Trump, Le Pen, Bolsonaro…Vox. El fantasma del fascismo ha entrado en la escena política internacional y todo hace pensar que será muy difícil que no se quede. El penúltimo susto estuvo en Brasil. Después de que un obrero metalúrgico y sindicalista del Partido de los Trabajadores, Lula, consiguiera la presidencia de un país tan importante y después de una política que no era revolucionaria, pero sí que sirvió para sacar de la miseria a millones de brasileños, para construir universidades y escuelas públicas y para promover viviendas dignas en las favelas, ahora Lula está encarcelado y el pueblo ha votado a su peor enemigo: Bolsonaro.

Se han hecho muchos análisis. Quiero repasar tres cuestiones que me parecen importantes y que son claramente transportables a nuestro país: 1) La crisis del sistema, el capitalismo feroz, hace que para poder sobrevivir tenga que ampliar el campo de las desposesiones, de la explotación de materias y personas, y por eso la democracia ya no le vale y necesita gobiernos más autoritarios. 2) Las nuevas tecnologías puestas al servicio del poder, que quiere decir al servicio de las fake news, las mentiras, la propaganda masiva, los bots y los perfiles falsos en Facebook, Whatsapp y Twitter. Y 3) el abandono de la izquierda, sobre todo del PT, de su tarea ideológica y pedagógica hacia sus bases: no basta con procurar un plato en la mesa si no haces una tarea de concienciar a la población, movilizarla, organizar a los más precarios.

Hace falta que la población sepa y entienda lo que está pasando, las limitaciones de estar en las instituciones y, sobre todo, hay que recuperar la ideología y los valores de la izquierda, porque cuando vengan tiempos peores, esta población tenga las armas ideológicas adecuadas para hacer frente a toda la propaganda y mentiras de la extrema derecha. Una cosa similar podríamos decir del aumento repentino de la extrema derecha en nuestro país. Salvo las distancias, un grave error de nuestra izquierda es creer que todos los esfuerzos se tienen que poner al servicio de ganar las instituciones, abandonando la organización y la movilización de los que más han perdido con las políticas de recortes y austeridad y dejando que el neoliberalismo nos ganara la batalla ideológica.

Aquí han sido pasando cosas muy graves, desde los desahucios diarios, las privatizaciones y deterioro de los servicios públicos, la pobreza infantil, los trabajadores y trabajadoras que no salen de la pobreza, las continuas agresiones a las mujeres, la ideología neoliberal en las escuelas, la imposibilidad de conseguir una vivienda a precios asequibles, las pensiones de miseria, las listas de espera en los hospitales públicos, las muertes continuas en nuestro Mediterráneo... y tantos otros atentados al Estado del bienestar o al cumplimiento de los mínimos derechos humanos. Pero las movilizaciones, los discursos y las propuestas no han estado a la altura de la situación.

Cuando la izquierda no da salida al malestar social sabemos por experiencia que la derecha ocupa su espacio. En medio de todo ello han emergido también los nacionalismos. En Catalunya, con la excusa del proceso, se ha dejado de gobernar para la población. Las legítimas demandas independentistas se han utilizado como cortina de humo, tanto aquí como el resto del Estado, para esconder las verdaderas causas de los graves problemas sociales. Hemos encontrado la cabeza de turco de todos nuestros males: la culpa de todo es de España. Y la izquierda independentista no ha sabido separar lo que son las ansias de independencia de las causas del malestar social. No es incompatible buscar fórmulas para dar una salida a la mitad de la población que quiere la independencia con luchar contra los recortes y la creciente pobreza de mucha gente.

Si no queremos, pues, que los malos augurios de este 2019 se cumplan, es necesaria una reflexión a fondo y un cambio de rumbo de la izquierda de este país. Hay que poner un pie en las instituciones pero teniendo mil pies en la calle. Hay que ser valientes en las propuestas y explicar las dificultades. Hace falta más debate entre las clases populares y más pedagogía. Hace falta más formación política (qué es el neoliberalismo, qué es la UE, cuál es el papel de los bancos, qué pasa con los inmigrantes, porqué aumenta la desigualdad, cuáles son las limitaciones del planeta, como hacer frente al patriarcado…) de nuestros jóvenes y de nuestros adultos, desde la escuela y desde los movimientos sociales; y hace falta, sobre todo, más organización y movilización.