Queda muy cool eso de preguntar a los otros qué piensan de una determinada cosa porque así parece que sus razones nos interesan mucho. Pero la realidad es que lo que opina el vecino nos importa un pimiento y si piensa diferente entonces nos importa todavía menos porque está equivocado y nos podríamos haber ahorrado la molestia de preguntar. Además, la mayoría de las veces la pregunta o está teledirigida o es tan absurda que difícilmente se puede esconder que lo único que busca es disimular que la decisión ya se ha tomado. Y como sabemos por experiencia que las respuestas las carga el diablo, al final decidimos que las consultas no sean vinculantes porque la gente siempre se equivoca.

¡Qué lejos nos queda Sócrates y su mayéutica! O como dice la Wikipedia: “El método consistente en llevar al interlocutor al descubrimiento de la verdad a través de las preguntas” que llevó al filósofo griego a una muerte injusta por pervertir a los jóvenes al invitarlos a pensar. Según el arte de preguntar socrático, para llegar al objetivo final –la verdad- hemos de asumir previamente con humildad que nuestras opiniones no tienen fundamento porque nacen de la ignorancia, pero tal como está el patio político cualquiera dice nada. Igual no te envenenan con cicuta, pero te condenan al ostracismo profesional, que es una muerte como cualquier otra.

En este país hace mucho tiempo que se pregunta mal –por ignorancia o mala fe- o directamente no se pregunta. Un ejemplo lo tenemos con las nuevas generaciones de periodistas. La mayoría se licencia con buenas notas, pero pocos despuntarán porque han tenido de profesores a mediocres propagandistas que se han limitado a aleccionarles en lugar de animarles a cuestionarlo todo y contrastar. La primera consecuencia de este adiestramiento es que cuando aterrizan en una rueda de prensa son incapaces de preguntar y mucho menos de poner en duda el discurso oficial. El silencio sepulcral que invade la sala cada vez que el político de turno acaba de hablar se podría cortar con un cuchillo.

Por eso no puedo evitar felicitar a la dirección republicana por la habilidad demostrada a la hora de poner en práctica el socrático arte de preguntar a su militancia sobre su teórico apoyo al bipartito de Pedro y Pablo. La pregunta es de traca y no paro de repetírmela. “¿Estás de acuerdo en rechazar la investidura de Pedro Sánchez si previamente no hay un acuerdo para abordar el conflicto político con el Estado a través de una mesa de negociación?” Supongo que más de uno se la habrá releído unas cuantas veces antes de votar para acabarla de entender porque si quieres desencallar el conflicto catalán, tendrás que votar que no. En resumen: el sí es no y el no es sí.

Por suerte no soy la única malpensada que ha visto la cuestión de marras como un galimatías construido intencionadamente por el sanedrín republicano para alterar aún más los nervios de su desorientada militancia, que últimamente no sabe si sube o baja, si viene o va. También Josep Cuní ha calificado la pregunta de “tendenciosa y confusa” y dice que “más que una pregunta, parece un sudoku sin especificar su nivel de dificultad. O igual es que las bases de ERC tienen un nivel de inteligencia superior a la media que milita en los partidos y ninguno de los dos nos habíamos enterado porque lo disimulan la mar de bien.

Yo quisiera preguntarle al filósofo Jordi Graupera qué piensa de todo esto, pero no le quiero molestar con Sócrates porque me consta que ahora que ha dejado de hacer de político, está muy liado escribiendo un ensayo sobre la soberbia. Graupera participa en el proyecto editorial de Fragmenta con la seria Pecados capitales. El alcaldable fracasado asegura que la soberbia “es el pecado político por excelencia” y se asocia a palabras como orgullo, vanagloria, arrogancia y prepotencia. Añade que se acostumbra a detectar fácilmente en los otros, pero en cambio hacerlo en uno mismo requiere de grandes dosis de humildad y autocrítica. Justo lo que nos sobra a los catalanes.