”, afirmó. Después del asalto de los ‘trumpistas’ al Capitolio, se ha apresurado a borrar este polémico mensaje.

Joan Canadell participa de las demenciales teorías “conspiranoicas” que caracterizan a movimientos como QAnon, que ha tenido un gran protagonismo en los hechos del pasado 6 de enero en Washington. En su caso, para denunciar que el deep state español ha secuestrado la supuesta catalanidad de personajes ilustres cómo Cristóbal Colón o Miguel de Cervantes, en línea con las tesis del polémico Instituto de Nueva Historia (INH).

Además, Joan Canadell hace lo contrario de lo que predica. Afirma, por ejemplo, que si Cataluña fuera independiente habría muy poco paro. Pero la empresa de gasolineras low cost que dirige, Petrolis Independents, se caracteriza, precisamente, por prescindir de los puestos de trabajo y obtiene beneficios automatizando este servicio, sin pagar nóminas ni Seguridad Social. El paro se soluciona creando ocupación, pero Joan Canadell –que todavía continúa, nominalmente, como presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona- no entiende ni aplica esta lección tan elemental.

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