Lecciones del coronavirus

Si esto de la Generalitat aguanta unas cuántas temporadas más, estoy convencido de que no tardará en haber un presidente que se llame algo parecido a Quim Tola o Pasqual Malagal. La presencia de ciudadanos y ciudadanas procedentes de la China entre nosotros es cada vez más evidente. Ellos y sus hijos y descendentes son catalanes y nos los encontramos detrás la barra de los bares, en los parvularios y las aulas de los institutos y universidades y, desgraciadamente, ejerciendo la prostitución.

Los domingos tengo la costumbre de desayunar en uno de los muchos bares regentados por chinos. Son una familia, con el hijo pequeño que corre y juega entre las mesas. Se llama Jose. La madre se hace llamar Rosa y el padre oscila entre Juan y Paco, dependiendo no sé muy bien de qué. Esta mañana Rosa hablaba del coronavirus con un cliente habitual. Decía que sólo se morían los viejos por su culpa. El cliente añadía que de la gripe siempre se ha muerto gente y que Trump ha dicho que en abril esta epidemia habrá desaparecido. Y yo pensaba que entro en la categoría de viejo y que si me muero por culpa del coronavirus Rosa y el cliente lo atribuirán a mi edad.

Siempre me ha costado entender porque la gripe y los constipados son una condena inevitable a la que tenemos que hacer frente cada invierno. Y porqué hay una vacuna para la gente mayor y los trabajadores sanitarios y no para la gente que no forma parte de ninguno de estos dos colectivos. ¡Tantos algoritmos y tanta inteligencia artificial y cada invierno tenemos que pasar unos cuántos días en cama, con fiebre y mocos por culpa de unos virus tercos e invencibles!

De vez en cuando aparecen variantes de estos virus. Dicen que han mutado y que por eso cuesta aún más combatirlos que a los de toda la vida. El último es el coronavirus, que ha causado más de dos mil muertos en la China y que se nos ha ido acercando mientras todo el mundo cruzaba los dedos para que no se escapara del Lejano Oriente.

La solución de los problemas de la Humanidad no pasa por poner en cuarentena a las poblaciones que están contagiadas por un determinado virus. Una película sobre el virus Ebola empieza con el bombardeo y destrucción de una población en la selva africana, origen de una epidemia. El virus, sin embargo, acaba esparciéndose y llegando a los Estados Unidos.

No sé qué informaciones tiene Trump para afirmar que en abril el miedo al coronavirus será ya sólo una pesadilla que habrá dejado miles de víctimas mortales en países lejanos. Pero en vez de huir de los chinos como hacen no pocos estos días, lo mejor que podemos hacer es entender que las soluciones que necesita la gente, toda la gente, la de todas partes, no pasan por encerrarse en casa esperando que la tormenta se aleje sino por colaborar juntos en hacer frente a todos los virus –genéticos, informáticos, económicos, autoritarios e insolidarios- que tanto daño nos hacen.

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