Nadie puede negar que en los últimos dos años el tono de la política catalana y española ha ido subiendo. Y no precisamente en el buen sentido, sino que ha supuesto un crescendo en insultos, reproches, acusaciones, banalizaciones de graves conceptos y espectáculo escandaloso allá donde tendría que haber habido debate político. Esto ha ido acompañado de numerosas y cada vez más menudeadas manifestaciones a la calle con motivación política, generalmente vinculada al procés, tanto desde el lado constitucionalista como desde el bando independentista.

Pero el uso del tono elevado, de la agresividad dialéctica, de conceptos bélicos y de un lenguaje propio de duros enfrentamientos a las tribunas políticas ha hecho que los seguidores de los líderes que se comportan así se vean legitimados a las movilizaciones para elevar también su tono. Y en este caso, de vez en cuando la agresividad no toma sólo forma verbal. Y cómo que a las manifestaciones la gente que hay acostumbra a pensar todo el mundo el mismo, ¿contra quien acaban cargando? Pues contra la prensa que les graba o fotografía.

Las agresiones a periodistas –sobre todo gráficos– se han multiplicado de manera muy preocupante, y dentro del sector ya empiezan a reclamar medidas excepcionales que garanticen que la prensa pueda ejercer su trabajo de forma libre y segura, y desatada de los golpes de los cafres. Cómo en toda democracia sana, el periodismo tiene que estar libre de peligros.