La utilización confusa de términos y la creación de una neolengua en el espacio del independentismo ha sido constante e intencionada: “Dret a decidir”, “política de la gent”, “mandat democràtic”, “la desconnexió”, “les estructures d´estat”, “de la post-autonomia a la pre-independència”, “visió de país”, “espoli fiscal”, “acte de sobirania”, ... Es mi intención en este artículo, ceñirme a dos de estas expresiones tan manidas por su uso indeterminado y por su carácter polisémico: el de nación, en el que distinguiré entre nación política y nación cultural, y el de soberanía.

La nación política propia del ámbito jurídico, está caracterizada principalmente por el gobierno de la actividad económica, de los sistemas de protección social, de la seguridad, de las estructuras políticas y de las relaciones institucionales. Esta nación, así entendida, es una construcción moderna de finales del siglo XIX y principios del XX. Por su parte, la nación cultural define a las comunidades humanas unidas por determinadas experiencias históricas, rasgos culturales, creencias colectivas, y conciencia de pertenencia a un grupo. Esta nación, tiene connotaciones un pasado más lejano. La complejidad de las naciones políticas modernas, se caracteriza por su pluralidad, de manera que es frecuente que incluya la coexistencia de diferentes naciones culturales.

La Unión Europea, que agrupa a Estados complejos, necesitó delimitar estos conceptos. En el documento “El concepto de nación” aprobado por la Asamblea Parlamentaria del Consejo de Europa (13-12-2005) se identifica a los grupos de personas con características históricas, culturales, lingüísticas o religiosas, como naciones culturales. En la nación así reconocida desaparece cualquier vínculo con la soberanía política.  

La Resolución 2625 de la ONU de 1970 enfatiza el derecho de libre determinación como el derecho de toda la población de un Estado a participar de la vida pública, y entiende que, la democracia como esencia de la libre determinación interna de la colectividad que vive en un Estado, no permite levantar Estados en función de una lengua, de una raza, de una cultura, de un solo pueblo. En otras palabras, establece que la existencia de una nación cultural en un Estado democrático, no dota a esta de soberanía política. Por su parte, la Causa Justa planteada por algunos autores, considera que el Derecho Internacional puede reconocer y amparar una secesión unilateral cuando la nación política no reconoce a la nación cultural.

En los nacionalismos excluyentes, lo que predomina, es el binomio un Estado nación/una nación cultural, de manera que nación cultural y nación política pasan a ser una misma cosa. En este nacionalismo, su adhesión a una concepción de la cultura nacional auténtica, choca con el derecho a ser diferente y con el respeto a la autonomía individual. La identificación de la nación, sea esta española o catalana, con un modo de ser nacional, toma, de forma invariable, a la parte por el todo, dividendo y tensionando a la sociedad. Esto es lo que ocurrió con la aprobación de la “Llei per a la Transitorietat Jurídica i Fundacional de la República”, y el posterior referéndum del 1 de octubre, cuando el independentismo aseguró que se había dado un mandato a las instituciones políticas.  

Cuando se pone en primer plano este concepto de nación, referido uno a España y el otro a Cataluña, el debate tiende a utilizar un lenguaje inflamado caracterizado por las dicotomías y las polaridades maniqueas, en él, la confrontación ocupa mucho espacio y el diálogo poco, y dado su carácter rígido y absoluto se reducen sobremanera las posibilidades de concluir acuerdos. Gana una parte o gana la otra, no pueden ganar las dos al mismo tiempo.  

Los estados plurinacionales modernos se fundan en la distinción entre una ciudadanía única y compartida, y la existencia de varias naciones culturales diferenciadas. La ciudadanía conduce a la definición de una identidad política común en torno a la nación política, mientras la nación cultural permite abandonar los conceptos exclusivos de identidad nacional y que las personas, puedan, en esta esfera, definirse de forma particular y diferente, sosteniendo en este espacio diversas identidades de forma simultánea.

La política debe actuar sobre el estar, no sobre el ser. Al federalismo le preocupa la forma en la que todos, independientemente de los que seamos, pensemos o hablemos, podamos estar y ser libres en un espacio común, un espacio que, en nuestro caso, abarca inevitablemente a Cataluña, España y Europa.