Parecía que se iban a comer el mundo, per casi nadie les ha hecho caso. Organizaron hace pocos días un sarao como las que se hacían antes en Barcelona, cuando eran tiempos de vacas gordas, el dinero público se derrochaba en proyectos faraónicos y la ciudad era una fiesta para los aduladores. Todo aquel que quería hacer negocio solo tenía que llamar a la puerta de Sant Jaume lado mar para conseguir la bendición papal. Todo valía para situar la marca Barcelona en el mundo y llenarse rápido los bolsillos a costa de una ciudad que se abría de piernas hechizada por los Juegos Olímpicos y la lluvia de millones. Y eso es precisamente lo que reclamaba un grupo de nostálgicos el 3 de julio pasado en la terraza de un café de la Rambla que no tenía nada de barcelonés.

El acontecimiento despertó mi curiosidad. Hablaban de una entidad ciudadana que no ponga tantos palos a las ruedas al turismo, que haga la vista gorda a la invasión del espacio público por parte de terrazas de bares y restaurantes, y que no haga tantos aspavientos ante los inversores inmobiliarios internacionales que vacían edificios y los convierten en hoteles y apartamentos de lujo. Se autodenominaban plataforma vecinal, teniendo claro que cuando hablaban de vecinos se referían a los del upper Diagonal, no a los del Raval, y no se escondían las ganas de hacer la vida imposible a la hAda Colau. Te recibían en la puerta con una sonrisa y un vaso de vermut. Si querías, podías hacerte una foto con el anfitrión en un photocall, pero el solanero que caía a aquellas horas disuadió a la mayoría.

Todos se arremolinaban bajo los toldos huyendo del sol como vampiros. Sedientos por tanto calor, los asistentes no hacían más que beber líquidos de todos los colores mientras que el volumen de los gritos y las carcajadas iba en aumento en paralelo a la ingesta de espirituosos. Unos estaban para quedar bien o porque se lo creían. Otros para dejarse ver oliendo elecciones o para compartir recuerdos de un tiempo pasado que espero que no vuelva por el bien de todos. Todo el mundo se conocía y cada nueva llegada era acogida con aplausos, besos y abrazos. Destaco especialmente la aparición del Padre Apeles -porque me impactó verlo en persona vestido de cura- y de Xavier Trias. En este caso, me sorprendió que lo recibieran como si todavía fuera el alcalde de Barcelona, cosa que demuestra que hay muchos que viven en otro mundo.

Entre el gentío destacaban por su altura dos personajes míticos de la historia de la ciudad: el hotelero Joan Gaspart y el fantasma de Josep Maria Sala, el dirigente del PSC condenado por el caso Filesa que no se pierde ni una fiesta porque tiene mucho tiempo libre. Xavier Sardà y Javier Mariscal se encargaban de poner un poco más de alegría porque éste es el oficio de los bufones, mientras que Jaume Collboni se sentía el rey de la fiesta que había organizado su amigo Roger Pallarols, alma del Gremio de Restauración de Barcelona e impulsor de la plataforma de marras. Jordi William Carnes llegó tarde y con prisas, y lo primero que hizo fue pedir agua. Hacía cara de pocos amigos, como es habitual, y nadie osó acercarse a un ángel caído.

Entre tanto famoso de segunda fila y tanto político de tercera, yo me sentía como una marciana. Por suerte no era la única. Me costó identificar a Alfred Bosch porque al principio lo confundí con una planta: inmóvil como un estaquirote bebía de su vaso y miraba fijamente un punto del infinito. A la otra punta, hacía lo mismo la regidora de Ciutat Vella, a quien nadie decía nada porque era invisible. Gala Pin no podía esconder la incomodidad que le provocaba el espectáculo y supongo que hizo lo mismo que yo cuando llegó a casa: refrescarse con una buena ducha. Dando vueltas intentando captar alguna conversación interesante localicé a Isabel Clara-Simó sentada en un rincón y no osé preguntarle qué demonios hacía en un lugar así porque hacía muy mala cara.

Me fui de allí como alma que lleva el diablo antes de que una desubicada Elisenda Roca, erigida en portavoz, acabase su monólogo y que la cantaora Mayte Martín empezase el suyo. Mientras caminaba intentando recuperarme de la impresión, me vino a la cabeza el milión de euros que Collboni prometió a su amigo de partido Pallarols para impulsar el sector de la restauración y que no verá nunca porque la propuesta se ha guardado en un cajón. Y recordé también el artículo de La Vanguardia del 8 de octubre de 2010 donde se explicaba que el entonces abogado de locales de ocio y regidor de comercio del gobierno Hereu fue uno de los nombres que la exregidora Itziar González nombró cuando declaró ante el juez por la trama de extorsiones, amenazas y apaños del caso Ciutat Vella. El mundo es un pañuelo.