Las maldiciones de la Bolsa

Los agentes de Bolsa son malos perdedores, quieren ganar siempre y así comprobamos que cuando las acciones suben como la espuma, su euforia traspasa las fronteras y envuelve al mundo, pero, si ocurre lo contrario, y las acciones caen y caen y caen, nos amenazan con el infierno, nos advierten de un mundo en llamas en el que sólo podremos comer cenizas.

Sin embargo, el mundo continúa. Como continúa cuando el hombre común pierde, como continúa cuando el hombre común queda sin trabajo y se gasta, a veces, las valiosas horas de su vida y de sus ahorros (si los tiene) paliando el vendaval de no tener ingresos y de tener que gastar sus reservas para buscar empleo. En esos momentos, no hay alarma si el mundo de las acciones sube como la espuma. En esos momentos, el hombre cesante, si ve las noticias de ese mundo que va como la espuma, se siente un paria, un podrido.

Porque si las acciones suben hasta casi tocar el cielo, el resto del mundo no importa, porque el juego continuo de las acciones es un mundo paralelo que cuando toca el mundo real, puede arrasarlo y, entonces, no hay promesa del infierno porque al mundo de las acciones, de la Bolsa y de los mercados, sólo le importa su propio mundo. La amenaza de un mundo en llamas es una reacción neurótica e histérica de unos cuantos agentes de Bolsa que no quieren verse sumidos en esa miseria que detestan y que les es indiferente cuando no es la suya.

Porque ese mundo en llamas, ese infierno que proclaman venidero cuando hay una crisis financiera, ya existe. Existe para los más de 2.000 millones de hambrientos del mundo real, existe para quienes mueren de inanición cada 10 segundos, existe para quienes están envueltos en las garras sulfurosas de la guerra, y también existe para quienes viven el presente como el último segundo de sus vidas.

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