Aristófanes y los europeos del siglo XXI

Todas las sociedades crean mitos. Se diría que los necesitan. También la sociedad occidental, hija y heredera de Grecia y Roma tiene, entre otras muchas figuras mitificades en grado superlativo dos griegos del periodo clásico (siglo V a C): el gran Pericles (la olímpica-cabeza-de-cebolla, como le llamaban), la personificación del ideal del gobernante democrático, elegido por los atenienses en 19 ocasiones, 15 de ellas consecutivas (del 444 al 429aC); y el excelso artista Fidies (Atenas 480aC-430aC), considerado por muchos el mejor escultor de todos los tiempos, autor entre otros de las bellísimas estatuas de la diosa Atena en el Partenón y de Zeus en Olimpia.

Pues bien, el dramaturgo Aristófanes (Citadenèon 445aC, 385aC), fundador y máximo exponente de la Comedia Antigua y que ocupa un lugar destacadísimo en la historia del teatro universal, no se corta en criticarlos ácidamente, ejerciendo a fondo una de las funciones básicas atribuidas al teatro cómico: desnudar a los poderosos. En su comedia La Paz hace decir a Hermes, mensajero de los dioses, hijo de Zeus y de la ninfa Maia: "Sabios labradores, prestad atención a lo que os diré, si queréis saber lo que perdimos. Todo  empezó cuando Fídies (acusado de desfalco en la construcción del Partenón) cayó en desgracia. Entonces, Pericles, para no correr la misma suerte, asustado por vuestro genio y por vuestra mala baba, antes de recibir él mismo, prendió fuego a la ciudad: con la pequeña chispa del decreto contra Megara, sopló hasta que encendió una guerra tal que del humo lloraron todos los griegos, tanto los de allá como los de aquí". Se refiere, claro está, a la terrible Guerra del Peloponeso, que ya 23 años después de la victoria de Salamina (484aC) contra los persas, enfrentó a las ciudades-sido griegas entre ellas, acaudilladas respectivamente por Atenas, la Confederación de Delos, y Esparta, la Liga del Peloponeso, confrontación intestina que dejó a Grecia exhausta por muchos siglos. El año 421aC, diez años después del inicio de las hostilidades, Atenas y Esparta firman una paz por 50 años, rota poco después cuando estalla de nuevo la guerra que durará -¡qué enorme sufrimiento!- hasta el 404aC.

Precisamente a esta débil tregua dedica Aristófanes su comedia La Paz, en el esperanzado clima social que la envolvió. La anhelada paz es presente en muchas de sus obras: Los acarnesos, Los caballeros y también Lisístrata. El desinhibido Aristófanes hace meter en cintura, con gracia y sin piedad, una nutrida representación de las estrellas griegas del momento: a Eurípides (Niña: "Ten cuidado, no resbales, que puedes caer de allí arriba; y después, si te quedas cojo, abasteces el argumento a Eurípides y hace de tú tragedia"); a los atenienses (Hermes: "Y a los atenienses os quiero decir que os cogéis de otro lugar para estirar: no jodéis nada más que pleitear!"; a Sòfocles (Trigeu a Hermes : "Sòfocles se encuentra bien. Ahora, que le pasa una cosa muy rara; Qué?; Pues que Sòfocles se va volviendo Simònides, porque, ya viejo xaruc cómo es, por dinero se haría a la mar arriba de una estera"); y sobre todo a Cleó , el sucesor de Pericles , blanco directo de su sátira: "aquel vendedor de cuero que estrujaba Grecia", denominado mano de mortero, ninguno del partido popular y defensor declarado de la guerra. De la ironía no se liberan…. ni los dioses! (El esclavo a Trigeu : "De donde las has sacado (Cosecha y Fiesta )?; Cómo de dónde? Del cielo"; el esclavo: "No daría ni un xavo por los dioses, si son unos proxenetes como nosotros, los mortales"; Trigeu:"Bastante, pero es el caso que también hay de estos allá").

La Paz es en realidad un grito desesperado contra la guerra entre hermanos. El argumento es el salvamento de La Paz (la diosa Irene) secuestrada con Cosecha y Fiesta dentro de una cueva por el malvado Pòlemos, asistido por Aldarull. Trigeu, a caballo del horrible escarabajo de Naxos, se dirige al Olimpo, donde sólo encuentra a Hermes puesto que los dioses han huido para no ser molestados por los griegos. Pòlemos quiere machacar las ciudades griegas con un mortero. Finalmente, los únicos que se esfuerzan de verdad en tirar de la cuerda son los labradores. Salvada La Paz, ¿quién gana?: todos los griegos, mimados por Cosecha y Fiesta. ¿Quién pierde?: los fabricantes y comerciantes de armas. Aristófanes nos recuerda que "el sabio Homero lo expresó de fábula: "¡No tiene hermano, no tiene ley ni tiene hogar, aquel hombre que es amante de la guerra intestina, la más espantosa!".

¿Qué lección podemos extraer de La Paz de Aristófanes los europeos de hoy? Una lección muy sencilla: la unión hace la fuerza. En el mundo contemporáneo, cuando Europa no llega al 7% de la población del planeta, cuando, como entonces el imperio persa, poderosas potencias la asedian desde el exterior (China, Rusia, los EEUU de Trump), sería un suicidio imperdonable que se entregara a conflictos domésticos, a querellas egoístas, que perdiera 2500 años después, la conciencia de la alta misión que el destino le tiene encomendada: la continuidad y la puesta al día de la civilización griega, la afianciación de los valores democráticos, la igualdad de los ciudadanos ante la ley, el valor de las artes y las letras como emblema de sociedad avanzada que trasciende el puro interés material.

No hace falta ni imaginar ahora y aquí guerras sangrientas como las que inflamaron Europa a lo largo del siglo XX, que habrían estremecido al propio Homero. Pero la división y el desmenuzamiento serían catastróficos; bien al contrario, el ejercicio de la solidaridad entre naciones (las polis griegas de hoy), la puesta en común de las múltiples potencialidades, el ejercicio de la ciudadanía europea por encima de las fronteras políticas, la mejora constante del estado del bienestar, en definitiva, la conciencia de un destino común, son la llave maestra de nuestro futuro colectivo.

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