Agotado de tantas semanas de ir arriba y abajo haciendo ver que negociaba un gobierno de coalición que nunca ha querido porque eso de compartir el poder solo lo hacen los débiles, Pedro Sánchez ha convocado elecciones y nos ha enviado a todos a dormir. Yo ahora ya no tengo problemas para dormir pero sé qué es no poderlo hacer. Y en su caso se ha ganado a pulso unas cuantas noches de insomnio por su falta de cintura política, pero sobre todo por haber engañado a la parroquia que lo votó haciéndose pasar por izquierdoso cuando nunca lo ha sido. Por culpa suya tendremos que volver a votar el 10 de noviembre cuando no tocaba y no descarto que el día de la marmota se repita hasta que salgan los resultados que el PSOE desea. Porque ya sabemos que la democracia la carga el diablo cuando los ciudadanos no votan lo que a ti te conviene.

Entre la ciudadanía que ha reclamado insistentemente desde hace meses un acuerdo entre pedristas y pablistas se ha instalado una gran desazón que me inquieta. Muchos, decepcionados con toda la razón, se vuelven a cuestionar qué sentido tiene ir a votar otra vez cuando hay una incapacidad manifiesta de nuestros representantes políticos de llegar a acuerdos que prioricen el país por encima de los intereses partidistas. Es increíble que a pesar de todo esto algunos no escarmentamos nunca y, como nos hemos creído el cuento de la democracia, seguimos votando cada vez que nos interpelan los vendedores de humo confiando en que algún día nuestro voto servirá de verdad para escoger políticos dignos que se romperán la cara por hacer un mundo mejor. Ya sabemos que la esperanza es el regalo que los dioses nos han hecho para soportar una vida de mierda, así que seguiremos viendo el vaso medio lleno.

No toda mi indignación tiene que ver con cuestiones metafísicas. También están las económicas, cuando medio país no levanta cabeza de la pobreza que se arrastra desde el inicio de la crisis. De entrada, la repetición de las elecciones generales nos costará unos 140 millones de euros sin contar las subvenciones que recibirán los partidos para hacer frente al gasto electoral. La cifra obligará al gobierno central a aprobar una ampliación de crédito porque estos comicios no estaban previstos igual que no lo estaban los del pasado abril. En total, nos habremos gastado en cuatro elecciones 540 millones de euros. Es una pena que el dinero de tanto desatino sea público. Si fuera de Sánchez y de sus mariachis, estoy convencida que el pacto con el demonio se habría conseguido a la primera.

A parte de tragarnos la rabia y optar por la abstención que siempre beneficia a la disciplinada derecha, poca cosa más podemos hacer más allá de darnos de baja del censo electoral y de volver a votar lo mismo que hace unos meses. Yo he conseguido que no me colapsen el buzón con mentiras de papel después de unos cuantos intentos. En teoría es fácil pero la mayoría de las veces la web está colgada y has de trabajar mucho la paciencia. Sobre votar lo mismo, creo que es la mejor respuesta a tanta ineptitud. No puedo dejar de experimentar un placer malévolo imaginando la noche electoral repitiendo el mismo resultado, aunque sé que el PSOE hará lo posible para que no pase y no dudará en alimentar las ambiciones del monaguillo Errejón. Porque a la izquierda del padre no puede haber nadie y porque el pacto ideal es con Rivera.

Tengo muy claro que si no se ha conseguido llegar a un acuerdo que frene el avance de la derecha es porque Sánchez así lo ha querido. Para demostrar que era posible le pondría el ejemplo de Barcelona, donde tenemos una estrafalaria coalición de comunes, pablistas y pedristas, aunque me consta que la hAda Colau no duerme muy bien porque del sinuoso Collboni una no puede fiarse nunca. Así que solo me queda desearle muchas noches de pesadillas, que es lo que se merecen los políticos irresponsables.