El Brexit y el Catexit

El nacionalismo, «per se», no es una ideología pura. Y la historia nos enseña que cuando lo ha sido siempre lo ha hecho con un rostro populista, autoritario y totalitario. Dicho esto: hay un nacionalismo de derechas, un nacionalismo moderado, un nacionalismo de izquierdas, un nacionalismo ecologista, un nacionalismo comunista, un nacionalismo fascista… que, en democracia, ofrecen lícitamente sus ofertas políticas al electorado. Incluso existe un nacionalismo anarquista, aunque pueda parecer un oxímoron.

La razón de ser última del nacionalismo –con todas sus variantes cromáticas– es la proclamación de la independencia de un territorio o la reafirmación de las particularidades identitarias estatales en el contexto de construcciones políticas supranacionales, como sucede en la actualidad con el proyecto de consolidación europea, donde hay franceses, alemanes, británicos… que –en el sagrado nombre de la patria y de las tradiciones– son epidérmicamente refractarios. En este sentido, el nacionalismo fue el gran motor –no el único– de las dos grandes guerras mundiales, de los posteriores procesos de descolonización y de la desintegración del bloque comunista después de la caída del Muro de Berlín.

Ser nacionalista/independentista en el Europa del siglo XXI es hoy un anacronismo, muy respetable, que va en contra de los intereses objetivos de la gran mayoría de la gente. El destino de los europeos, a pesar de la disparidad lingüística que hemos heredado del pasado y que nos dificulta la comunicación, es la mezcla y la multiculturalidad. Además, necesitamos con urgencia el rejuvenecimiento de la pirámide demográfica –que sólo conseguiremos por la vía de la aceptación de la inmigración masiva– para mantener los pilares del Estado del bienestar, un hito en la evolución de la humanidad que tenemos que defender, como el bien más preciado, con uñas y dientes.

Por eso, desde el continente se hace muy difícil de entender la pulsión que hay en una parte significativa de la sociedad británica de querer cortar los vínculos con la Unión Europea (UE) y de hacer vida aparte en medio del Atlántico. Incluso el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, ha tenido que viajar expresamente en Londres para mirar de convencer a los parientes de los primeros «pilgrims» para que rechacen la tentación del Brexit en el referéndum del próximo día 23 de junio. Es obvio que la libra esterlina no tiene suficiente entidad para coexistir con la dinámica expansiva del euro y del dólar y que, más temprano que tarde, tendrá que integrarse en el espacio monetario común, del mismo modo que las empresas de la Gran Bretaña no pueden sobrevivir fuera del marco sin barreras interiores de la UE.

Paradójicamente, el Brexit amenaza la propia integridad del territorio británico. Y es que el Partido Nacionalista Escocés (SNP), mayoritario al norte del Muro de Adriano, ya ha advertido que forzará la celebración de un nuevo referéndum de independencia, que muy probablemente ganaría, en el supuesto de que el próximo 23-J el Reino Unido vote «out».

La UE es un «club» de adscripción voluntaria que federa sus estados miembros en un espacio comunitario con vocación de ser, en un futuro, los Estados Unidos de Europa. Tiene todo el sentido que la Gran Bretaña, del mismo modo que decidió apuntarse en 1973, decida ahora salir, aunque sea un error estratégico que los secesionistas pagarán muy caro en su bolsillo.

Aquello que ya es más complicado es que una «región» de un estado que forma parte de la UE y que no quiere dejar de formar parte de ella, quiera dejar de formar parte de este estado… para continuar formando parte de la UE. Establecer este precedente jurídico en la compleja arquitectura comunitaria es una bomba de relojería que amenaza la propia existencia del edificio europeo, puesto que de Cataluñas, dentro de las fronteras de la UE, hay unas 300 y el riesgo de implosión y de caos institucional es evidente.

En este sentido, el Brexit no es ninguna amenaza para la construcción de los Estados Unidos de Europa. En todo caso, el problema es de los británicos y de su voluntario aislamiento. En cambio, el Catexit no es, en realidad, un problema para los españoles, que siempre se saldrán sin nosotros: es un misil que estalla en el corazón de las instituciones de Bruselas al abrir la puerta a la secesión interna «ad infinitum» de los estados miembros. Si Cataluña sí ¿por qué Córcega no? Etcétera, etcétera.

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