Los cuerpos policiales siempre han tenido mala fama y no solo porque les pagamos para que nos peguen y nos pongan multas. En el pueblo de mi madre, en pleno franquismo, solo los más pobres de entre los muertos de hambre se presentaban voluntarios para guardia civil. Entonces no hacían exámenes. Por no hacer falta, no hacía falta ni saber leer ni saber pensar: con tener puntería y obedecer órdenes bastaba. Sin embargo, desde entonces los procesos de selección de agentes, sea de los cuerpos policiales estatales, autonómicos o locales, han ido evolucionando y exigiendo requisitos hasta casi rozar la perfección. El último caso ha sido el examen de cultura general que el Ayuntamiento de Barcelona ha hecho a los aspirantes a guardia urbano y que ha tumbado al 88% de los opositores dejando vacantes 11 de las 233 plazas disponibles.

La prueba, la primera y que tiene carácter eliminatorio, se celebró el pasado 15 de junio y es obligatoria por ley desde los años ochenta precisamente para evitar que los analfabetos con carnet franquista no se convirtieran tan fácilmente en funcionarios públicos. De los 3.903 inscritos a las oposiciones, 3.426 la suspendieron y no me extraña. La cincuentena de preguntas se ha convertido en viral e incluso betevé ofrece la posibilidad de responder el cuestionario para comprobar nuestra lamentable incultura. Hasta ahora han participado unas 50.000 personas. Yo también lo he hecho y, de todas las preguntas, mi preferida es la de Katie Bauman y su fotografía de un agujero negro. 

Puedo imaginarme la cara de estupefacción de los aspirantes a guardia urbano el día del examen de cultura general, con estas preguntas tan absurdas y llenas de faltas de ortografía vergonzosas, y los nervios con los que encararían las siguientes: el test de aptitudes y la primera parte de la quinta prueba consistente en tres cuestionarios de personalidad y competencias. Los sindicatos policiales han pedido la reformulación de las pruebas. Comisiones Obreras considera “desproporcionado” el número de suspensos en comparación con la anterior convocatoria, donde suspendió el 60%, y propone que la criba de futuros agentes se haga en la prueba del temario policial o que se haga una nueva que valore su vocación de servidor público.

El hecho no es motivo de broma y no solo para los opositores, que quizás se han quedado con un palmo de narices porque no sabían quiénes eran los fundadores de Neflix. Yo creo que alguien de recursos humanos y organización tendría que dimitir por malgastar recursos públicos y que la asunción de responsabilidades también tendría que ser política. Porque cada vez que el consistorio convoca oposiciones o bolsas de trabajo, ha de pagar una morterada en alquiler de aulas y en horas extras a los funcionarios que participan en la organización y la vigilancia de las pruebas. Capítulo aparte es lo que se embolsa la empresa que con tanta poca profesionalidad confecciona los exámenes y lo que debe de haber cobrado el tribunal integrado por 14 miembros y presidido por Jordi Samsó, gerente de Seguridad y Prevención hasta que Albert Batlle lo cesó. 

La propuesta que hay encima de la mesa para resolver esta pifia es reabrir la convocatoria para cubrir las plazas que faltan, probablemente durante febrero o marzo. El hecho, sin embargo, pone en entredicho el rigor de todos los procesos de selección de personal municipal. El único consuelo que tengo es que los nuevos agentes me podrán multar recitando La vaca cega de carrerilla.