Entrevista a Edmundo Sepa

Especialista en emigración y cooperación internacional
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Especialista en emigración y cooperación internacional. Profesor colaborador en la Universidad Abat Oliba. Estuvo afiliado a Convergencia Democrática. Acaba de publicar un libro («¿Convergente, conveniente o intruso?» Ediciones Wanafrica ISBN 978-84-17150-08-2) en el que denuncia los despropósitos de la extinta Fundación Nous Catalans, dirigida por Ángel Colom, ex-secretario general de Esquerra Republicana y entonces responsable de emigración de CDC.

¿Qué hace un señor como usted en un lugar como Convergencia Democrática?

Esta pregunta me la hice muchas veces. Como explico en el libro, la decisión de incorporarme a Convergencia fue parte del proceso de formación que me había planteado, que era conocer el sistema de partidos en España. Soy originario de Guinea Ecuatorial, de la etnia Bubi, con sentimiento nacionalista, y encontré acomodo en Convergencia, sobre todo en mi primea etapa, del año 1998 al 2004, aproximadamente. En esos años, participe en la creación de la primera sectorial de política internacional, con Lluis Recoder, que fue alcalde de San Cugat del Vallés. También trabajé en la creación de la sectorial de inmigración, cuando Oriol Pujol era responsable del área de acción social. Mi colaboración consistía en aportar experiencia y conocimientos para consolidar una línea de trabajo en esos ámbitos. Yo me sentía entonces a gusto en el partido.

¿Trabaja Ud. entonces con algún movimiento o entidad?

En el año 1989, yo había creado mi propia ONG para la cooperación y el desarrollo. Entonces, formaba parte de la junta directiva de la federación catalana de entidades sin ánimo de lucro, de la cual era tesorero cuando estalló el conflicto de la Región de los Grandes Lagos. A partir de esta experiencia es cuando empecé a colaborar con Convergencia, que hacia el año 2001 había creado el primer consejo para la inmigración. Participé en él hasta 2004, año en que recibí la oferta de trabajo de una fundación, donde estuve hasta 2011, desarrollando tareas de investigación sobre inmigración, derechos humanos y género, y que la dejé cuando me dijeron que no me podían seguir pagando, a consecuencia de la crisis. Así, desde 2005 hasta 2012 estuve apartado de Convergencia. En ese período se había creado la secretaría para la inmigración, al frente de la cual se puso a Ángel Colom. Yo le conocía desde hacía tiempo y estuvo buscándome para que le ayudara. Le respondí que no podía, que estaba muy ocupado en otro trabajo y fue entonces cuando me dijo que tenía la idea de crear una fundación dedicada a la inmigración. También le dije que se mi pagaba yo podía ayudarle en temas puntuales. Y la cosa quedó en el aire. Colom creó la fundación Nous Catalans en 2011 y fue entonces cuando yo, que me había quedado sin trabajo, me acerqué a él. Insistió en que colaborara y me ofreció la plaza de coordinador del área de la inmigración subsahariana

¿Con que finalidad nace Nous Catalans? ¿Con la de prestar soporte a inmigrantes o más bien con la de vincularlos de algún modo a Convergencia?

Sí, era esto último lo que se perseguía. Pero yo le dije que como técnico no podía dedicarme solo a politiquear con un grupo de personas con grandes carencias y necesidades. La Fundación funcionaba con directores de diferentes ámbitos, por áreas de procedencia geográfica de grupos de población inmigrada: espacio marroquí, latinoamericano, Asia, subsahariano… Y al frente de cada uno había alguien procedente de esa zona. Yo estaba encargado de la población negra, subsahariana. Desde el punto de vista económico, jurídico, de las necesidades de inserción, todos los emigrantes son iguales. Pero, cada grupo de población tiene también algo específico. De ahí, esa organización.

¿En cualquier caso, Nous Catalans se dirigía a la que podríamos denominar nueva emigración, no a los emigrantes en general, incluidos los procedentes de otros lugares de España?

Esto es importante de matizar. Porque un murciano tiene la Casa de Murcia, su espacio propio de encuentro entre ellos. Lo mismo los gallegos, por ejemplo, que se reúnen con mucha frecuencia o la Federación Andaluza. En cambio, otros grupos no tienen esas posibilidades. O sea, que una cosa es el reconocimiento de la diversidad y otra el afán manipulador. Lo que ocurría con Nous Catalans es que, al final, las cosas a que se comprometía, como en mi caso, con la comunidad africana, no se hacían. Todo se reducía a mítines políticos, mientras la gente tenía sus problemas sin resolver. Y es ahí donde surge el problema. Pero, en cualquier caso, no podemos comparar la emigración desde España con la que nueva emigración extra-europea. Cuando a mí me plantea Nous Catalans que se va a tratar de ayudar a esta gente me parece bien, claro. Lo malo es cuando esa promesa se convierte en una instrumentalización.

¿Cuál era la visión de Nous Catalans respecto a los nuevos emigrantes? ¿Paternalista, condescendiente, interesada… o más bien altruista o solidaria?

Había un supremacismo exagerado, porque la forma en que se estructuró ya era en sí misma un escándalo. Ni yo, ni ningún responsable de cualquier espacio podía acceder a altos cargos del partido. Todo pasaba a través de Ángel. Actuaba como un gobernador o un virrey: «tú encárgate de controlar a esta gente, domínala, y haz con ella lo que quieras». Y eso le hizo crecerse. Y yo me preguntó ¿Cómo un partido político tan serio pudo cometer un error tan grande? De hecho, Ángel Colom había pretendido, desde la creación del Consejo para la Emigración, en el año 2001, controlar este espacio. Y como no le salió fue entonces cuando se fue a Marruecos, de donde volvió diciendo que ya tenía una experiencia en emigración.

¿Y de dónde salía el dinero para Nous Catalans?

Yo no lo sé. Pero había empleados, cargos, muchos gastos… Y los blancos, los nativos catalanes, estaban en nóminas, cobraban. Ya lo explico en el libro. Los otros, los emigrantes que estábamos en los espacios no cobrábamos. Lo cual me parece de un supremacismo exagerado. Y lo que a mí me sorprendió y disgustó mucho es que los demás compañeros de los espacios o no decían nada o me pedían que interviniera yo, haciendo valer la que creían una relación más estrecha mía con Colom. Lo procedente hubiese sido no que yo presentará una demanda, sino que lo hubiéramos hecho todos los directores de los espacios. Porque todos estábamos maltratados de la misma forma. Pero yo me dije «Soy sociólogo, un profesional, tengo un currículo (el de Ángel Colom no es superior al mío), soy ciudadano, miembro del partido, incluso antes que él, y no voy a tolerar que haga esto conmigo». Aunque me costó muchísimo demostrar el compromiso laboral que habían contraído conmigo, seguí adelante con la demanda.

¿Cómo funcionaba la operativa de Nous Catalans?

En mi caso, hice un pequeño estudio de campo para conocer las necesidades reales de la gente, que yo canalizaba hacia la fundación, siendo consciente de que algunas cuestiones, como los papeles, son competencias de carácter estatal. Pero sí que se podían hacer cosas en políticas sociales. Hasta que empecé a constatar que mis propuestas no eran atendidas. La gente se fue desentendiendo y, claro, me empezaban a ver como un vendido o un impostor. Esto me puso en una situación muy difícil respecto a la comunidad negra, hasta el punto que hay sitios donde no puedo ni aparecer. Y el escándalo fue tan grande que, en septiembre de 2016, Artur Más decidió echar el cierre de Nous Catalans. Yo intenté llevar el tema a la dirección del partido, pero no se me hizo caso.

¿Qué sentido podía tener promover adhesiones de emigrantes a CDC si la mayoría de ellos no tienen ni derecho al voto?

Esa una de las cosas que a mí me sorprendía. No votaban, pero sí que podían ir a los mítines y contribuir con ello a hacer bulto, algo que vende en política. En el caso africano, el colectivo es muy fragmentado. Hay quienes tienen nacionalidad española, lo que tienen residencia, los sin papeles… Por tanto, es difícil cuantificarlo, aunque puede estar entre 150.000 y 200.000 personas. De ellas, la inmensa mayoría están en situación precaria. Es un colectivo con poca capacidad de influencia política, pero, claro, mostrar que se tienen negros vende mucho: «No somos racistas, integramos…», es lo que se quiere transmitir con la esa política.

¿Desde su perspectiva, como percibe actualmente el nacionalismo catalán?


Yo hablo de una endogamia en esa política catalana. Hay un cerrarse en banda de un grupo. Y tanto les da si eres catalán, de origen vasco o de cualquier otro lugar. Solo funciona la egolatría, el «nosotros», «nosotros» «nosotros». Y esto, naturalmente, me preocupa porque está acabando con todos los esfuerzos de integración que se han intentado llevar a cabo. Algunos me llamaban «afro-catalán» y yo siempre he dicho que me siento catalán de adopción, porque no renuncio a mis orígenes, pero tengo cariño a Cataluña. Yo he notado una deriva sobre todo desde el año 2013 para acá. Y no sé si la crisis económica ha podido influir el ello. Pero lo que es cierto es una casa caída se levanta mejor con muchas manos. En Cataluña, se hablaba de identidad, pero no había un ambiente abiertamente anti-extranjero. Ahora los discursos los veo más cerrados, aunque no creo que el caso catalán pueda semejarse a los movimientos xenófobos europeos que, en general, tienen un gran componente anti-emigración. A mí me gustaba cuando Convergencia decía que quería contribuir a la gobernabilidad de España.

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