El abismo

Ya lo explicitó Alfonso Guerra, con todas las letras: «A la izquierda de la socialdemocracia, el abismo». Y en esas estamos. La línea roja que pasa por Die Linke, en Alemania; Melenchon o lo que representa, en Francia; Corbin, en Gran Bretaña… y, desde luego, Syrizia en Grecia, se delinea ahora con nitidez en España, a juzgar por las inverosímiles contorsiones que se están produciendo para impedir un gobierno de progreso.

El «abismo», según Guerra no es, a todas luces, un accidente natural, sino una creación muy humana. Tanto que en su última versión se acuñó a mediados de los 40 del siglo pasado, al concluir la II Guerra Mundial, de acuerdo con un plan para Europa Occidental, diseñado y tutelado por los Estados Unidos de América (EUA), en el que no tenía cabida la izquierda comunista, a pesar de que en países como en Francia, Italia o Grecia había vertebrado la resistencia contra el fascismo. Como en la parábola del «Trigo y la cizaña» (lógica de la Guerra Fría), todo lo que no encajaba en el nuevo consenso político (bipartidismo dominante y alternancia de conservadores y socialistas en el gobierno) sería el llanto y crujir de dientes.

Se nos vendió (y compramos) una Europa libre, democrática, solidaria…, un balneario que, en realidad, era una fortaleza económica al servicio, como se decía en Francia, de los mercaderes. Y han sido los mercaderes y sus «consejos de administración» -es decir, los gobiernos de turno-, los que, golpe a golpe, (Europa del carbón y del acero, Euratom, mercado único, euro…) han ido construyendo esta Europa a medida del dinero y no de los ciudadanos. Así las cosas, nada de extrañar que el original décalage entre lucro y democracia, entre negocios e interés público, entre élites y ciudadanía haya derivado, aquí sí, en un abismo de Challenger.

Pero la cosa, cómo no, funcionó. Los padres de la patria (Konrad Adenauer, Winston Churchill, Jean Monnet, Robert Schuman, Paul-Henri Spaak, Altiero Spinelli…) fueron elevados a los altares, lo mismo que el arraigado liberalismo que profesaban, el bipartidismo político y el pensamiento único. De manera cruda en unos casos (Gran Bretaña, Alemania…), solapada en otros (Francia) o aparentemente caótica en alguno (Italia) se impuso la alternancia bipartidista que, en resumidas cuentas, pasaba por el yugo conservadores- socialdemócratas. Como en los EUA, se decía, de donde viene todo lo bueno, y que tanta ilusión despierta todavía en Antonio Banderas.

Allí donde las cosas no respondían ni por asomo al modelo, como ocurría en la Italia de 1976 -cuando el PCI con casi un 35% de los votos estuvo a punto de ganar a la Democracia Cristiana-, pues se hacía lo que hiciera falta (incluidos algunos atentados) para impedir que los comunistas accedieran al poder. En Grecia, pura y simplemente, se liquidaron a quienes no supieron captar a tiempo que en la conferencia de Yalta les había tocado formar parte de Occidente, donde los rojos estaban prohibidos. En Francia, un PCF de medio millón de afiliados -lo que le hizo creer al secretario de Estado americano Dean Acheson, que se iban a hacer con el poder de la noche a la mañana- y un 30% de votos al concluir la guerra, tuvo que abandonar su representación en el gobierno, porque era condición sine qua non para poder acceder a las ayudas del Plan Marshall. La España de Franco, claro está, no estaba ni se la necesitaba. Bastante tenía con dedicarse a su anticomunismo primario, mediante una tiranía.

Mientras hubo margen para repartir, conciencia, organizaciones de clase… y la Unión Soviética seguía enseñando los dientes, el modelo parecía rodar, hasta que llegaron las vacas flacas y el dinero se empezó a preguntar por qué santa razón debían seguir soltando cuerda social, cuando no había razones objetivas para ello. De la noche a la mañana, los socialistas, como el Rey del Cuento, se encontraron desnudos, mientras el «viejo topo» hacía aflorar nuevos sujetos políticos, no copiados del bolivarismo, sino acordes con las crudas realidades sociales. Llegados a este punto y como el «abismo» sigue vigente ¿qué hace el bipartidismo? Pues transformarse en un solo programa, como en Alemania; nombrar presidentes a dedo, como en Italia o cargarse por la tremenda la expresión popular, como en Grecia. ¿Y en España? A la vista está: apretar el botón del catastrofismo para, a toda costa, impedir que la izquierda transformadora pueda tocar poder. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

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