Sobre ‘El hijo del chófer’

Me citó para el desayuno, hará unos seis años, en el «Corte Inglés más cercano a Igualada» (ironía), es decir el de la Diagonal. Sólo sabía de él que había sido el primer director de TV3 y un amigo me lo había descrito como «personaje extraño». Con estos datos y sin ponerle cara entré en el restaurante del centro comercial, ya me esperaba en la mesa. A primera vista, le recuerdo desordenado, incluso me pareció desaseado. Me invitó a sentarse y pedimos, yo poco y él mucho. Dirigía entonces una colección de libros de la editorial leridana Pagès; le habían hablado bien de mí y quería que escribiera uno sobre los Mossos. Él charló mucho, yo oí demasiado. En una hora aún me vertió toda su bilis contra Jordi Pujol en concreto y Convergencia en general. Se despachó a gusto sin ahorrar improperios. Noté que mezclaba realidad y ficción. Pero quedaba claro que el hombre había estado en primera línea de fuego. Mientras parloteaba comía, abriendo y cerrando la boca sin miramientos, gesto que no soporto. Creo que lo notó y decidió extremar las dentelladas. Iluso yo, acepté el encargo, que nunca terminaría de materializar. De nuevo en la ciudad más cercana al Corte Inglés de Diagonal, mi entorno me preguntó: «¿Qué tal?». Cambié el «extraño» por «siniestro». Su mirada rebosaba odio.

Quedamos un par de veces más, tal vez fueron tres. Me presentaba gente del entorno de los Mossos, que me podían ayudar a construir el relato. Entonces pensé que le tenían respeto, ahora, después de leer el magnífico libro El hijo del chófer de Jordi Amat, entiendo que era temor. Pronto entendí que lo que quería era que yo escribiera su historia con los Mossos, muy crítica. Yo, iluso, pensaba hacer un relato crítico, pero riguroso. Así, poco a poco nos fuimos distanciando, hasta la ruptura, y el libro se quedó en nada. Al contrario de lo que hizo con tanta gente y que luego descubrí, tengo que reconocer que el trato fue siempre correcto. Es cierto, sin embargo, que hacía cosas extrañas, por ejemplo, con el pretexto de que se había equivocado, me llamaba a horas intempestivas. Lo hizo más de una vez. Aprovechaba entonces para preguntarme cómo iba el libro. Llegué a contactar con dos exministros relevantes en la historia de los Mossos: José Barrionuevo y Jaime Mayor Oreja. Le pedí que me ayudara a acceder a Macià Alavedra. Antes de que lo hiciera, y luego de entender que no nos entenderíamos, lo dejamos.

Dos años después supe que se había suicidado tras matar a su mujer -seguramente la única persona que le quería…-. Dicen que una vez muerto, todo el mundo es bueno. Todos menos él. En una especie de catarsis colectiva, sus víctimas comenzaron a salir del armario para explicar infinidad de atrocidades cometidas por el siniestro personaje. Empecé a atar cabos y a entender cosas. También ahora, después de leer el libro del Amat y las interpretaciones que de él se han hecho, he entendido que el hombre era un esperpento de una época de nuestra historia, que sirve para describir aquella Cataluña que tantos detestamos. ¿Cómo alguien como él captó tanto poder? Un poder que le fue dado por sus enemigos, Pujol y compañía, para comprarlo. Él que, precozmente, chantajeó al ilustre amigo de su padre, el escritor Josep Pla, y que a lo largo de su vida maltrató sin piedad y con impunidad a quien le apeteció; él, que campaba a sus anchas por los despachos más exclusivos de aquella Cataluña. Él, Alfons Quintà.

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