Sepulcros blanqueados

La crisis, se dice, nos obligará a inventarnos un mundo nuevo. No se sabe si mejor o peor. Pero, en todo caso, esta opinión, tan extendida, tendría que ser matizada por una cuestión de calendario. Es previsible que, tras el confinamiento y a corto plazo, el nuevo mundo se parecerá bastante al antiguo. Lo cual obligará a muchos negocios a realizar un esfuerzo añadido de maquillaje para, como los camaleones, aparentar lo que no se es, mientras llegan los cambios reales, si es que lo hacen. El post-Covid 19, en fin, se anuncia, pase lo que pase, como un tiempo de sepulcros blanqueados.

Según San Mateo, Jesús comparó a los fariseos con sepulcros blanqueados, relucientes por fuera y descompuestos por dentro, para denunciar la farsa, el ocultamiento de la corrupción. Jesús fustiga el pecado de la hipocresía. Aparentar por fuera lo que no se es por dentro. Personas que de palabra se distancian de los actos de corrupción, pero en realidad la siguen practicando en cuanto se les presenta la ocasión.

Más que la pura barbarie, me da miedo la barbarie con rostro humano: implacables medidas de supervivencia que se imponen con pesar e incluso mostrando simpatía”, sostiene Slavoj Žižek. Simpatía que, en la comunicación de masas, se traduce en relaciones públicas, publicidad, contenidos patrocinados, iniciativas humanitarias, proyectos de reconstrucción, actividades desprovistas de lucro… Todo un arsenal para hablarnos de gloria, paz y felicidad, como la historia cierta de los siete cielos, que canta Jaume Sisa. Un paraíso de papel couché, que dirían los clásicos, o de exuberantes pantallas a gogó.

Sin ir más lejos, ya estamos en pleno territorio verde, algo no de hoy, pero llamado a elevarse a los altares. Cosa que no quiere decir, claro, que, de la noche a la mañana, los coches y los aviones dejen de consumir combustibles fósiles, que se pare la extracción de petróleo, desaparezca el plástico de nuestras vidas o se deje de contaminar agua, tierra y aire con productos químicos. No importa. Todo parece indicar que las cosas van por ahí, pero como no somos alquimistas capaces de transformar cualquier metal en oro, pues pintemos las cosas del color adecuado, para así hacer ver que el cambio de color conlleva una modificación del sentido.

Coches más verdes, contacto con la naturaleza, aunque sea en modo digital; viajes más controlados, aunque sigamos ampliando aeropuertos; turismo más sensato, incluidos soberbios cruceros; menos ropa, pero sin pasarnos… Un mundo feliz, quizá como el de Aldous Huxley, que anticipaba el desarrollo en tecnología reproductiva, cultivos humanos, hipnopedia y manejo de las emociones por medio de drogas que, combinadas, cambian radicalmente la sociedad

El sector, en fin, de los gurús, de la estrategia de negocios, los procedimientos de blanqueo, el tratamiento de imagen, la publicidad y propaganda, el rediseño de looks, los planes de comunicación…, está de enhorabuena. Nadie que se precie en el mundo del libre mercado podrá prescindir de tan agradable compañía. Son los prestidigitadores llamados a construirnos un mundo de apariencias mejor, en el que, como en las redes sociales, tendremos que aprender rápidamente a diferenciar lo real (algo de lo que se tiene certeza, se ve, se comprueba…) de lo aparente: ilusión de algo que aparenta ser. Como en tiempos de Cristo, en fin, estamos llamados a prestar especial atención a los sepulcros, que se blanqueaban para no pasar inadvertidamente por ellos, contrayendo impurezas, según la Torá.

En cualquier caso, como recalca Žižek, “no habrá ningún regreso a la normalidad, como antes la entendíamos. La nueva normalidad tendrá que construirse sobre las ruinas de nuestras antiguas vidas. Tendremos que aprender a sobrellevar una vida mucho más frágil y comprender que no somos más que seres vivos entre otras formas de vida”. Todo ello, con la inestimable ayuda de la publicidad.

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