La II Guerra de Sucesión

Con la petición de la Fiscalía Anticorrupción de ingreso inmediato en prisión de Oriol Pujol, culpable confeso del caso de corrupción de las ITV, se cierra el periodo de excepcionalidad que hemos vivido/sufrido en Cataluña desde hace más de seis años. No pasará mucho tiempo: la pena pactada ante el tribunal a finales de julio es de 2,5 años y, entre pitos y flautas, el hijo del ex-presidente de la Generalitat restará encerrado unos seis meses.

La imputación judicial en 2012 de Oriol Pujol, destinado a ser el heredero de la dinastía pujolista al frente de Cataluña, marca el inicio del actual proceso independentista. No nos equivoquemos: ésta y no otra es la causa de todo. Si rebobinamos la historia lo veremos más claro.

La sentencia del Tribunal Constitucional que amputó el nuevo Estatuto es del 28 de junio del 2010. Esto no fue ningún obstáculo para que durante el año 2011 y la primera mitad del 2012, Convergència y PP se apoyaran mutuamente en Barcelona y Madrid para garantizar la estabilidad de los gobiernos presididos por Artur Mas y Mariano Rajoy.

Son habas contadas: ¿qué pasó en el año 2012 para que el pacto CDC-PP se fuera a pique? Si repasamos la hemeroteca constataremos que el único hecho remarcable, además de los salvajes recortes presupuestarios perpetrados por el gobierno de Artur Mas –con el apoyo del PP de Alícia Sánchez-Camacho– fue la imputación judicial de Oriol Pujol, que acababa de ser designado secretario general del partido en el congreso de Reus y, por consiguiente, candidato in pectore, a la presidencia de la Generalitat.

Jordi Pujol interpretó esta medida punitiva contra su hijo como una ruptura unilateral del “pacto de Estado” que había sellado con el rey Juan Carlos I para consolidar la estabilidad política de España y Cataluña, que había funcionado desde hacía más de un cuarto de siglo, y que garantizaba, de facto, la existencia de un virreinato en Barcelona con derecho a la sucesión dinástica, como en La Zarzuela. Con la imputación de su hijo Oriol, esta fórmula hereditaria quedaba quebrada.

La reacción de Jordi Pujol ante esta “jugada indigna” fue hacer “un Banca Catalana”. Es decir, movilizar a las masas nacionalistas en la calle para conseguir doblegar la acción de la justicia, como pasó en 1984 con la quiebra de la entidad financiera fundada por el ex-presidente de la Generalitat, que acabó con el archivo de la causa sumarial.

Pero Mariano Rajoy, al contrario que Felipe González, mantuvo el pulso que le hacía Jordi Pujol y, en vez de arrugarse, encajó el reto y redobló la ofensiva. Artur Mas rompió el pacto con el PP y convocó elecciones en clave independentista. Madrid abrió el “dossier secreto” de la corrupción pujolista y es de este modo que salen las cuentas de la familia Pujol en Andorra y estalla el caso del 3%, que dinamita a Convergència Democrática.

La guerra rebasa la confrontación partidista CDC-PP y deriva en un choque entre la dinastía Borbón y la dinastía Pujol, que se consideraba titular del virreinato de Cataluña y al verse desposeída de este derecho pone en marcha el proceso de independencia. Esta es la dimensión de todo lo que hemos vivido en estos últimos seis años.

Las bajas de un lado y de otro se acumulan: toda la familia Pujol está imputada judicialmente, el rey Juan Carlos I –que había hecho suculentos negocios en el pasado con empresarios pujolistas- se ve obligado a abdicar en su hijo Felipe para salvar a la familia Borbón de los escándalos financieros, Iñaki Urdangarín es sacrificado por la Zarzuela y va a parar en prisión, Artur Mas tiene todo el patrimonio embargado por el 9-N, los líderes políticos del 1-O están en la cárcel, Carles Puigdemont –el “nieto” de Jordi Pujol- se declara en rebeldía y huye a Bélgica, Mariano Rajoy es tirado a la papelera de la historia por una moción de censura que cuenta con el apoyo de los partidos independentistas y el rey Felipe VI ve cómo le baila la corona por las grabaciones del ex-comisario Pepe Villarejo, un mercenario sin escrúpulos que intervino en la operación contra Pujol, que comprometen –dicen, dicen, dicen- a su mujer, la reina Letizia.

Estamos en el siglo XXI y en la Unión Europea. En este contexto, las guerras de poder se libran con las armas de la información, la desinformación, la manipulación, los lobbys de influencia y la creación de marcos mentales que determinan los comportamientos electorales. Desde el primer momento que estalla el caso de las ITV y la imputación de su hijo, Jordi Pujol busca un pacto que suponga su exoneración, como pasó con Banca Catalana.

Esta es la clave: esta vez, el pacto para enterrar la corrupción pujolista a cambio de apaciguar el envite secesionista no ha funcionado, ni con Mariano Rajoy ni tampoco con Pedro Sánchez (como se esperaba). Artur Mas pidió el pacto y ha acabado condenado e inhabilitado. Carles Puigdemont pidió el pacto y ha acabado viviendo en Waterloo. Quim Torra ha pedido el pacto y corre el riesgo de ser imputado y embargado si, más allá de las proclamas de cara a la galería, osa romper de verdad el marco constitucional. La petición de la Fiscalía Anticorrupción de mandar de inmediato a Oriol Pujol a la prisión es el colofón de este ciclo histórico de Cataluña.

Todos los catalanes, pensemos como pensemos, nos hemos visto arrastrados a esta guerra dinástica Borbones-Pujol, que ha tenido unos efectos devastadores para nuestra sociedad. Hay que decir las cosas por su nombre: el independentismo pujolista ha sido derrotado por las fuerzas del Estado de manera apabullante, fulminante y humillante, sólo con el código penal, la Fiscalía y los tribunales.

La II Guerra de Sucesión (2012-18) ha sido, a diferencia de la del 1701-14, muy poco heroica y honorable. Y es que, en la era de Internet, la historia va muy rápido y las “batallitas de los abuelos”, si no van acompañadas de sangre y “gore”, pierden rápidamente interés y vigencia. ¿Qué independentista está dispuesto a morir para salvar a Oriol Pujol de entrar en la prisión por el caso de las ITV? Esta es la cuestión.

De momento, Jordi Sànchez, Jordi Turull, Josep Rull y Joaquim Forn -todos ellos conspicuos pujolistas- han empezado una huelga de hambre de incierto desenlace.

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