Las antiguas oficinas bancarias, ocupadas

«Gente sin pisos, pisos sin gente», se lee en las pancartas de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), que hizo subir a la alcaldía a la activista Ada Coláu (Barcelona en Comú Podem). La PAH cree que las entidades bancarias tienen unos dos mil pisos en Barcelona, como consecuencia del incremento de desahucios durante la crisis económica y social que todavía dura. Según un estudio municipal de 2018, diez años después del inicio de la crisis, Barcelona cuenta con unos trece mil pisos vacíos. Los promotores de viviendas rebajan la cifra, en parte, temiendo un efecto «ocupación». Ellos dicen: «Es una leyenda urbana esto que hay miles de pisos vacíos en Barcelona, no es verdad». El mismo Ayuntamiento está realizando un censo para hilar fino: «El objetivo es detectar viviendas vacías y sin uso porque los propietarios las puedan incorporar a la bolsa de alquiler».Aún así, nadie sabe decir con certeza cuántos locales comerciales, antiguas sucursales financieras, han sido ocupados por la «gente sin pisos». Los bancos echaron a las familias. Y algunas familias se han tomado la revancha. Los bancos que hincharon la burbuja inmobiliaria vieron como se les volvía en contra la especulación que iniciaron. Cerró la mitad de las entidades que había hace diez años, condenadas también por la reestructuración del sector bursàtil. Según datos del Banco de España, en Barcelona hay 2.454 stores. El resto ya no existe. Fácil reconocer el lugar que ocupaban: chapas lisas de acero galvanizado cubren las cristaleras, dándolos el aspecto de castillos Dragon Wyck o de bunkers en las zonas boscosas de la Segunda Guerra Mundial.

En la calle Constitución, 56-50, una familia numerosa ha hecho del banco, su casa. Los folletos de Tecnocasa podrían incluir este anuncio: 4 salas de reunión. 110 m2 const. / Constitución-Jocs florals. Planta baja ideal para reformar como despacho y vivienda. Delante de Can Batlló.

Dejó de robar a los viejecitos la oficina número 27 de CaixaCatalunya-CatalunyaCaixa-CatalunyaBanc-BBVA, en la calle Constitución, 56-58. Cerró como tantas sucursales bancarias programadas por el expolio de corbata. La crisis se les ha vuelto en contra, como un bumerán de verdades.

Cerró la oficina 27 de la entidad bancaria, situada en el barrio de la Bordeta, entre la tienda de instalaciones de aire acondicionado y calefacción Air-Mant y la farmacia Briera.

Al poco, la ocuparon.

Allí vive una familia multiplicada por tres –tres familias en una: abuelos, hijos y nietos.

Se convirtió en ventana el vacío dejado por el cajero automático, abierto a las chapas de hierro como un cuadro de Chagall.

En sofás de varias piezas –butacones de la basura, desfondados, ligados por sus brazos– se convirtió la salita en laque hacían cola los hombres buenos, grillos que chirriaban las facturas impagadas: pensionistas, soldadores, mindundis varios que ingresaban (menos) y sacaban (más).

Se convirtió en una pared blanca la ventanilla del cajero, donde Reportero Jesús había pagado: pagó el importe del máster de reporterismo y «periodismo avanzado» de la Facultad de Comunicación y Relaciones Internacionales Blanquerna de la Universitat Ramon Llull; pagó el importe del curso de fotoperiodismo del Instituto de Estudios Fotográficos de Catalunya; pagó el taller de crítica cinematográfica de la Asociación Catalana de Críticos y Escritores Cinematográficos… Así que este reportero conocía bien la cueva de Alí Babà, puesto que acabaron gaseando a los colectivos más vulnerables con productos tóxicos (participaciones preferentes, bonos convertibles, obligaciones subordinadas). Con la crisis económica y social del Big Crap (2008-sine die), muchos abuelos perdieron sus ahorros. No los perdieron; se los quitaron.

—¿Quién es? –lanza, y le sale como un «quién va», «quien ronda», «ah de la casa».

La señora saca la cabeza por la cortina de ensambladura blanca, sutilmente elaborada con mariposas y bolillos holandeses, un visillo blanco, finita, de manufactura textil.

Podría tener cincuenta años. Aparenta tener setenta. Barbilla prominente. Redondeada carita, con nubes blancas y rosáceas extendiéndose por la piel tostada. Gallinacea, imperturbable, afilada.

Vestida de zíngara. Pañuelo de vistosos colores en la cabeza, honrada pirata goytisoliana, sin barba roja y negra ni pata de palo ni parche pegado al ojo. En siglos pasados habría surcado mares a bordo de The Flying Joan, la nave del corsari Walter Raleigh.

—¿Quién es?

Se presenta el periodista.

Le da paso a su morada, la antigua entidad bancaria de Caixa Catalunya.

Que desde hace cuatro años reside en este local, abandonado por los afectados de «los fondos estructurados», terminología alambicada que el poder utiliza para cubrirse las espaldas ante posibles demandas judiciales: es tan difícil de interpretar «fondo estructurado» que puede significar una cosa o su opuesta. Por eso es tóxico.

Que la familia está compuesta por sus tres hijos y sus nueve nietos, niños entre 5 y 11 años, descalzos.

Que se dedica a la recogida de chatarra.

Que una asistenta le da un vale para intercambiar por comida en los supermercados Mercadona («Supermercados de confianza»).

Que de ninguna manera se pueden permitir acceder a un piso, tasados en más de doscientos mil euros en la zona.

Que nadie más le ayuda.

Que ni Dios le ayuda: «¿Quién me ayudará, Dios?», impreca.

Que la cosa está jodida. Lo de siempre.

Que van tirando.

Que no esperan nada de nadie.

Que no hacen daño a nadie.

Que con los vecinos, bien.

Que aquí paz y después gloria.

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