Reconstruir Cataluña

Es hora que los catalanes –todos aquellos que vivimos y, a pesar de todo, sobrevivimos en Cataluña- nos pongamos de acuerdo para sacar adelante el país. Más allá de las aparentes diferencias abismales que nos separan los unos de los otros por la desquiciada disquisición independentista, hay algo que nos une, a pesar de que no lo verbalizamos muy a menudo: habitamos uno de los lugares más maravillosos del planeta Tierra, donde están presentes todos los elementos que nos permiten ser felices.

Tenemos playas de arena fina y tenemos nieve en la cordillera pirenaica. No hace demasiado frío en invierno ni hace demasiado calor en verano. Tenemos unos paisajes magníficos y una naturaleza diversa y rica. Tenemos ríos caudalosos que nos procuran agua dulce. El Sol y el viento, si los sabemos aprovechar bien, nos pueden proveer la energía que necesitamos. La gran superficie boscosa, especialmente en los Pirineos, absorbe el CO2 y nos libera oxígeno en abundancia.

Objetivamente, no hay punto de comparación entre la calidad climática y medioambiental de Cataluña con la otros territorios que a menudo nos ponemos como referencia y que, quiméricamente, nos producen envidia. ¿Qué catalán –teniendo lo que tenemos- querría marchar a vivir a un país frío y oscuro como Estonia? ¿O a Finlandia? ¿O a Islandia? ¿O a Kosovo? ¿O a Noruega? ¿O a Dinamarca? ¿O a Bélgica? ¿O a Suecia? ¿O a Eslovenia?

Tenemos la inmensa fortuna de habitar en este triángulo que dibujan el Noguera Ribagorzana/Ebro, los Pirineos y el Mediterráneo. La agricultura, con buenas prácticas, nos provee los alimentos de calidad que necesitamos para nutrirnos. El mar, los peces que complementan una dieta sana. Debemos estar agradecidos a los antepasados que poblaron estos lugares y que resistieron todas las adversidades de la historia para mantenerse en pie en este territorio privilegiado y legarnos su herencia.

En Cataluña, somos solo 7,5 millones de habitantes. Una gota de la humanidad: el 0,1% de la población mundial. En comparación con las enormes megalópolis, que se han convertido en caóticas e impracticables, nuestras ciudades –empezando por la capital, Barcelona- tienen una dimensión racional y accesible. Pasada la dictadura, hemos vencido la tentación, modulada por las instituciones democráticas, de sucumbir a un urbanismo agresivo, ferozmente especulativo e inhabitable.

Por mil caminos burocráticos y políticos -a menudo, tortuosos y con retraso- nos hemos dotado de unas infraestructuras de primera división europea: puertos, aeropuertos, autopistas, cinturones, tren de alta velocidad, metro… Queda trabajo por hacer, obviamente, pero las piezas fundamentales ya están construidas y consolidadas.

A pesar de los salvajes recortes presupuestarios perpetrados por PP-CiU y los embates de los tiburones liberalizadores, hemos conseguido preservar una red pública de servicios sociales (hospitales, escuelas, universidades, centros para la gente mayor…) de alta calidad, de la cual nos tenemos que sentir orgullosos y que tenemos que continuar ampliando. La lengua y la cultura catalana –digan lo que digan los catastrofistas- está afianzada y salvada de las inercias predadoras de la globalización… si los catalanes no dimitimos de nuestra responsabilidad personal y colectiva de usarla. (Modestamente, yo lo hago escribiendo y hablando en catalán con la familia y los amigos: ésta es la vía).

El proceso independentista, ya lo he expresado muchas veces, es una “guerra” estéril y una pérdida de energías y de tiempo. Desde el año 1986 (¡hace 33 años!), el Estado español –y, por consiguiente, Cataluña- forma parte de la Unión Europea. Esto ha cambiado completamente nuestras coordenadas políticas y económicas. Intentar ligar nuestro presente con el 1640, el 1714 o el 1939 es una ucronía. Quien no lo vea así es ciego.

La Unión Europea es un proyecto de futuro que promueve la integración de los 500 millones de habitantes de los 28 estados miembros y, a la vez, garantiza un marco democrático de respecto a las libertades y a los derechos humanos y de bienestar económico y social. En este contexto, introducir el derecho a la autodeterminación de las viejas naciones medievales –como pretende el movimiento independentista catalán- es un disparate político que, si prosperara, torpedeará y destruirá el edificio comunitario construido después de la terrorífica II Guerra Mundial.

¿A quién beneficia la hipotética independencia de Cataluña? En síntesis: a todas las grandes potencias mundiales que se disputan la hegemonía en el tablero internacional (China, Estados Unidos y Rusia, principalmente), a las cuales interesa que la Unión Europea fracase para poder ensanchar sus dominios. Los independentistas catalanes –que se proclaman supereuropeístas- son, en realidad, el caballo de Troya de los antieuropeístas: unos tontos útiles.

El proceso independentista –que tiene su origen en la Operación Salvar Oriol Pujol– ha destrozado Cataluña. No solo por la deslocalización de la sede social de 5.000 de las empresas más importantes, entre las cuales las dos grandes entidades financieras del país. O por la humillante aplicación del artículo 155 y el inaceptable autosecuestro del Parlamento que sufrimos. Lo más grave es que ha fracturado la sociedad catalana en dos bloques prácticamente simétricos (independentistas y no independentistas) que obstaculizan y paralizan la adopción de los grandes acuerdos que necesitamos para avanzar todos juntos: por ejemplo, la aprobación de los presupuestos o la construcción intensa de vivienda social para solucionar el drama de la crisis habitacional.

Yo soy muy respetuoso con los sueños de cada cual y, en este sentido, me parece muy bien que haya quien idealice una república catalana independiente. Pero ya hemos constatado que intentar llevar este sueño a la práctica es una fuente de dolor. Para todo el mundo: para los políticos presos y sus familias; para quienes han decidido marchar al extranjero; para todos aquellos que sufren frustración por los acontecimientos post 1-O; para todos aquellos que, por múltiples razones –totalmente legítimas- se oponen al proyecto independentista y no quieren romper los vínculos con el Estado español.

La causa secesionista ha servido para socializar el dolor intenso e íntimo de la familia Pujol por su caída en desgracia, que lamento y que respeto. Pero el precio que hemos pagado el conjunto de los catalanes por esta tragedia particular es altísimo. El resultado es la destrucción del alma de la Cataluña moderna, fundamentada en el pluralismo, la tolerancia y el pragmatismo.

Lo único bueno de las guerras es que hay un día que se acaban y que después de la destrucción llega la hora de la reconstrucción. En Cataluña estamos en este momentum: el independentismo ha arrasado el templo de la convivencia y, después de la estrepitosa derrota que ha sufrido, a todos nos toca perdonar, reconciliarnos y emprender la esperanzadora tarea de la reconstrucción.

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