Dejad que los muertos entierren a sus muertos

Francisco Franco falleció oficialmente el 20 de noviembre de 1975 a los 82 años, de una hemorragia intestinal. Su régimen, el franquismo, lo hizo después por ataque irreversible de democracia. Todo lo demás, incluido su re-entierro o la miserable asociación que ha hecho el nacionalismo catalán de Franco y el franquismo a España, es una instrumentalización interesada.

Se ha dicho, también de manera interesada, claro, que el franquismo despareció por obra y gracia de la muerte de su creador, Franco. Y no es verdad. Si la salud de Franco era, desde hacía tiempo, fatal (grave herida de guerra en Marruecos, accidente de caza, tromboflebitis…), la de su régimen era peor. Aunque le interesara a los vencedores occidentales de la II Guerra Mundial, el franquismo era contemplado de reojo porque, entre otras cosas, constituía una molestia para la propaganda liberal de EE.UU. y sus aliados. Cosa que, naturalmente, acabó trasladándose a las propias filas de la dictadura.

Así, ya desde los finales de los 50, coincidiendo con el llamado Plan de Estabilización, el franquismo del 36 empieza a hacer aguas, según certifican los historiadores. Veinte años después, en las filas del franquismo y, desde luego, en el mundo de la economía y en sectores sociales adictos al régimen, se sueña con la forma de sacudirse lo que consideran una rémora para sus intereses. Dicho con otras palabras: el franquismo estaba implosionando, a pesar de que aún seguía avalando sentencias de muerte.

Esto lo vieron los demócratas y muy en particular los comunistas, que fueron decisivos para acabar con el régimen. Las políticas de reconciliación, la acción de los partidos y los sindicatos clandestinos, de muchos intelectuales y estudiantes, de los barrios obreros…, que luchaban por la democracia, fue la catapulta que acabó derribando el tinglado franquista. Y así llegó la democracia del 1978, mediante un pacto entre el franquismo agónico y quienes, de un modo u otro, habían luchado contra él, desde fuera.

De ahí arrancó la transición democrática, y de ahí nació la Constitución del 78, una especie de milagro, al que cualquier demócrata debe estar especialmente agradecido. Y todo esto, sin lugar a dudas, no ocurre como la gestación de la Santísima Virgen María, sino con sus correspondientes agravios y desagravios, filias y fobias, heridas y cicatrices ¿Qué quedó del franquismo? Lo que queda de cualquier dictadura e incluso menos. Nostálgicos, que hacían las delicias del izquierdismo de algarabía, o que iban a misa el 20-N en Cuelgamuros. O sea, símbolos y, cómo no, la polvareda de rencores, frustraciones o lo que sea que dejan tras de sí muchos años de ejercicio despótico del poder, tras una guerra civil. También un monumento macabro, el Valle de los Caídos, del cual no se sabe bien su sentido, y donde se enterró a Franco.

Ahora, 44 años después, sus despojos han sido trasladados a otra tumba y la cosa, que debería haber ocurrido más bien en la intimidad, se ha convertido en un espectáculo, por obra y gracia de los medios de comunicación, que no pierden ripio en incrementar audiencias a costa de truculencias, y de estamentos políticos que no se sabe bien si son sus mentores o sus monaguillos. Ruido, en fin, instrumentalizado para cada cual llevarse el agua a su molino.

Y para ruido, desagradable, ruin, interesado, mentiroso, innombrable, el que viene desatando el nacionalismo catalán cuando asocia el franquismo a España. Solo quien no ha conocido el franquismo, se ha beneficiado o formaba parte de él y que actúa con la peor mala baba es capaz de acuñar semejante figura. Pero ahí está, para consumo de propios. Nada de extrañar, entre quienes, por ejemplo, llegan a decir en público que debería prohibirse arrojar basura al Mediterráneo, a propósito del fallecimiento de un piloto militar en el Mar Menor. En fin, siguiendo la recomendación del Evangelio según San Lucas: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos”, aunque sea por puro ejercicio de salud mental.

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